María se inspira en las madres de la tierra

Cope – 12 mayo 2013

El Papa Francisco es un enamorado de la Virgen. Eso explica que al día siguiente de su elección fuera muy de mañana a visitarla en la Basílica de Santa María la Mayor, tan íntimamente vinculada con nuestra Patria. El pasado 4 de mayo ha vuelto al mismo lugar, en este caso para presentarle las alegrías y penas no sólo de los ciudadanos de Roma, que la veneran como Salus Populi Romani (“Salud del Pueblo Romano”) sino también de todos los fieles de la Iglesia. Más aún, de todos los hombres y mujeres del mundo, especialmente de las madres. Con ese motivo pronunció unas sencillas y emotivas palabras, en las que presentó a la Virgen María como la mejor de todas las madres. Ella, en efecto, se comporta con nosotros como hacen las madres de la tierra con sus hijos, sólo que de modo eminente. Por eso, nos ayuda a crecer, nos ayuda a afrontar las dificultades de la vida y nos ayuda a tomar decisiones definitivas con libertad.

Me ha parecido especialmente pertinente lo que dijo sobre el modo de afrontar las dificultades que toda vida presenta y, más todavía, a tomar libremente decisiones para toda la vida, precisamente como fruto de una libertad madura.

Todas las madres saben bien que la vida tiene problemas y que no educan bien a sus hijos si se la presentan como un camino de rosas. La madre ayuda a ver las cosas con realismo y enseña a plantar cara a las dificultades. En esta tarea les va llevando paso a paso y, aunque esté a la vera, les va soltando poco a poco. Así procede María con nosotros. Sabe que es nuestra Madre, porque Jesucristo nos entregó como hijos suyos en el Calvario, y sabe que ha de ayudarnos a afrontar las dificultades para que nuestra fe, lejos de hundirse, se afiance y enrecie. Ella misma pasó por momentos difíciles y de gran oscuridad. Baste pensar en la huida a Egipto y en la Cruz en que fue clavado su Hijo, Jesucristo.

Me ha parecido especialmente interesante lo que dijo a propósito de la toma de decisiones para toda la vida en aras de una libertad madura. El Papa insistió sobre algo que, con frecuencia, olvidamos. “Libertad no es hacer siempre lo que uno quiere, dejarse dominar por las pasiones, seguir la moda del momento, prescindir sin más de lo que a uno no le gusta. ¡Eso no es libertad!” La libertad es, en última instancia, un don para que sepamos elegir bien en la vida. ¿Es libre el que tira por la borda su matrimonio?

¿Es libre el que no respeta la palabra dada? ¿Es libre el que donde “dijo” ahora “dice” lo contrario, porque le crea problemas aceptar las dificultades que ello comporta? ¿Es libre el que no es capaz de hacer compromisos para toda la vida?

A nadie se le escapa que asumir compromisos permanentes y para toda la vida nunca fue fácil. Hoy es todavía más difícil, porque vivimos una cultura de la provisionalidad, un ambiente en el que seduce lo pasajero, un hábitat en el que se ha instalado la mentalidad del usar y tirar. Da la impresión de que –en palabras del Papa– “quisiéramos seguir siendo adolescentes”. Hay que desafiar esta cultura y no tener miedo a asumir compromisos permanentes, compromisos que implican toda la vida. Porque esto es síntoma y manifestación de una verdadera libertad, de una libertad madura. El que no es capaz de asumir este tipo de compromisos, nunca hará fecunda su vida, dejará de demostrarse a sí mismo las capacidades que hay en él y privará a los demás de sus mejores cualidades y talentos.

María es la mujer de los “síes” definitivos. Incluso podría decirse que es la mujer que dijo un ‘sí que duró toda su vida: de Nazaret al Calvario. Ahora nos enseña a ser capaces de asumir los compromisos que Dios quiere que asumamos, poniendo en juego todo nuestro tiempo, todas nuestras capacidades y toda nuestra libertad.

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