En 1617, san Vicente de Paúl se encontró con la pobreza espiritual y material que se manifestaba en el gran número de pobres y necesitados de la sociedad de entonces. Un hecho que le marcó y le impulsó a dar el primer paso para fundar el carisma vicenciano, cuyo 400 aniversario se celebra este año. Son numerosas las personas que, bajo su espiritualidad, dedican su vida y tiempo a atender a los necesitados que buscan ayuda para salir de la situación en la que se encuentran, y en la diócesis desarrollan varias labores, como la Casa de Acogida que lleva el nombre del santo.

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El pasado 28 de enero el arzobispo, don Fidel Herráez Vegas, inauguraba en la catedral el «Año Vicenciano», que conmemora el 400 aniversario de la fundación de la familia vicenciana, cuya obra está presente en la diócesis a través de varios trabajo apostólicos que desarrollan en la diócesis de Burgos las Hijas de la Caridad y los Paúles. Uno de ellos es la Casa de Acogida de la calle Saldaña.

 

Un lugar que surgió como respuesta a la necesidad de ofrecer acogida a quienes carecen de lo más básico: un hogar donde ser querido, donde exista la posibilidad de recuperar una vida digna y empezar a salir del agujero. Inmigrantes, personas sin vivienda y sin cobertura familiar o con problemas de salud o adicciones son aquí recibidos con los brazos abiertos por los voluntarios y las propias Hijas de la Caridad, cuya superiora es sor Asunción, quien lleva al frente del cargo desde hace poco más de un año.

 

«Las Hijas de la Caridad siempre hemos estado allí donde se presentan casos de más necesidad, estamos cerquita de estas personas hasta que consiguen hacer pie. Y es que cuando una persona se pone de pie, tiende a caminar. Ahora nos centramos en la apertura de la Casa, que con este frío de Burgos se pueda contar con su acogimiento, que puedas entrar y disfrutar de unos espacios cálidos y buena compañía. Para muchos es un punto de socialización».

 

Quienes acuden a esta Casa encuentran una relación personalizada, este es uno de los principios aquí instalados. Sor Asunción, cuya principal herramienta a la hora de ayudar a estas personas («hermanos», como les llama ella) es la fuerza de la palabra, explica que en este lugar no se puede consumir ni drogas, ni alcohol. «Si alguna de esas personas está tan herida, porque yo digo que están heridas, por estas adicciones que no pueden dejarlas, se intenta que el consumo se vaya reduciendo. Cuando uno va superando su debilidad, se encuentra mucho mejor. Mejora el estado de ánimo, la autoestima. Yo a mucha gente le digo que no se merece estar así, y eso cala. La historia nos dice que hay recaídas… pero todos podemos sufrir recaídas. ¿Quién no recae en una tristeza, en un agobio o en su propio pecado cientos de veces? Pero en esa espiral no podemos pararnos en el desánimo».

 

Y es que las Hijas de la Caridad y los voluntarios ejercen un soporte imprescindible para muchas de las personas acogidas. «Aprenden a conocerse, a saber que ya no son un don nadie incapaz. La paciencia, la ayuda a largo plazo, la bondad… Todo ello va generando bienestar en la persona. A veces puede surgir la tentación de pensar que se está haciendo el tonto, pero la verdad es que nunca se hace el tonto. No podemos dejar de empeñarnos en que esa persona puede avanzar, por eso les damos apoyo y el cobijo que al principio necesitan. Y la persona cambia, porque nadie quiere estar mal. Me resisto a creer que alguien quiere estar hundido», comenta sor Asunción.

Presencia de las manos de Dios

El trabajo que desarrollan estas religiosas sigue la espiritualidad de un santo que tuvo las mismas posibilidades de cualquier otro creyente de escuchar la voz de Dios. San Vicente de Paúl «pudo escucharla y fue a través de los pobres. Él se dio cuenta de que no podía vivir su sacerdocio ajeno a esta realidad, y se introdujo de tal manera en esta que descubrió el rostro de Cristo. Y ese es nuestro carisma, descubrir el rostro de Cristo en los pobres. Yo no me puedo quedar indiferente ante un necesitado, porque sé que a través de esa necesidad Alguien me está pidiendo que dignifique a esa persona. Yo no estaba cerca de las Hijas de la Caridad ni de san Vicente, pero cuando le descubrí, para mí fue la lectura del evangelio en que hacía eco ese Jesús entregado desde lo sencillo, ese Jesús que se hace pequeño. Hoy Dios nos pide que empleemos nuestras pequeñas y limitadas manos para articular las suyas, que nuestras manos sean las suyas. Esa acogida tiene que ser a través de nuestras manos sencillas. En millones de gestos sencillos se hace presente las manos de Dios hacia  su criatura. San Vicente hizo todo esto, y por eso en esta casa se acoge a todos los seres humanos, vengan como vengan. Ese es nuestro carisma».