Don Fidel Herráez visita la unidad pastoral de Arcos de la Llana

Acompañado del párroco, Román Ángel Pardo, el arzobispo visitó las parroquias de Arenillas de Muñó, Arcos de la Llana, Pedrosa de Muñó, Villanueva Matamala y Villariezo.
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Don Fidel Herráez Vegas, arzobispo de la diócesis, visitó las poblaciones de Arenillas de Muñó, Arcos de la Llana, Pedrosa de Muñó, Villanueva Matamala y Villariezo. En la jornada de ayer, los feligreses de estas localidades recibieron al pastor de la Iglesia burgalesa con la alegría propia del evangelio confirmado por el sucesor de los apóstoles en la diócesis.

 

Aunque apretada por el tiempo disponible, la visita pastoral brilló por la calidad. En Villanueva Matamala, don Fidel pudo disfrutar de un pueblo donde se encuentra el germen del coro interparroquial fundado por el anterior párroco, Javier Gómez Oña, que posteriormente se unió a los encuentros mantenidos. En Villariezo, el señor arzobispo bendijo una nueva custodia ofrecida por donativos de los feligreses y el ayuntamiento. En Arcos de la Llana, se reunió con los niños de primera comunión y confirmación, así como con sus padres y catequistas. Este año, entre Arcos de la Llana y Villariezo recibirán por primera vez a Jesús más de 40 niños.

 

A mediodía, tuvo lugar el acto central de la visita pastoral. Se celebró la eucaristía y se administró el sacramento de la confirmación a ocho adolescentes y un joven de la parroquia de Arcos.

 

Después de un encuentro lúdico, abierto a todos los que se quisieron acercar, el arzobispo almorzó con jóvenes vinculados a la parroquia en tareas de catequesis, tiempo libre y campamentos, así como con los integrantes del consejo pastoral y económico de Arcos de la Llana.

 

Por la tarde, don Fidel fue recibido en la iglesia parroquial de Arenillas de Muñó. La visita pastoral terminó en Pedrosa de Muñó, una población celosa de sus tradiciones religiosas y de su iglesia parroquial. El arzobispo pudo escuchar de primera mano sus proyectos para arreglar el tejado de la torre de la Iglesia y cerrar el coro de manera que en invierno se disponga de un espacio más «templado» para las celebraciones litúrgicas.

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