Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 23 de abril de 2017.

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«Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo», hemos rezado y hemos cantado, con el salmo 117, en la Pascua de Resurrección que celebramos el domingo pasado. Ahora se nos pide vivir la Vida nueva que nos comunica Jesús Resucitado, y salir a anunciar la alegría del Evangelio, dando razones de nuestra fe y de nuestra esperanza cristiana. En mi reciente Carta Pastoral -«Para que tengan vida»-, con la que pretendo animar la vida cristiana de todos los bautizados desde el Dios de la Vida, aludo de diversas maneras a la importancia que tiene la formación para ir adquiriendo este estilo creyente. Hoy concreto esa formación en un ámbito fundamental para la sociedad y la propia Iglesia: las clases de religión católica.

 

Por todos es conocido que el tema de la religión en la escuela últimamente suscita debate y bastante polémica. Ya en el año 1979 los obispos españoles escribíamos un documento donde afirmábamos que «al entrar en unos tiempos nuevos… tratamos de iluminar los difíciles y complejos problemas de la enseñanza, desde la misión de la Iglesia y desde los intereses de la sociedad. Entre otros problemas, decíamos, ocupa un lugar destacado el de la enseñanza religiosa escolar».

 

Los tiempos nuevos eran, por un lado, la promulgación de la Constitución Española de 1978 donde se proclama la no confesionalidad del Estado (art. 16), y a la vez se garantiza en la educación la formación religiosa y moral de los ciudadanos, de acuerdo con sus propias convicciones (art. 27,2,3). Y por otro, el Acuerdo entre el Estado Español y la Santa Sede de 1979; en él se expresa que los planes educativos deberán incluir la enseñanza de la religión católica en todos los centros, en condiciones equiparables a las demás materias fundamentales; por respeto a la libertad de conciencia, dicha enseñanza no tendrá carácter obligatorio para los alumnos, pero se garantiza el derecho a recibirla, y por tanto ofrecerla es obligado en los centros.

 

La enseñanza religiosa en el ámbito escolar es sin duda fermento de vida. La escuela pública, en un estado aconfesional, ha de ser la escuela de todos, plural; y por lo mismo en ella deben tener cabida todas las explicaciones de la vida, incluida la religiosa, teniendo en cuenta, en nuestro contexto, su vertiente mayoritariamente católica, No hemos de olvidar que el hecho religioso es un fenómeno cultural importante que subyace en nuestra sociedad. ¿Cómo poder, al menos comprender y, mucho más, estimar y amar la amplia y diversificada cultura burgalesa de la literatura, el arte, las costumbres populares, las fiestas, los valores evangélicos de la civilización que hemos heredado y que siguen mostrándose, si en todo ello desconocemos el fermento que la fe ha significado? Por otra parte, la enseñanza de la religión católica en la escuela tiene su especificidad y no se identifica con la catequesis, pero es una formación que la complementa en tanto que ofrece una explicación razonada de los fundamentos, contenidos y exigencias de la religión católica y relaciona integradamente la fe con la cultura que se recibe en la escuela.

 

Hoy día, cuando algunos sectores culturales muestran su desafecto hacia lo católico, bien podrían convertirse las clases de religión en aprendizaje respetuoso y crítico, desde el conocimiento real de las cosas, para adquirir una idea adecuada, incluso entre los no practicantes o provenientes de otras religiones. Porque a veces, y en todos los campos, la desinformación no sólo es incultura, sino semillero de tópicos y prejuicios.

 

De manera especial, a los padres católicos os recuerdo una vez más que la clase de religión en la escuela tiene un gran valor educativo y es muy importante para la formación integral y cristiana de niños y adolescentes, a la que os comprometisteis en el bautismo. Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Él es el fundamento de las virtudes y de los valores cristianos que hacen posible la formación plena y armónica del alumno. Él es guía y luz en el caminar hacia el bien, la verdad y el amor. Su persona cercana, su Palabra comunicada, su amor gratuito, su vida entregada por todos hacen posible un crecimiento humano y cristiano que nos lleva a seguir sus pasos para que todos tengan Vida. Vivir con los criterios de Jesús, es vivir de otra manera y contribuir ciertamente a que algo también cambie en nuestra sociedad y en nuestro mundo.

 

Ahora que llega el tiempo de reservar la matrícula en los colegios e institutos, me dirijo a vosotros, padres, para animaros a ejercer el derecho que tenéis a que vuestros hijos reciban la formación religiosa y moral católica en la escuela. A vosotros corresponde su educación y no al Estado. En consecuencia, os invito a que les inscribáis en la clase de religión y moral católica o, en su caso, les motivéis para que lo hagan ellos mismos. No me olvido de todos vosotros, profesores que impartís esta materia; sé de vuestros desvelos y entrega. ¡Que el Espíritu del Resucitado, Señor y dador de Vida, aliente nuestros esfuerzos evangelizadores en el campo educativo!