Queridos hermanos y hermanas:
«Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza» (1 Pe 3, 15). Con el curso pastoral recién comenzado, las palabras de san Pedro resuenan con especial fuerza ante la Jornada Diocesana de Formación que tuvo lugar el pasado viernes. Este encuentro no puede entenderse como una actividad más dentro de un calendario complejo de responsabilidades pastorales que nos congregan cada año: es una llamada especial a renovar la cabeza y el corazón para la misión que Dios nos encomienda para poder decir, con humildad y hondura, por qué creemos, en quién hemos puesto nuestra esperanza y cómo esa fe transforma nuestra manera de vivir.
El cristiano no está llamado solamente a conservar la fe que, como don, ha recibido, sino también a conocerla, a profundizar en ella, a dejarse cautivar por su misterio, a adentrarse en su mundo interior y a aprender a expresarla con el lenguaje de nuestro tiempo.
La evangelización necesita personas que conozcan experiencialmente aquello de lo que hablan, viven y confiesan; pero, sobre todo, personas que hayan dejado que aquello que conocen se convierta en vida, camino y plenitud. Porque no evangelizamos únicamente con nuestras palabras: lo hacemos con la hondura de nuestra mirada, con la calidad de nuestras preguntas, con el testimonio de nuestros actos, con nuestra capacidad de acompañar y con la esperanza que somos capaces de ofrecer para transformar el mundo según el corazón de Dios.
Por ello, formarnos para evangelizar supone prepararnos debidamente para ofrecer al mundo una fe que, aunque no siempre encuentra todas las respuestas, no teme enfrentarse a cualquier pregunta. Hemos de estar preparados para proclamar la Palabra –a la luz de san Pablo– «a tiempo y a destiempo», arguyendo, reprochando y exhortando «con toda magnanimidad y doctrina» (2 Tim 4, 2); sin huir de las dificultades, sin desentendernos de la cultura, la política, los problemas sociales, sin dejar de dialogar con la ciencia y el arte. Siempre abiertos a los desafíos que impulse el Espíritu.
Somos parte esencial de una sociedad que cambia con una rapidez asombrosa, que no se queda anclada en el pasado y que, por tanto, nos obliga cada día a mirar –y a mirarnos– de nuevo. Así, abandonarnos y afianzarnos a formas de estar presentes propias del pasado no es el mejor camino: la ciencia, la cultura y las artes plantean interrogantes apasionantes, la política modifica nuestros modos de comprender el tiempo presente, la sociedad demanda hombres y mujeres que cambien el sentido de la historia, el estudio nos presenta universos emocionantes para entender a la persona, el sentido de la libertad, el origen de la verdad y el sentido de la vida.
Los problemas sociales de nuestros días reclaman de nosotros, como discípulos de Jesucristo, una palabra que ayude a comprender, que salga a tiempo, que acompañe, que sea lúcida, delicada e inmensamente compasiva. Y, ante todo ello, la Iglesia no puede responder desde la improvisación ni desde la nostalgia; quedarse ahí, de brazos cruzados, es olvidarse del hermano, es descuidar aquello para lo que hemos sido llamados, es dejar de ser un peregrino que anhela la meta del Cielo para convertirse en un vagabundo más. La Iglesia necesita cristianos capaces de escuchar, discernir, orar, pensar, dialogar, testimoniar y responder desde la riqueza de su fe. También el Señor Jesús formó a sus discípulos: en el corazón de las parábolas (cf. Mc 4, 34), en la oración del Padrenuestro (cf. Lc 11, 1-4), en el discurso del Pan de Vida (cf. Jn 6, 35), en la Última Cena (cf. Jn 13), en el sentido de la cruz (Mc 8, 31-35).
La fe no apaga la inteligencia sino todo lo contrario: la ensancha, la plenifica y la conduce hacia un horizonte nuevo lleno de sentido.
Con la Virgen María, aprendamos a mirar con los ojos de Cristo y dejémonos alcanzar por la Verdad: hasta que transforme nuestra vida y podamos compartirla –en cuerpo y alma– con los demás. Que este camino de formación nos ayude a crecer en sabiduría y en fe: haciendo de nuestra inteligencia y de nuestro corazón instrumentos dispuestos a amar, servir y anunciar el Evangelio en medio del mundo.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos