Queridos hermanos y hermanas:
«Cada año, millones de niños y adolescentes se ven obligados a abandonar su tierra a causa de guerras, pobreza, violencia, desastres medioambientales y otras tragedias; y, lamentablemente, su número sigue aumentando». Estas palabras, firmadas por el Papa León XIV en su mensaje para la 112 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2026, nos invitan a centrar nuestra atención en el corazón del fenómeno migratorio.
El lema Incluso uno solo de estos pequeños, inspirado en el texto evangélico de Mateo 18, 5, resuena hoy con una fuerza particular: «Los menores son los más vulnerables dentro de los flujos migratorios mundiales». Son «rostros concretos» e «historias únicas», matiza el Santo Padre, que «apelan a nuestra conciencia». Por ello, hemos de alzar la mirada para ver más allá de las estadísticas, los datos o las cifras, hasta reconocer el valor único de cada persona que se acerca hasta la orilla de nuestra vida para suplicarnos algo que nadie debería tener que pedir: ser reconocido, acogido y tratado con la dignidad que le pertenece.
«Humanizar nuestra mirada y recuperar la dimensión personal es esencial para construir una sociedad más justa y es uno de los grandes desafíos que plantea este lema», destacan los obispos de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana de la CEE. Y en ese horizonte no hay sitio para la indiferencia. Así, una sola vida tiene un valor único, insustituible, eterno; porque ha nacido de la entraña misma de Dios, ha sido engendrada en el vientre de una madre, y eso es sagrado.
El Evangelio no nos permite contemplar al migrante como una realidad anónima, sino que nos pone delante a una persona concreta: un recién nacido, una mujer embarazada, un hombre, un niño, alguien que tiene un nombre, una historia, una familia, unas heridas y unos sueños que no deberían morir en el camino. Antes que extranjero, que refugiado, que migrante, hay una persona; hay una dignidad que nos vincula, nos reconoce y nos hermana: «La dignidad humana pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir (…). No se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada» (Magnifica humanitas, 52-53).
Jesús también conoció la experiencia de la huida, del exilio y del abandono de su tierra para salvar su vida. De la mano de sus padres, tuvo que huir a Egipto porque Herodes quería matarlo (cf. Mt 2, 13-15). El Hijo de Dios conoció así, desde los primeros pasos de su existencia humana, la incertidumbre de quien se ve obligado a abandonar su propia casa para poder sobrevivir. Por eso, cada vez que un niño atraviesa una frontera con temor e incertidumbre, cada vez que una familia deja atrás su casa sin saber si podrá regresar, cada vez que alguien busca un lugar donde comenzar de nuevo, quizá sea Cristo quien vuelve a llamar a nuestra puerta.
Acoger no es solamente hacer un sitio en la mesa, abrir la puerta de casa o preparar una cama donde pueda descansar, es escuchar su historia con calma, es ofrecer una mano cuando no tiene dónde reposar su sufrimiento, es pronunciar su nombre cuando otros sólo ven un número.
Nadie debería sentirse extraño ante el corazón de otro ser humano, pues todos, en algún momento de nuestra vida, hemos necesitado que alguien nos espere, nos socorra o nos acoja. Quizá la pregunta no sea solamente cómo nos comportamos ante quien llega, sino qué hacemos cuando Dios mismo se acerca hasta la orilla de nuestra vida bajo el rostro de quien necesita ser acogido: “cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).
Que María, que conoció el desarraigo y la incertidumbre de huir para proteger la vida de su Hijo, nos enseñe a mirar como Ella para descubrir en cada rostro un hijo amado de Dios.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos