En la semana en que Cáritas celebra el día de la caridad, hablamos con Francisco Moreno. Es participante en el programa de Formación y Orientación Laboral y gracias a la formación allí recibida, trabaja ahora en el restaurante «Maricastaña».

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Fernando es uno de los participantes en Cáritas.

Fernando es uno de los participantes en Cáritas.

 

A punto de cumplir 52 años, Francisco Moreno está viendo cumplido un sueño que hace solo unos meses le parecía imposible alcanzar. Trabajador en la industria química durante 13 años, en 2009 se aplicó un ERE en su empresa que lo dejó en la calle. Comenzaron entonces las peregrinaciones al INEM (hoy SEPE), a las Empresas de Trabajo Temporal, las suscripciones y visitas diarias a los portales virtuales de empleo. En este tiempo logró acceder a algunos trabajos, pero siempre eventuales. Hasta que un día desapareció incluso esa posibilidad.

 

«Estuve casi un año en paro, y me planteé que eso no podía seguir así, aunque no estaba inactivo, me ocupaba de las tareas del hogar porque mi mujer tiene un pequeño negocio de zapatería y tengo una hija estudiante de 15 años. A mi edad es difícil que te llamen para algo y corres el peligro de caer en una espiral (alcohol, depresión…) y de que cada vez la bola se haga más grande».

 

Así que un día se le ocurrió recurrir a Cáritas, donde le brindaron la posibilidad de realizar algún curso que le cualificara para reinsertarse en el mercado laboral. «Como siempre he sido un cocinillas», asegura, «me decidí por el de Operaciones Básicas de Cocina». Se trata de un curso de 350 horas de formación (de ellas, 80 en práctica de empresa) que Cáritas puso en marcha ya hace algunos años y que se imparte en el centro diocesano María Madre-Politecnos.

 

Sin acabar el curso, que comenzó el pasado mes de marzo, a Francisco le aguardaba aún una grata sorpresa: su profesora, la prestigiosa chef Isabel Álvarez, se fijó en su perfil y en el mes de mayo «lo fichó» para su restaurante «Maricastaña» como ayudante. «Estos meses han sido un poco duros, porque estaba estudiando en el centro desde las 8:15 a las 13:15, y trabajando en la cocina 6 a 12 de la noche».

 

Ahora su prioridad es coger agilidad en los fogones donde trabaja. «No solo vas a ganar un sueldo (en principio tiene trabajo durante toda la temporada de verano), sino también a aprender. Soy optimista, quién sabe si algún día pondré poner mi propio establecimiento», comenta ilusionado.

 

«Soy optimista por naturaleza, pero en este mundo tan egoísta que hemos construido, a veces pierdes la fe en todo, es una corriente que te arrastra. Cáritas me ha devuelto la confianza en el género humano: la solidaridad existe. Hay valores en los que se puede confiar. Y si eres optimista, contagias y tiras del carro. Si puedes arrastrar a más gente, mejor, hay que implicarse. No basta con demostrar aptitud y cualidad, sino actitud».

 

Lo que más aprecia de la intervención que le ha brindado Cáritas es el calor humano, la proximidad. «Lo hacen porque lo sienten de verdad, y ese calor se transforma en ilusión, insufla fuerza y energía. Cáritas tiene ese plus: la humanidad. Lo que importan son las personas. En todo momento ha estado muy tutorizado (solo tiene palabras de agradecimiento para las trabajadoras sociales, Laura y Silvia, y su tutora, Isabel). No es como acceder a una  bolsa de empleo, donde solo eres un número. Hacen un seguimiento continuo y perseveran en su trabajo. Es contagioso, una cadena. Ahora me planteo ayudar yo también de la manera que pueda. Hay que seguir luchando por una sociedad más justa».