Ordenación sacerdotal de Fr. Rafael Pascual Elías

Iglesia del Carmen – 19 octubre 2013

Celebramos esta ordenación sacerdotal en un marco sugestivo. El ordenando, en efecto, es un hijo de santa Teresa de Jesús –cuya fiesta todavía resuena en nuestros oídos–; él y nosotros estamos en los últimos compases del Año de la Fe; y la Iglesia entera se encuentra en un momento de gran esperanza por la renovación interior y de estructuras que está impulsando el Papa Francisco. Dado que Dios nos habla en la historia, tratemos de descubrir qué es lo que quiere decirnos.

1. Ante todo, pienso que Dios quiere que le demos gracias porque la Iglesia contará a partir de hoy con un nuevo ministro del Evangelio. Desde hoy, fray Rafael queda asociado a la consagración de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, y, a la vez, enviado para anunciar el Evangelio en su nombre y con su autoridad, celebrar los sacramentos –especialmente los del Bautismo, Eucaristía y Penitencia–, y pastorear las almas que los superiores le vayan encomendando y Dios ponga en su camino.

El ordenando llega a esta situación no por sus méritos y capacidades personales, sino porque Jesucristo puso un día sus ojos en él y le llamó a seguirle, como llamó a los Apóstoles. El sacerdocio es, por tanto, un gran don de Dios a su Iglesia y una muestra de confianza y de amistad hacia el ordenando. ¿Cómo no agradecer a Dios que haya querido contar contigo para la apasionante tarea de reevangelizar España y el mundo en el siglo que acaba de comenzar? ¿Cómo no agradecer a Jesucristo que te haya convertido en colaborador de su obra redentora en el mundo de hoy, para que proclames a todos los hombres que él les ama, que ha muerto por ellos y que les abre sus brazos de misericordia y perdón?.

Querido ordenando: da muchas gracias a Dios por el don que hoy recibes y pídele ser fiel a él durante toda tu vida. El don es tan grande que llena todas las aspiraciones del corazón humano más exigente. Ten plena confianza en Jesucristo, que caminará siempre a tu lado para ayudarte en todas las circunstancias y situaciones que te coloque la vida. Nosotros te acompañaremos con nuestra amistad y cercanía, con nuestro testimonio y con nuestra oración. He aquí el primer mensaje que Dios nos comunica en este momento: que le seamos agradecidos por el don del sacerdocio y que nos responsabilicemos todos: el ordenando y los demás, en corresponder a este don.

2. Pero el que recibe hoy el don es un hijo de santa Teresa, una de las santas más importantes de toda la historia de la Iglesia y cuya actualidad sobrepasa el tiempo y el espacio. Por eso, el nuevo sacerdote habrá de vivir su sacerdocio según el carisma teresiano. Será, pues, el sacerdocio de un hombre profundamente contemplativo, pobre de verdad y enamorado de la Iglesia.

Ser contemplativo es más que ser rezador, en el sentido de rezar muchas oraciones. Lo recordaba el Papa Francisco en la homilía en santa Marta del pasado jueves. Decía él que la oración es encontrarse con Dios, descubrir cuál es su voluntad sobre nosotros y pedirle la gracia necesaria para cumplirla. Por eso, podía añadir que un cristiano –sea simple fiel, sacerdote, obispo o Papa–, si no reza pierde la fe.

Estas palabras no son sino una actualización de la enseñanza del Evangelio cuando describe la llamada de Jesús a los Apóstoles. Según nos ha trasmitido san Lucas, los eligió para que estuvieran con él. Es decir, para que vivieran con él, para que escucharan sus palabras, para que contemplaran su vida, para que aprendieran de él cómo había que tratar a los niños, a las madres, a los enfermos, a los pecadores. Eso es, precisamente, lo que se verifica cuando una persona es verdaderamente alma de oración, contemplativa. ¿No es esto a lo que se refería santa Teresa cuando decía que orar es “tratar de amistad con quien sabemos que nos ama”? ¿No fue eso lo que ella hizo desde aquel momento místico en el que, tras el encuentro con el rostro de un Cristo muy llagado, se encontró con la Persona de Jesús, y se entregó a él con todas sus capacidades?

El Papa Benedicto XVI y ahora el Papa Francisco no se cansan de repetir que sin oración nos convertimos en hombres vacíos y, en el caso de los sacerdotes, en funcionarios. ¡Qué razón tenía santa Teresa, cuando afirmaba que el demonio sabe que, cuando un alma se hace alma de oración, “ha de darla por perdida”. Por eso pone tanto empeño en que no lo seamos y en que busquemos falsas excusas para no hacer oración. Por ejemplo, que son muchas las cosas que hemos de hacer y no tenemos tiempo para la oración. El Papa Francisco, que tiene que hacer –y hace de hecho– muchas más cosas que cualquiera de nosotros, hace una hora de oración todas las mañanas y otra media hora antes de concluir su jornada.

Querido Rafael: sé un fidelísimo hijo de santa Teresa en la contemplación y serás un sacerdote santo, un sacerdote fiel y, por eso, un sacerdote feliz. Este es el segundo mensaje del Señor en este día tan feliz para ti, los tuyos y todos nosotros.

3. Pero ser hijo de santa Teresa es ser hijo de una gran reformadora en una iglesia posconciliar y que se encuentra necesitada de reforma. Santa Teresa sintió que Dios la llamaba a reformar la Orden del Carmelo. Y puso manos a la obra con total decisión y entrega. Tuvo que sufrir –como sucede siempre a los santos y a los verdaderos profetas y reformadores– muchas y grandes dificultades; desde su quebrantada salud hasta las calumnias más burdas, pasando por las dificultades en todas sus fundaciones. Pero nada ni nadie le detuvo. Gracias a ello, fueron saliendo una tras otra sus fundaciones, desde la primera de San José en Ávila hasta la última en Burgos, cuando ya apenas se tenía en pie.

Ser hoy un sacerdote con el carisma teresiano implica, por tanto, seguir a la santa Madre en este afán de reforma. ¿Cómo? En una ocasión le preguntaron a otra gran Teresa, en este caso la de Calcuta, por dónde había que comenzar la reforma de la Iglesia. Ella contestó: “por ti y por mí”. El Papa Francisco ha recordado en una reciente entrevista, que las grandes reformas –las reformas de verdad, como la de santa Teresa– llevan consigo cambiar la mentalidad, cambiar el corazón, cambiar los comportamientos; después vendrá el cambio de las estructuras y de los métodos. No al revés. Un padre misionero en África decía ayer en unas declaraciones llenas de sensatez: “Hemos hecho escuelas y hospitales; ahora hemos de cambiar los corazones, que es lo verdaderamente importante y difícil”.

Querido Rafael: el Señor cuenta contigo para que ahora contribuyas a realizar la renovación de la Iglesia en este momento. Comienza por vivir con toda radicalidad el carisma teresiano, particularmente lo que toca a la pobreza y a la oración. Invita a hacer lo mismo a cuantas personas ponga Dios en tu camino. Y, luego, colabora en la reforma de todas las estructuras eclesiales que sean necesarias.

Dispongámonos ya a celebrar la ordenación. Participemos todos con fe y devoción, tratando de pedir al Señor que ayude al nuevo sacerdote a ser fiel al carisma teresiano que él mismo le ha dado.

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