Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 7 de mayo de 2017.

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Nuestra diócesis tiene un marcado carácter rural que la configura profundamente. Por eso la fiesta de San Isidro Labrador, que celebraremos a mitad de mayo, hace que volvamos la mirada a nuestros queridos pueblos, descubriendo las luces y las sombras de la realidad que en ellos se encierra. En torno a ese día, la mayoría de estos pueblos recobran vida para compartir una bella jornada de encuentro y celebración. Me alegra mucho por lo que supone de oración, bendición y acción de gracias al Dios Padre Creador que nos ha dado la tierra como un hermoso jardín para cuidarlo, disfrutarlo y colaborar en su proyecto de amor.

 

Yo mismo voy conociendo poco a poco la belleza de los muchos pueblos de nuestra geografía burgalesa en sus diferentes comarcas. Y la dureza, a la vez, de las zonas marcadas por la despoblación progresiva con todas sus consecuencias. En la Visita Pastoral tengo la posibilidad de encontrarme con muchos de vosotros y de compartir vuestros deseos, afanes y trabajos en la vida de cada día. Descubro y valoro que cada pueblo encierra una historia, una belleza que le hace ser rico y singular. Pero lo mejor de estos pueblos son sus gentes, muchas de ellas curtidas por los años y las dificultades de una vida para nada fácil y sencilla. Gentes, castellanas recias, que saben de disponibilidad, de sacrificio, de gratuidad, de servicio, de fe. Gentes sencillas que, como el Evangelio, nos hablan de la cercanía de un Dios que ha escogido escenas y realidades del campo para manifestarse a sí mismo: el sembrador, el viñador, el pastor…

 

En los encuentros también me habláis de vuestro pasado, presente y futuro. Soy testigo así de un pasado muy rico que se ha plasmado en bellas tradiciones y en un hermosísimo patrimonio que llena nuestra geografía. Junto a ello, comparto con vosotros un presente difícil, marcado por el envejecimiento, la despoblación y la dispersión geográfica que tanto os preocupa. Realidades estas que vislumbran un futuro incierto y complicado. También manifestábamos esta misma preocupación los Obispos españoles en el documento «Iglesia, servidora de los pobres», en el que decíamos: «La articulación actual de la economía ha desplazado a muchas personas del mundo rural, incidiendo gravemente en su despoblación y envejecimiento. Los labradores y ganaderos han visto incrementados extraordinariamente los gastos de producción, sin que hayan podido repercutirlos en el precio de sus productos. Los pueblos más pequeños son habitados mayoritariamente por ancianos y personas solas. Todo ello plantea problemas sociales de un profundo calado». A todo esto se añaden situaciones puntuales, como la prolongada sequía o las recientes heladas que perjudican al medio rural de modo especial.

 

 En lo que son problemas estructurales tienen que hacer frente las administraciones y los poderes políticos, junto a la entera sociedad civil. Pero la Iglesia también está muy presente en el medio rural haciendo subsidiariamente una labor social muy valorada y reconocida por lo que supone de acompañamiento, formación, encuentro, cohesión social y cercanía a las personas y a sus problemáticas.

 

No obstante, también para la Iglesia que camina en Burgos la presencia eclesial en el medio rural se nos presenta con dificultades y por lo mismo como un reto que ha de activar la imaginación y la caridad pastoral. La realidad religiosa y social impide que esa presencia y atención pastoral se pueda seguir haciendo como hasta ahora; ya no sirve lo que muchas veces se dice, porque se desea: «siempre se ha hecho así». Hace años que cada sacerdote tiene que atender varias o muchas parroquias. Eso está exigiendo en nuestra vida cristiana otra forma de vivir y expresar la fe, en la búsqueda de comunidades auténticas que celebren, se formen y se comprometan desde el ejercicio de la caridad. El deseo de una Iglesia viva en el medio rural es una prioridad diocesana en la que estamos embarcados todos, como os decía en la Carta Pastoral recientemente publicada: «Continuar la renovación de las estructuras territoriales y sectoriales de nuestra diócesis, procurando que todas ellas estén al servicio de la evangelización, “se vuelvan más misioneras” y «que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta» (EG 27)».

 

La fiesta de San Isidro puede ser una buena ocasión para pensar todo esto conjuntamente. Con la necesaria bendición de los campos, este año imploraremos sobre todo el don precioso de la lluvia, que tanto necesitamos. Me uno a todos los pueblos que os reuniréis en esta fiesta, especialmente a aquellos que, siendo ya pocos habitantes, os unís con otras poblaciones vecinas en una celebración más amplia que indica relación, comunión y amistad. Que San Isidro bendiga a cuantos vivís en los pueblos y os ayude a descubrir la belleza de la familia cristiana y la dignidad del trabajo como él lo vivió. Y que a todos nos aliente en los nuevos caminos que hemos de recorrer en la siembra del Evangelio, con asiduo trabajo y humilde oración.