Lema del año Jubilar

Sois templo de Dios

El lema viene escogido del texto de S. Pablo: “Sois templo de Dios y el Espíritu Santo habita en vosotros” (1a Corintios 3, 16).

Estas palabras de San Pablo hacen referencia a un dinamismo que se establece en la Historia de la Salvación. En efecto, Dios quiere hacer de la humanidad su morada. Roto ese designio, se va a ir restableciendo paulatinamente. La presencia esporádica, peculiar en la etapa patriarcal, se hace más estable a partir del Éxodo. Moisés experimentó muy cerca la asistencia de Dios. La nube, la gloria, el arca del testimonio son signos del Dios transcendente, que se acerca su pueblo para vivir en la tienda del encuentro, “allí donde yo he de encontrarme contigo” (Éx 30,6). Cuando se establecieron en Caná, Salomón edificó el templo y le dice a Dios: donde entroniza el arca, signo de la alianza (cf. I Re 8,1-4). Dios no queda circunscrito a un lugar, pero lo acepta: “En él estará mi nombre”. Los profetas anuncian el templo espiritual: “Pondré mi santuario en medio de ellos por los siglos; pondré en medio de ellos mi morada; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Ez 37,27; cf. 43,7).

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” (Jn 1,14). Dios eterno se introduce en el tiempo, habitando entre los hombres. La expresión “habitó” viene a significar “plantar una tienda”, en paralelo con el Éxodo (33-34). Cristo, Verbo encarnado, es el auténtico tabernáculo: Siguiendo la figura del edificio, el Apóstol se refiere a los bautizados: “Sois templo de Dios y el Espíritu Santo habita en vosotros” (1 Cor 3,16). Lo mismo sucede en 1 Pe 2,5: “También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo”. En efecto, el jubileo del VIII Centenario de la Catedral ha de ayudarnos a asimilar esta llamada a formar parte de una comunidad elegida para ser piedras vivas de Cristo, que es la piedra angular que sostiene todo el edificio de su Iglesia (cf. Ef 2,20). Todo apóstol construye este edificio social en el que Dios habita. Su labor se encamina a que la presencia divina se muestre entre los hombres, como decía el profeta Baruc: “Paz en la justicia y gloria en la piedad” (Bar 5,3).