«Urge recuperar el amor como principio constitutivo del trabajo humano»

«El trabajo, lugar humano, lugar teológico, lugar eclesial» fue título y núcleo de la conferencia ofrecida esta semana por Fernando Díaz Abajo, consiliario general de la HOAC.
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El sacerdote y máster en Doctrina Social de la Iglesia Fernando Díaz Abajo pronunció el pasado martes en la Facultad de Teología una conferencia convocada por la Hermandad Obrera de Acción Católica y titulada «El trabajo, lugar humano, lugar teológico, lugar eclesial». Durante su exposición, el ponente fue desgranando el título de la conferencia desde la óptica de la Doctrina Social de la Iglesia y de las aportaciones que a la misma está realizando el papa Francisco, unas aportaciones que, lejos de quedarse en meras palabras e intenciones, cobran mucho más sentido cuando van acompañadas de los innumerables gestos que jalonan su papado, entre ellos, la visita a la empresa siderúrgica Ilva de Génova (marzo de 2017), de cuyo discurso se ha entresacado el título de la conferencia.

 

Díaz Abajo partió de la visión del trabajo como lugar humano: solo el ser humano, hombre y mujer, puede trabajar. «Es la aportación que hace a la creación, al plan de Dios para toda la humanidad. Las máquinas hacen tareas, pero la capacidad de trabajar, de colaborar, de construir conscientemente la sociedad, de profundizar en las relaciones con otras personas, es propia del ser humano. El trabajo es propio de la persona, de toda persona. El empleo, lo que entendemos como trabajo remunerado, parece que se ha adueñado del concepto de trabajo de modo que fuera de él parece no existir nada. Pero, muy al contrario, el trabajo como labor humana destinada a transformar la realidad y humanizarla está presente en muchos más campos de la vida. Los trabajos de cuidados, los voluntariados y muchas otras manifestaciones de gratuidad merecen el reconocimiento social por su necesidad y por la importancia de su labor. Ese reconocimiento no está solo en la remuneración económica, aunque debe ser planteable por el impacto que tiene sobre nuestra sociedad».

 

Pero además, el trabajo también es lugar teológico. Dios sale al encuentro del ser humano en todas las facetas de su vida, no solo en su presencia en la comunidad cristiana o en la celebración de los sacramentos. Se hace presente en la vida de cualquier persona allí donde ésta vive, se relaciona, crece… Por ello, es también en el desarrollo del trabajo, un lugar de encuentro con el Dios liberador, el Dios comprometido, el Dios amor. Un Dios que se abre a la vida de sus hijos y que anima al compromiso transformador también desde el mundo del trabajo. Para el ser humano, la dimensión social de su existencia es una llamada al encuentro con los demás y a construir esas relaciones de hermandad y solidaridad en la sociedad. Por esto es el mismo Dios quien alienta que la persona se humanice desde la concepción de un trabajo colaborativo y digno, que construya la sociedad y ayude al crecimiento de los hombres y mujeres de nuestra sociedad.

 

El trabajo, lugar eclesial

Como dice el comienzo de la constitución pastoral Gaudium et spes (CV II): «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo». Es por ello por lo que la Iglesia debe hacerse presente también en este mundo del trabajo. No puede eludir su responsabilidad por acompañar la vida de tantas personas que, de una u otra forma, desarrollan tantos aspectos de su vida ligados a la concepción del trabajo. Los lugares de la iglesia son los lugares de la VIDA con mayúsculas, son espacios para encarnarse, para batirse codo con codo con el ser humano y su afán de cada día.

 

En la situación actual que vive el mundo del trabajo, urge dar una respuesta evangelizadora desde la Iglesia y desde cada uno de los cristianos: recuperar el amor como principio constitutivo del trabajo humano para luchar contra la actual deshumanización que propone el sistema económico, social y cultural; humanizar ese mundo del trabajo con la seguridad de que esto repercute en que nos humanicemos nosotros mismos; una nueva comprensión de nuestro ser Iglesia y de su/nuestra tarea evangelizadora; dar vida, y una vida digna; animarnos a recorrer un camino de evangelización de la mano de quienes sufren; ser testigos vivos de Jesucristo en el mundo y en las realidades del ser humano; y acoger el amor de Dios y construir todos los aspectos de nuestra vida desde Él.

 

Y se nos propone un camino a recorrer comunitariamente, que se puede concretar en estos cuatro aspectos: acompañar la vida de las personas en sus ambientes para crear las condiciones en las que podamos vivir nuestra humanidad de manera más plena, contribuir a un cambio de mentalidad y de la atmósfera cultural en la que vivimos, colaborar al necesario cambio de las instituciones para que estén más al servicio de las necesidades de las personas, en particular de los empobrecidos, y ayudar a construir y dar visibilidad a experiencias alternativas en la forma de vivir, personal y socialmente.

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