Honrar a los muertos a la luz de la resurrección

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 2 de abril de 2017.

 

El pasado mes de octubre se dio a conocer un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, llamado Ad resurgendum cum Christo (Para resucitar con Cristo), en el que se recomienda la sepultura del cuerpo de los difuntos y se ofrecen algunas observaciones sobre la práctica creciente de la cremación.

 

El tema tuvo repercusión en los medios de comunicación, lo cual resulta comprensible dado que afecta a los sentimientos más profundos de la inmensa mayoría de las personas. Como suele ser normal cuando lo que llega es la noticia, se ponía el acento en aspectos que, siendo importantes, no reflejaban el sentido auténtico de las recomendaciones del mencionado documento.  Por eso considero conveniente, una vez pasada la actualidad mediática, volver sobre este tema para cultivar el sentido de la fe del pueblo cristiano ante una experiencia tan importante desde el punto de vista humano y cristiano. Ello adquiere nueva luz cuando nos preparamos para celebrar el misterio pascual, la muerte y resurrección de Jesús.

 

Es importante tener en cuenta esta perspectiva, porque hay quienes propugnan la cremación o la dispersión de las cenizas por motivos ideológicos, filosóficos, o incluso por la simple moda, que nada tienen que ver con la fe cristiana: la revelación nos dice que somos algo más  que materia, y por ello nuestro destino no  es reintegrarnos en la naturaleza, en la tierra de la que salimos; nuestra esperanza  abre un horizonte más allá de este mundo, el encuentro definitivo con el mismo Dios amante que nos creó.

 

La Iglesia habla de la muerte y de los muertos a la luz de la fe, de la esperanza, del amor; sólo así se aporta luz y sentido a nuestra actitud ante los difuntos, lo cual debe manifestarse en el modo en que tratamos su cadáver. No podemos hacerlo más que con respeto, con veneración, honrando su dignidad. Es significativo que ello forma parte de las obras de misericordia, que hemos recordado y revalorizado durante el pasado Año Santo: las obras de misericordia corporales mencionan la práctica de enterrar a los muertos; y también las obras de misericordia espirituales invitan a rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

 

El documento de la Doctrina de la Fe recomienda la inhumación por ser la forma más adecuada para expresar la fe y la esperanza en la resurrección de los cuerpos. La resurrección de Cristo es el momento culminante de la fe cristiana; hace que la muerte tenga un significado positivo y reconoce el valor y la dignidad de nuestros cuerpos, de nuestra realidad material. Enterrando los cuerpos de los difuntos estamos por tanto proclamando de modo visible nuestra fe en la resurrección de la carne y la dignidad del cuerpo, que también será glorificado en la resurrección. Nuestra persona no es sólo espíritu, es también cuerpo  en la existencia terrena, en el momento de la muerte y en la vida definitiva en la gloria del Padre. «Desde el principio, se dice en este documento, los cristianos han deseado que sus difuntos fueran objeto de oraciones y recuerdo de parte de la comunidad cristiana. Sus tumbas se convirtieron en lugares de oración, recuerdo y reflexión (…) La sepultura en los cementerios u otros lugares sagrados responde adecuadamente a la compasión y al respeto debido a los cuerpos de los fieles difuntos, que mediante el Bautismo se han convertido en templo del Espíritu Santo y de los cuales, “como herramientas y vasos, se ha servido piadosamente el Espíritu para llevar a cabo muchas obras buenas”».

 

Junto a la inhumación, la Iglesia reconoce la legitimidad de la cremación, cuya práctica se va difundiendo, (si se hace desde los criterios adecuados). Pero da importancia también a que las cenizas se depositen por regla general en el cementerio o en un lugar sagrado; que no se dispersen ni se dividan, ni se conserven en el propio domicilio, ni se pueda hacer de las mismas un uso inconveniente o superficial. El cadáver no es una propiedad privada. El difunto es hijo de Dios, miembro del Pueblo de Dios, y por ello se ha establecido una celebración pública del funeral. Los camposantos han surgido como lugar de la memoria, y siguen convocando a la visita, a la oración, a la expresión de respeto y de cariño. De este modo se manifiesta que el amor a los difuntos tiene una dimensión eclesial: nos ayuda a descubrir y a vivir la comunión de los santos que confesamos en el Credo, una comunión en la que se encuentran nuestros difuntos.

 

Las recomendaciones de la Iglesia, no son un capricho o una tradición rutinaria. Proceden de la fe en el Resucitado: El es el primogénito de los que resucitan para transformar la realidad entera. Nuestro cuerpo participará de su victoria. Esa victoria la anticipamos como un acto eclesial, no como un hecho privado. La belleza de la fe debe hacerse patente en el modo como honramos a los muertos. Es un anuncio también de la resurrección, en la que los cristianos creemos y esperamos.

Comentarios

Se el primero en publicar un comentario.

Danos tu opinión