Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 26 de marzo de 2017.

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La semana pasada confluían varias celebraciones y me gustaría abordar alguna de ellas en este mensaje semanal que me sirve de diálogo con todos vosotros. En torno a la fiesta de San José se celebraba el Día del Padre que, prescindiendo de las connotaciones comerciales de nuestra sociedad consumista, nos sirve para reflexionar sobre la figura del padre como elemento imprescindible de una familia. Además, precisamente en esta semana se celebraba el primer aniversario de la publicación de la Exhortación Pastoral «Amoris Laetitia» que el Papa Francisco dirigía a todas las familias. Y me alegró mucho que las jornadas anuales que organiza el Arciprestazgo de Miranda, dedicaran esas sesiones de formación y reflexión a la temática de la familia desde el horizonte de este precioso documento del que hoy quiero releer con vosotros alguno de sus puntos.

 

El Papa Francisco aborda la figura del padre en algunos números de esta Exhortación. Y lo hace combinando las dos notas que me parecen claves en el documento: por una parte el realismo y, por otra parte, la esperanza. En cuanto al primer aspecto, escribe el Papa: «Se dice que nuestra sociedad, es una sociedad sin padre», especialmente en nuestra cultura occidental, donde la figura del padre «estaría simbólicamente ausente, desviada, desvanecida» (AL 176). En el pasado, pudo darse en algunos casos el autoritarismo; pero el problema de nuestros días no parece ser ya tanto la presencia impositiva del padre, sino más bien el hecho de no estar presente; una ausencia que puede ser física, afectiva, efectiva, espiritual…, con enormes consecuencias en todo caso  para la vida familiar, la educación de los hijos y su integración en la sociedad.

 

Dicha ausencia tiene sin duda muchas causas: Algunas insalvables o muy dolorosas porque afectan al núcleo del matrimonio, en tantas ocasiones roto o dañado. Otras obedecen a los modelos sociales y económicos que hoy imperan y que es preciso transformar, especialmente en lo que tienen de injusticia. Me refiero a los ritmos con los que a menudo vivimos la vida actual, y lo complicada que es hoy la vida laboral, caracterizada por tanta precariedad, que impide disfrutar con calidad humana de unas óptimas relaciones familiares. Ciertamente son enormes las repercusiones que existen entre estas dos realidades fundamentales en la vida de una persona: el trabajo y la familia.

 

También existen otra serie de razones de carácter más personal y que dependen de formas de vivir la propia paternidad. El padre está en ocasiones tan concentrado en sí mismo y en su trabajo, y a veces en sus propias realizaciones individuales, que no atiende debidamente a su familia. La presencia paterna, y por tanto su autoridad, se ve afectada también por el tiempo cada vez mayor que hoy en día se dedica a los medios de comunicación y a la tecnología de la distracción» (AL 176).

 

Pero frente a esta problemática que cada día podemos ver en nuestros hogares, la Exhortación Pastoral, como os decía al comienzo, nos ofrece otra nota de esperanza. Así lo describe el Papa Francisco de una manera clara y sencilla, que puede servir como hermoso examen de conciencia: «Dios pone al padre en la familia para compartir todo: alegrías y dolores, cansancios y esperanzas; para que sea cercano a los hijos en su crecimiento…, porque los hijos necesitan encontrar siempre un padre que los espera…» Es el evangelio de la familia donde el padre toma el protagonismo que nadie le puede usurpar. Y así lo vemos en el testimonio de tantos padres abnegados que saben estar con sus hijos el tiempo suficiente, a pesar de los cansancios. Con padres que apuestan por la educación de sus hijos y son para ellos un referente en cuanto a valores, criterios de discernimiento, estilos de vida. Con padres que ayudan, escuchan, acompañan, aman y se entregan a sus hijos, no dándoles cosas, sino dándose a sí mismos (AL 177).

 

A todos ellos les felicito y les animo a fijarse en San José, modelo e intercesor de todos los padres. Sean como él para sus hijos: custodios de su crecimiento, de su camino, de su vida. Y con esta cercanía serán sus verdaderos educadores. Que San José los bendiga y los acompañe.