La Iglesia en el mundo del silencio

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 14 de julio de 2019.

pastoral sordo

 

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Burgos está siendo estos días sede del Encuentro Nacional de Pastoral del Sordo y del Sordociego, organizado por la Conferencia Episcopal Española a través de la Comisión Episcopal de Pastoral. Más de cien agentes de pastoral de toda España, muchos de ellos sordos, se han acercado a nuestra ciudad para vivir unos días de encuentro, para compartir experiencias, para orar juntos, para crecer en fraternidad y reflexionar conjuntamente sobre temas fundamentales para el trabajo pastoral en favor de la comunidad de personas sordas. El tema central de este año es la Eucaristía, bajo el lema: «Haced esto en conmemoración mía».

 

Es para nosotros un auténtico gozo poder acogerles en nuestra ciudad, que siempre ha destacado por su sencilla y cálida acogida. Además, nos ayuda a retomar una tradición que viene desde antiguo. Se dice que en el Monasterio de Oña, en el s. XVI, desarrolló su actividad uno de los precursores de la lengua de signos: Fray Pedro Ponce de León. Según está documentado, en el monasterio benedictino estableció una pequeña escuela para acoger a niños sordos a los que dotó de las herramientas necesarias para que pudieran ellos mismos desenvolverse autónomamente en la vida. En aquella obra llevada a cabo por este sencillo fraile tenemos escrita una página más de las muchas acciones silenciosas que la Iglesia ha hecho a favor del desarrollo humano y social de nuestra sociedad, especialmente de los más desfavorecidos.

 

Además de los agentes de pastoral, los destinatarios de estos encuentros son, en definitiva, las personas sordas. También las personas oyentes que manifiestan sensibilidad y acogida hacia esta comunidad que se significa por el lenguaje de los signos. Pero este encuentro nacional se convierte también en una verdadera gracia para nuestra Iglesia en Burgos, porque nos ayuda a visibilizar una realidad social y eclesial con la que quizás estamos poco familiarizados. De esta manera, su presencia entre nosotros contribuye a reforzar y profundizar en la atención pastoral que necesitan las personas sordas. Precisamente el año pasado comenzábamos en nuestra Diócesis un pequeño grupo de pastoral del sordo que trata de acoger y acompañar a este colectivo, y en ello hemos de continuar con la necesaria atención personal y comunitaria.

 

La realidad de las personas sordas pertenece a ese amplio mundo de la discapacidad en el que hoy viven tantos hermanos nuestros. Ciertamente que la senda de los derechos se ha ido abriendo en este amplio colectivo, consiguiendo una mayor visibilidad y una mejor integración en la sociedad. Muchas son las personas que han contribuido a este desarrollo. Pero siempre hay mucho camino por hacer. Las condiciones de fragilidad en las que tienen que desarrollar su vida no debe de llevarles a situaciones de inferioridad o de descarte social. Al contrario, las sociedades que quieren tener una talla auténticamente humana, son aquellas que son capaces de integrar estas fragilidades y hacer todo lo posible por introducirlas en su seno y aportar así sus potencialidades al conjunto de la sociedad.

 

También Jesús, en el relato evangélico de la curación del sordomudo (Marcos 7, 31-37) se nos presenta acercándose a la realidad de las personas sordas. Ellas viven unas circunstancias peculiares que Él sabe acoger con tremenda ternura y delicadeza. De esta manera, nos da pautas a la comunidad cristiana para hacer nuestras estas actitudes y convertirnos, en medio de nuestro mundo de excelencia, en un signo profético de encuentro y de acogida de la diferencia y de la fragilidad.

 

Bien podríamos decir que la pastoral del sordo hace visible la presencia de la Iglesia en el mundo del silencio. Una circunstancia que es precisamente donde Dios se hace especialmente presente. Por eso, en este contexto social, las personas sordas se convierten en un don para la Iglesia como recordaba recientemente el Papa Francisco. Quiero terminar con sus palabras esta reflexión de hoy: «La presencia de Dios, dice, no se percibe con las orejas, sino con la fe; por tanto, os animo a reavivar vuestra fe para advertir cada vez más la cercanía de Dios, cuya voz resuena en el corazón de cada uno y que todos pueden oír. Podréis así ayudar a cuantos no “oyen” la voz de Dios a estar más atentos a ella. Esto es una significativa contribución que las personas sordas pueden dar a la vitalidad de la Iglesia».

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