Pastoral penitenciaria: una labor centrada en devolver la dignidad al preso

El pasado 24 de septiembre la Iglesia celebró la festividad de la Merced, patrona de quienes trabajan en las instituciones penitenciarias y los internos que allí residen. José Baldomero Fernández de Pinedo, capellán de la cárcel de Burgos desde 1991, da a conocer la presencia de la Iglesia en este entorno y cuenta en qué consiste su labor.

 

preso carcel

Para Fernández de Pinedo, la cárcel es el mismo infierno.

 

Conoce la cárcel perfectamente, ya que trabaja en ella desde hace 24 años. José Fernández de Pinedo, capellán del centro penitenciario de Burgos, es quien lleva la presencia de la Iglesia burgalesa a este lugar tan sombrío: «La cárcel, por mucho que pueden dar a entender los medios de comunicación, es un lugar oscuro y donde, como dice Cervantes, todas las penas se ceban en uno», comenta.

 

El 90% de su labor como capellán se centra en escuchar. Eso significa ponerse a la altura de los presos y dejar que expresen toda la realidad que llevan por dentro, muchas veces dolorosa: «Con esa realidad tienen que vivir y reciclarse, todo en un espacio muy muy negativo». Además de escuchar, Fernández de Pinedo desarrolla la labor de atenderles religiosamente, «y también humanamente, que es parte de lo religioso», para tratar que en medio de esa situación ellos no pierdan su dignidad y puedan afrontar su realidad personal y familiar sin perder su categoría de personas.  Cuenta que lo que más le reclaman los internos es afecto: «Necesitan cariño y que se les escuche. Las cárceles son espacios desafectivos, por lo que necesitan a alguien con quien puedan expresar su interior sabiendo que hay confianza, y que lo que cuentan no se va a compartir con nadie ni va a repercutir en su situación penal».

Una fe que fortalece

La fe en la cárcel se vive con radicalidad, porque, según Fernández de Pinedo, quien entra en un espacio cargado de negatividad como es un centro penitenciario, se termina haciendo la pregunta «¿Dónde está Dios?». Quien más y quien menos se replantea en ese mundo el tema de la transcendencia, dependiendo a qué nivel de formación religiosa se encuentre. «Las preguntas más impactantes y existenciales surgen al vivir una realidad tan feroz. Te preguntan “¿cómo puede permitir Dios esto?” “¿dónde está la bondad de Dios…?” Hacerles sentir que Dios está con ellos es nuestra labor a la hora de acompañarles, y procurar que él sea también el punto central sonde sitúan su afecto y los valores de su vida».

 

Para que la fe pueda ayudar a un preso a recuperar su sitio y dignidad, hay que saber motivarles cuando todas las motivaciones se han caído por los suelos. Y no es una tara fácil de abordar, ya que hay situaciones en las que la familia ha abandonado a ese preso, o se sienten rechazados por todo el mundo porque desde fuera se ven ciertos delitos con tal desprecio, que ya se sienten condenados antes de que se hayan realizado los juicios. «La fe, cuando tú confías en ellos y les haces sentir que Dios está con ellos, les acompaña y se encarna en su situación. Cuando les haces sentir que son los preferidos de Dios, les ayuda bastante, y aunque no es la solución a los problemas, sí es la fuerza que ellos necesitan para afrontarlos».

Humanizar la cárcel

Lo más duro de la cárcel es la cárcel misma. «Si alguien me pide que defina el infierno, yo le pongo una palabra: cárcel. En la cárcel uno se despersonaliza, se rompen las relaciones, no se puede tener confianza ni intimidad, tampoco dispone de su vida y se apaga la creatividad. Es todo un proceso de pérdida». De ahí la importancia del trabajo que lleva a cabo Fernández de Pinedo y los voluntarios de la Asociación Amanecer que colaboran en su trabajo pastoral. Además de escuchar a todos los internos que atienden, realizan una serie de actividades en orden a que ellos se replanteen su vida en el plano de la libertad, sean dueños de su propia existencia y puedan decidir por ellos mismos lo que quieran vivir el día de mañana.

 

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La labor de la Iglesia en la prisión consiste en devolver la dignidad a las personas privadas de libertad.

Aparte de las actividades de naturaleza religiosa, como la oración, la formación o la catequesis, también se desarrollan talleres de valores, «que son buenos a la hora de crear espacios grupales donde puedan expresar desde dentro realidades que no serán manipuladas, que saben que quedan allí y muchas veces sirven de desahogo ante la vida que llevan. También llevamos a cabo otras actividades, como encargarnos de la decoración de la cárcel en Navidad y la animación, participamos en cuestiones de deportes, solemos llevar teatros de la calle, etc. Todo o que sirva para humanizar más la realidad de la cárcel».

 

Por último, Fernández de Pinedo hace un llamamiento a los ciudadanos –y de modo particular a los cristianos, pues sabe que para muchos de ellos la prisión es un lugar alejado– para que cambien su visión de la cárcel: «La cárcel es de todos, y las realidades que nosotros proyectamos en los presos son construcciones de nuestra sociedad de consumo, que nos obligan a mantener y alimentar y por eso les condenamos. Ojalá todos pudiésemos conocer la cárcel porque no condenaríamos tanto, sabríamos lo que es la misericordia de Dios y por supuesto, disfrutaríamos mucho mejor de nuestras vidas».

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