Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 22 enero 2017.

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Ayer sábado, día de Santa Inés, joven cristiana de los primeros siglos de la Iglesia, que murió mártir sellando con su sangre el don de la virginidad, se cumplían 25 años de la muerte de Marta Obregón Rodríguez, cuya causa de beatificación está abierta dentro de nuestra Diócesis de Burgos. El proceso sigue su curso normal, a la espera de la finalización de su fase diocesana. Tenía 22 años y su asesinato fue entonces un suceso que conmocionó a toda nuestra ciudad.

 

Fue el Papa Juan Pablo II quien nos invitaba a hacer memoria de los mártires y de los santos como estímulo en nuestra vida cristiana y como visibilización de la santidad de toda la Iglesia. A ese empeño dedicó gran parte de su pontificado, durante el cual fueron beatificados y canonizados muchos contemporáneos nuestros. Desde esa misma voluntad mi querido predecesor, D. Francisco Gil Hellín, abrió en 2011 el proceso de beatificación de esta joven, cuya vida y cuya muerte conviene rescatar como modelo para nuestra juventud.

 

Marta Obregón fue una joven cristiana que, en los años 90, quiso vivir coherentemente su fe hasta derramar su sangre. Su personalidad dinámica y comunicativa, jovial y carismática, encarna perfectamente la frase que Juan Pablo II dirigió a la juventud española en su último viaje a España: “se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo”.

 

Su vida, como la de cualquier joven de nuestro tiempo, no fue para nada lineal ni sencilla. Pasó por diferentes momentos, atravesó dificultades y problemas de toda índole, tuvo que afrontar retos e irse abriendo paso en la vida… En todo contó con el apoyo de su familia, profundamente cristiana. Desde el punto de vista religioso siempre se manifestó inquieta y buscadora, lo que le hizo vivir con esa actitud su fe en la parroquia, y en diferentes movimientos y realidades eclesiales como el Camino Neocatecumenal o el Opus Dei.

 

Un momento fuerte fue para ella el verano de 1990 cuando realizó una experiencia en Taizé con un grupo de jóvenes, tras un periodo de interrogantes y desasosiego. Allí Marta descubrió nuevos aspectos de la vida y de la fe y volvió tocada profundamente por el Señor. Así se lo escribe por carta a una de sus compañeras de la residencia de Madrid, donde cursaba estudios universitarios en la rama audiovisual: “cuando descubres algo importante en tu vida, y caes en la cuenta de cosas fundamentales que hasta entonces pasaron inadvertidas a tu lado, te encuentras francamente bien, en paz…Dios es lo más importante en mi vida”.

 

Su vida, desde entonces, se transforma y adquiere un nuevo aire y horizonte, en la búsqueda de ese Jesús con el que se ha encontrado y al que quiere dar a conocer con fuerza y valentía. En ella se descubre una gran evolución en su adhesión a Jesucristo. Oración y apostolado se conjugan admirablemente.

 

En la vida de Marta podemos descubrir otros aspectos importantes. En primer lugar la llamada a la santidad que todo cristiano ha recibido en su bautismo: una santidad que es fundamentalmente dejar al Espíritu tomar las riendas de nuestra vida, como ella misma fue descubriendo. Así lo han hecho todos los santos. Precisamente el domingo pasado recordábamos los 80 años del martirio de nuestro recientemente beato Valentín Palencia y los cuatro jóvenes que le acompañaban. También ellos se dejaron llenar de Dios, que es el único que nos capacita para dar la vida por los demás.

 

La vida de Marta se enriquece, además, en una profunda experiencia eclesial, que vive de maneras y formas diferentes. Ella es consciente de esa pluralidad, porque percibe que la riqueza de la Iglesia no radica en sí misma, sino en el tesoro que ella ofrece: la experiencia inigualable del encuentro con Cristo que transforma y provoca la siempre inigualable alegría de la fe.

 

Marta también es un estímulo para vivir todas las virtudes cristianas que ella fue descubriendo: la alegría, el servicio, la entrega… Pero, en especial, la grandeza de la castidad, como se hace visible cuando resiste y lucha hasta morir asesinada por defenderla. Una virtud hoy poco valorada, que nos ayuda a orientar el amor y la entrega hacia su plenitud y belleza más singular.

 

Os invito en esta jornada a conocer la vida de Marta Obregón: ¡merece la pena! Igualmente, os animo a orar para que un día la podamos venerar como modelo e intercesora de todos nuestros jóvenes burgaleses: esos a quienes Marta le gustaría hoy contagiar sus inquietudes, sus búsquedas, su vida interior y su amor a Dios.