Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 9 de abril de 2017.

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Cada domingo los cristianos nos reunimos en el «Día del Señor» para celebrar gozosos el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús. Una vez al año, en estas fechas de Semana Santa que nos disponemos a vivir, celebraremos de forma solemne y pausada cada uno de estos misterios donde se nos manifiesta hasta qué punto llega el amor de Dios.

 

Previamente a esta semana, habremos tenido la oportunidad de vivir el tiempo de Cuaresma, como un pórtico hermoso que nos permite disfrutar y gozar mejor de la semana más importante del calendario cristiano: la Semana Santa. No en vano, el programa cuaresmal del ayuno, la oración y la limosna ha preparado y esponjado nuestro corazón para que el Espíritu pueda hacer sus maravillas en nosotros.

 

En efecto, el ayuno nos ha permitido descubrir el don de la libertad con la que el propio Cristo asume su entrega generosa al Padre por nosotros. Con la oración, hemos entrado más en sintonía con la voluntad del Padre, como el propio Cristo buscó permanentemente. A través de la limosna, nos unimos más a nuestros hermanos, especialmente a los más pobres, para que en nosotros habite la centralidad del otro, y del «otro-necesitado», tal y como nos enseña Jesús en su Evangelio.

 

Con todo este bagaje, nos introducimos en el Triduo Pascual, centro de la fe y de la vida de la Iglesia. A lo largo de estos días, la Cruz se colocará en medio de nuestras iglesias, y pasará por las calles y plazas gracias a nuestras Cofradías y Hermandades: la Cruz de Cristo que, en palabras del papa Francisco, es el «símbolo del amor divino y de la injusticia humana, icono del supremo sacrificio por amor y del extremo egoísmo por necedad, instrumento de muerte y vía de resurrección, signo de la obediencia y emblema de la traición, patíbulo de la persecución y estandarte de la victoria».

 

La Cruz que es «el centro del centro cristiano», como repetía Benedicto XVI. Ciertamente que la Encarnación y la Resurrección son misterios centrales del cristianismo. Pero el cristiano descubre en la Cruz la palabra más elocuente del silencio aparente de Dios. En ella se nos muestra la sabiduría del mismo Dios, que es diversa del poder humano: manifiesta, de verdad, quién es Dios, es decir, su amor gratuito que nos salva.

 

El descubrimiento de este gran acontecimiento transforma la vida del que lo acoge. Y por eso, lejos de vivirlos como días tristes y oscuros, marcados por el dolor, la Semana Santa los convierte en días profundamente gozosos y que desembocan en la alegría pascual. Igualmente, la contemplación de este misterio de amor, lleva al creyente a solidarizarse con esas otras cruces que hoy Cristo sigue abrazando misteriosamente. La Cruz no es solo un leño del pasado, una imagen en nuestros hermosos pasos procesionales. Hoy el Crucificado está vivo y real en hermanos que están junto a nosotros, y ante los que no podemos pasar indiferentes: los cristianos perseguidos, los hermanos que sufren guerras de las que nos olvidamos, las víctimas de tantas violencias, los hambrientos, pobres y vulnerables, las personas sin hogar, los parados y presos… En ellos se multiplica el rostro del Señor Crucificado.

 

Os invito a profundizar, agradecer, alabar y vivir este mensaje de salvación. Lo haremos especialmente en nuestras celebraciones litúrgicas. Y lo haremos en nuestras calles de Burgos, donde se entrelazarán belleza, sentimiento y arte para ser manifestación pública de nuestra fe. Que la Semana Santa, especialmente a vosotros cofrades, nos ayude a crecer en nuestro caminar de fe. Contemplar al Crucificado. Como decía nuestra Santa castellana (Santa  Teresa), «no os pido más que le miréis»… Pero que no seamos meros espectadores, ajenos a lo que se celebra, sino que entremos en el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús para dejarnos contagiar por el Señor de la mayor entrega y del mayor amor.