
Queridos hermanos y hermanas:
Los templos, aun siendo de piedra, están construidos con el esfuerzo, el amor, la ilusión, las oraciones y la fe de generaciones enteras. Cada iglesia y cada ermita de nuestra tierra burgalesa guardan historias humanas que valen más que todo un patrimonio artístico: preservan la historia de un pueblo cimentado sobre la vivencia de quienes hicieron de la fe el cimiento de sus hogares, de sus familias y de sus vidas.
Cada año, la Campaña Pro Templos, impulsada por nuestra archidiócesis desde 2006, nos invita a cuidar esta memoria viva de nuestro pasado. Gracias a la generosidad de tantos bienhechores, se han podido restaurar tejados, cubiertas, presbiterios, retablos, muros y cimientos de numerosos templos, para que todos los hogares donde el Misterio anida luzcan revestidos de belleza.
Esta campaña es mucho más que una iniciativa para restaurar y conservar el patrimonio religioso. Cada detalle escondido guarda el eco de innumerables vidas; cada piedra conserva la huella de quienes amaron, sonrieron, lloraron, rezaron, esperaron y confiaron en el Señor a lo largo de los siglos.
En este tiempo de verano, cuando tantos pueblos vuelven a llenarse de vida y las campanas celebran con gozo muchas fiestas patronales, descubrimos que el templo continúa siendo el corazón que da identidad a nuestras comunidades. Allí donde desaparece la iglesia, el pueblo pierde una parte fundamental de su alma. Es, en torno a ella, donde aprendemos desde niños el nombre de nuestros vecinos, donde los saludos se convierten en una amistad imperecedera, donde las celebraciones compartidas fortalecen los vínculos que nos hacen sentir familia y configuran nuestra identidad.
Bajo la sombra de nuestros templos hemos festejado a nuestros patronos, hemos celebrado los sacramentos, hemos acompañado las alegrías y sostenido las lágrimas de quienes más lo necesitaban. Entre las paredes del templo, la comunidad aprende a reunirse, a reconocerse y a caminar unida. Allí fueron bautizados nuestros hijos (y nosotros mismos), despedimos a nuestros seres queridos, celebramos el amor de los esposos y dimos gracias a Dios en los momentos más decisivos de la existencia. Allí aprendimos que Dios sigue habitando la historia de los hombres y mujeres que le aman. Allí el Señor nos invita al perdón y a la reconciliación, a recibirle como pan vivo y vino de la Nueva Alianza.
Por eso, cada iglesia y cada ermita guardan lo más valioso de nuestro pasado: un hogar para la fe que, generación tras generación, nos recuerda que el Señor permanece fiel y hace de su pueblo un templo vivo de su Presencia.
Hoy quisiera invitaros a convertiros en custodios de esta herencia. Cada donativo, por pequeño que parezca, es una piedra más que sostiene un tejado, una bóveda, una ermita, un retablo, un órgano y, también, una historia que no queremos que desaparezca. Cuidar nuestros templos es cuidar nuestras raíces, agradecer su labor a quienes nos precedieron y ofrecer a las nuevas generaciones un lugar entrañable donde puedan encontrarse con Dios y reconocer cuál es la fuente más profunda de su ser.
Os animo, por ello, a colaborar con la Campaña Pro Templos a través de la página web protemplos.es, donde encontraréis toda la información para participar en esta hermosa obra común.
Que la Virgen María, templo vivo del Espíritu Santo, nos enseñe a preservar con amor aquello que tantos levantaron con sacrificio. Porque quien cuida de la Casa de Dios descubre que es Él mismo quien sostiene –para siempre– el castillo interior de nuestra alma (Santa Teresa).
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.