24 horas para el Señor, la caricia del Dios misericordioso

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 28 de febrero de 2016.

 

La iniciativa de dedicar durante la cuaresma 24 horas para el Señor fue promovida por el Papa Francisco desde el inicio de su ministerio y desea darle especial importancia, como es lógico, durante este Año de la Misericordia. “Esta iniciativa, dice el Papa, que deseo se celebre en toda la Iglesia –también a nivel diocesano- es expresión de la necesidad de la oración”. Nuestra diócesis acogió desde el principio esta propuesta y también desea otorgarle mayor relieve en esta ocasión. Tendrá lugar los días 4 y 5 de marzo, viernes y sábado próximos, en diversos lugares de la diócesis y estará promovida de modo especial a nivel de arciprestazgo. Es una ocasión favorable para seguir experimentando lo que es el arciprestazgo como realidad eclesial y no sólo como  estructura  pastoral.

 

Según el pensamiento y el deseo del Papa, estas 24 horas para el Señor debían servir como contrapeso a la globalización de la indiferencia que tan repetidamente denuncia y que de modos múltiples  pretende envolvernos a cada uno de nosotros; la indiferencia es vivir como si los otros no existieran: yo estoy en el centro y todo lo demás es relativo, indiferente. Dado nuestro estilo de vida, cada vez gana más terreno la indiferencia: hacia los otros, nuestros hermanos; hacia lo otro, el planeta, la casa común;  hacia el Otro, el Señor;  y en definitiva hacia la dimensión más profunda de nosotros mismos.

 

Ciertamente, esta actitud de indiferencia se manifiesta en muchas ocasiones a nivel global, de modo clamoroso en la irresponsabilidad y en la inconsciencia general ante las catástrofes y los dramas que tienen lugar en nuestro mundo. Igualmente ante  los dolores y angustias de nuestros hermanos,  tanto los que nos quedan lejos como los que nos rodean. La indiferencia se expresa también respecto a nosotros mismos, cuando no reconocemos o no damos importancia a nuestro pecado, cuando no vemos la verdad de nuestro ser. Es una tentación cómoda descargar la culpa sobre la sociedad o sobre las instituciones para ocultar nuestras faltas. El encuentro personal con el Señor nos ayudará a admitir nuestro pecado sin sentirnos angustiados o humillados, porque  nos abraza como hijos y así  nos abre a la solidaridad con nuestros hermanos. En la base está la indiferencia ante el Señor, cuando no lo consideramos importante en nuestra vida.

 

La oración surge como la respuesta de quien se siente admirado y sorprendido por la actitud del Padre que sale al encuentro del hijo desorientado o abrumado. El asombro se transforma espontáneamente en adoración ante el Dios de las sorpresas, el único que en su gracia es capaz de transformarnos sin acusaciones y sin reproches. Porque ese Dios, dice el Papa Francisco en el reciente libro-entrevista El nombre de Dios es misericordia, perdona no con un decreto sino con una caricia; Jesús mismo, ante la adúltera, va más allá de la Ley y perdona acariciando las heridas que son nuestros pecados.

 

En esta perspectiva, el sacramento de la reconciliación forma parte de la oración personal y comunitaria; es personal porque vamos al encuentro del Padre que se acerca con los brazos abiertos para dar al hijo el abrazo del perdón; y es comunitaria  porque es la Iglesia misma quien nos acoge y acompaña,  en la persona del confesor, para celebrar la misericordia del Señor.

 

Muchos de los que me escucháis o leéis, seguramente habéis valorado e integrado en vuestra vida la oración y el sacramento de la reconciliación, que bien puede ser considerado como sacramento de la misericordia. Seguro que esto os ha ayudado a no caer en la indiferencia y a desarrollar la generosidad y la transparencia en vuestra vida. Tal vez otros hayáis ido dejándolo en un lugar secundario, como algo irrelevante o de poca importancia. Deseo de corazón que la celebración de las 24 horas para el Señor en este Año de la Misericordia, os permita descubrir de nuevo el gozo de la oración como adoración y la capacidad transformadora de la reconciliación celebrada sacramentalmente.

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