La familia, la gran institución del Creador

Mensaje del arzobispo de Burgos, Francisco Gil Hellín, para el domingo 5 enero 2014

 

"El matrimonio según el plan originario del Creador se  realiza entre un hombre y una mujer, que se convierten en esposo y esposa y, en el supuesto de que sea fecundo, en padre y madre"

“El matrimonio según el plan originario del Creador se realiza entre un hombre y una mujer, que se convierten en esposo y esposa y, en el supuesto de que sea fecundo, en padre y madre”

Estos días hemos celebrado la fiesta de la Sagrada Familia, que el Papa Pablo VI quiso colocar dentro de la Octava de Navidad para que sirviese como modelo de virtudes domésticas a las familias cristianas. El lema elegido para este año era muy significativo: “ESPOSO Y ESPOSA, PADRE Y MADRE POR LA GRACIA DE DIOS”.

La Sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del mundo y del primer hombre y la primera mujer: Adán y Eva. Ambos fueron creados con idéntica dignidad, en cuanto personas e imágenes de Dios. Sin embargo, Dios los hizo distintos en cuanto a características: el hombre tiene unas cualidades específicas y la mujer otras. Los hizo así, porque quiso que se complementaran. Esta complementariedad obedece, sobre todo, a la función que el mismo Creador les asignó: “Creced, multiplicaos y dominad la tierra”. Es decir, porque les dio el mandato y la capacidad de transmitir la vida humana unidos en legítimo matrimonio: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”.

Vistas las cosas en el principio, el matrimonio según el plan originario del Creador se realiza entre un hombre y una mujer, que se convierten en esposo y esposa y, en el supuesto de que sea fecundo, en padre y madre. Apoyada en esta realidad, la Iglesia ha hablado siempre de esposo-esposa, marido-mujer, padre-madre. La humanidad de todos los tiempos, por encima de razas, lenguas y cultura, ha manejado la misma terminología y los mismos conceptos. Es ahora, con la antropología radical feminista, cuando se quiere enmendar la plana al Creador y cambiar hasta la misma naturaleza de las personas. Vano intento, porque se cambiará externamente de sexo, pero la realidad seguirá siendo que un hombre no es una mujer y viceversa.

La familia es la gran institución del Creador. Más importante -y anterior- que el Estado y la misma Iglesia. La familia es el cimiento de la sociedad. En ella se aprenden las virtudes humanas fundamentales: el amor, el servicio, el compartir, el trabajo, la preocupación por los más necesitados, la convivencia entre caracteres y personas distintas, etc. También en ella se trasmite, se aprende y se celebra la fe. Cuando el mismo Dios decidió asumir nuestra condición humana, quiso hacerlo en el seno de una familia.

Por eso, sorprende que en los dos últimos siglos el ataque a la familia sea tan insistente y tan fuerte. Baste pensar en la convivencia generalizada entre personas solteras, en el divorcio a la carta, en el matrimonio entre personas del mismo sexo y, últimamente, en la ideología de género. Habría que tomar buena nota de esto, porque los que se empeñan en destruir la familia se convierten en enemigos formidables de la sociedad y de la Iglesia. ¿Qué puede pensarse de un edificio cuyos cimientos se dinamitan?

Hoy resulta difícil para muchos percibirlo, porque el ruido de los intereses mediático-económicos es muy fuerte. Pero no me cabe la menor duda de que llegará un momento en el que ocurrirá como sucede hoy con el trabajo: lo que antes veían muchos como una especie de castigo del que había que librarse, hoy se percibe como un bien de primerísima importancia. Para que eso suceda lo antes posible, hagámonos todos defensores militantes de esta maravillosa institución, comenzando por hacer de nuestra familia una comunidad donde se cultivan todas las virtudes humanas de la persona y se trasmite-vive la fe, que es la gran herencia para los hijos.

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