Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 14 de mayo de 2017.

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La Virgen María ocupa un papel muy importante en la espiritualidad del pueblo cristiano en general y de nuestro pueblo burgalés en particular. En su corazón maternal experimentamos de un modo especial la cercanía y la providencia de un Dios vivo que no se despreocupa nunca de su pueblo peregrino. Ella es la puerta por donde Dios quiso entrar en nuestro mundo. La criatura nueva. El primer eslabón de la historia cristiana. La Madre del Señor. Y también Madre nuestra en la obra de la salvación, a quien veneramos y acudimos siempre con cariño y confianza de hijos, porque a través de los siglos siguen vivas las palabras de Jesús en la Cruz: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27). Paul Claudel llamaba a María «Sacramento de la ternura maternal de Dios» y así lo vive el pueblo cristiano con sencilla y honda piedad filial.

 

El mes de mayo, desde el siglo XVII se ha dedicado en la Iglesia a honrar a la Virgen, como se evidencia en tantas advocaciones, fiestas y romerías extendidas por toda nuestra geografía, a las que ya me he referido en otras ocasiones. Hoy deseo dedicar mis palabras a la Virgen de Fátima, dado que estamos celebrando estos días el Centenario de las apariciones, en Cova de Iría, a los tres «pastorcillos» que estaban cuidando el rebaño familiar: Lucía, Francisco y Jacinta.

 

La celebración del Centenario adquiere una solemnidad especial por la visita del Papa Francisco, que viajó ayer, día 13, al Santuario de Fátima y por la canonización de Jacinta y Francisco. Estos, que eran hermanos, murieron apenas dos años después de las apariciones, cuando no contaban más que con nueve y diez años de edad. Su fama de santidad y la devoción popular se extendieron rápidamente en Portugal y en el mundo católico, como lo prueba el hecho de que es la primera vez en la historia que son canonizados dos niños tan pequeños, que no han sido mártires.

 

 Muchos de vosotros seguramente habéis visitado el Santuario y os habéis impregnado de la honda espiritualidad que irradia. La imagen, las canciones y las devociones vinculadas a Fátima son populares en muchos ambientes. Estos meses, según he sabido, diversos arciprestazgos y parroquias han organizado peregrinaciones. En la ciudad de Burgos es ya tradicional, cada 13 de mayo, el Rosario de la aurora, como así lo rezábamos ayer con renovada devoción mariana.

 

Para comprender y actualizar el mensaje de Fátima, me parece oportuno recordar algunas ideas de los obispos portugueses en una carta pastoral colectiva publicada con motivo del Centenario, bajo el significativo título «Fátima, signo de esperanza para nuestro tiempo».

 

Lo que sucedió en Fátima hace cien años fue, y sigue siendo, una «bendición» para Portugal y para el mundo entero. La última de las apariciones, la que tuvo lugar en octubre de 1917, finalizó con una bendición de la Virgen con el Niño Jesús. Ese gesto de bendición, dicen los obispos portugueses, nos permite «penetrar en el núcleo de la iniciativa de Dios que, en la presencia llena de luz y de belleza de la Virgen María mostraba su proximidad misericordiosa junto a su pueblo peregrino». Esa bendición sigue alimentando nuestra esperanza porque tiene su raíz y su fuente en el Dios Trinidad, que no es indiferente a la situación de sus criaturas: «La luz y la belleza que irradiaban de la presencia del Ángel y de la Señora…eran las manos extendidas de Dios, que abraza a todos en la bondad de su amor».

 

Esa profunda experiencia  de Dios vivida por los pastorcillos, que san Juan Pablo II calificó como «mística»,  se produjo en una situación histórica particularmente dramática, provocada por guerras, violencias e injusticias, consecuencia del pecado humano. Por eso el mensaje de Fátima «interpela nuestras conciencias para no caer en la indiferencia ante tanto sufrimiento, para que no dejemos que nuestro corazón se haga insensible ante el mal tantas veces banalizado»; de ahí que sea un mensaje que invita a la oración, a la conversión, a la penitencia, y también a la denuncia profética del mal y al compromiso con el bien. En la medida en que lo acojamos, concluyen los obispos portugueses, encontraremos a Alguien que nos ama, y «la comunidad de los creyentes puede ofrecer al mundo la Luz de Dios que irradia el Corazón lleno de gracia y misericordia de la Virgen madre, custodia de la inquebrantable esperanza en el triunfo del amor sobre los dramas de la historia».

 

El Papa Francisco, que en alguna ocasión nos ha dicho que «está huérfano el cristiano que no tiene a María como madre», ha viajado a Fátima con el lema «Con María, peregrino en la esperanza y en la paz». Unamos nuestros deseos a los suyos desde nuestra Iglesia diocesana. Y pongamos bajo la protección maternal de María a toda la familia humana, para que de la celebración del Centenario se sigan frutos abundantes de paz, de justicia, de verdad y de amor.