Encuentro regional de Vida Ascendente
Catedral, 4 de junio de 2014
Queridos hermanos
Los miembros de Vida Ascendente de Castilla y León habéis querido venir a Burgos para celebrar el 24 Encuentro Regional de vuestro Movimiento. Os acompañan vuestros Consiliarios y Autoridades eclesiásticas y civiles que quieren compartir con vosotros la alegría de esta Jornada festiva e impulsaros en vuestros ideales. Como Obispo de la diócesis, os agradezco que hayáis elegido el marco de esta Catedral para celebrar el acto fundamental de este día: la participación en la Eucaristía.
El Evangelio que acabamos de proclamar nos ha recordado tres cosas importantes, más aún, imprescindibles para que la Jornada de hoy y el día a día de nuestra vida afiance vuestra pertenencia al Movimiento Vida Ascendente y lo proyecte en el medio en el que trascurre vuestra existencia. Estas tres verdades son: la unidad, la permanencia en medio del mundo sin caer en sus redes y el apostolado.
“Guarda a los que tú me diste para que sean uno”. El Movimiento de Vida Ascendente está extendido por los cinco continentes del mundo y por todas las diócesis de España. Pertenecéis, por tanto, a diversos países, culturas y lenguas. Tenéis distintas sensibilidades. Os encontráis en situaciones de vida muy diferentes. Esto es una riqueza. Más aún, una gran riqueza, porque la suma de todas vuestras aportaciones es mucho rica que la que podría aportar cada uno en particular, cada grupo o cada diócesis. Dios no quiere que seamos como una marca de una fábrica de galletas, que son todas iguales. Prefiere que seamos distintos: cada uno con su carácter, con sus aficiones, con sus cualidades, con sus limitaciones y defectos. La diversidad no es, por tanto, un problema. Pensad en vuestros hijos: todos son distintos, no hay dos que sean iguales. Y eso no es problema para que sean hijos vuestros y hermanos entre sí.
Lo que es malo, lo que hace daño es que cada uno de nosotros quiera ir por libre y prescindir de los demás. No reconocer que es un miembro y que todas sus peculiaridades las tiene que poner al servicio de los demás. Cuando uno olvida que forma parte de un todo, que es miembro de un cuerpo –en vuestro caso miembro del grupo y del movimiento- entonces se convierte en peligro. Porque esa actitud disgrega, divide y rompe la cohesión y la hermandad y se convierte en un cáncer que termina matando al organismo.
El pecado original nos inclina a la división, a la separación, a la ruptura. Por eso, pedía el Señor al Padre en el momento de dejar este mundo que guardase en la unidad a sus discípulos. Yo le pido ahora lo mismo y os invito encarecidamente a que perseveréis siempre bien unidos. Siempre ha sido necesaria esta unidad, pero hoy lo es de modo especial, porque el ambiente en que nos movemos es muy individualista, muy egoísta y muy dado a la dispersión.
“No pido que los saques del mundo sino que los preserves del mal”. A lo largo de su predicación Jesús había dicho a sus apóstoles: “vosotros sois la luz del mundo, vosotros sois la sal de la tierra”. Con estas palabras les señalaba claramente su misión: tenían que aportar al mundo la luz de la verdad y la sal que da sabor y evita la corrupción de los alimentos. Les había dicho también que eran la levadura que hace fermentar toda la masa. Y que mientras viviesen en este mundo serían trigo que convive con la cizaña. Ahora bien, no se puede dar luz, ni ser sal, ni actuar como levadura ni convivir con la cizaña si estamos separados de los demás, formando un grupo aparte. Vida Ascendente lo sabe muy bien. Y tiene entre sus principales objetivos recordar a sus miembros que su lugar de vida no es un convento sino la familia, el pueblo, el barrio, la residencia en la que pasa los días, el lugar donde echa una partida o tiene una conversación amistosa con los amigos y amigas. Ahí tenéis que estar. Pero no apagados, no siendo sosos, no habiendo perdido la fuerza de la levadura, no convirtiéndoos en cizaña. Tenéis un campo propio de actuación que es maravilloso y en el que nadie puede entrar con la misma naturalidad y eficacia que vosotros: el de la trasmisión de la fe a vuestros nietos, a vuestros hijos y a vuestros parientes.
“Como tú me enviaste, así también los he enviado yo”. Jesucristo vino a este mundo para ser su Salvador. Pero no vino por cuenta propia, sino porque lo envió el Padre, que había planeado desde toda la eternidad salvar a los hombres con la Encarnación, Muerte y Resurrección de su Hijo. Él, a su vez, antes de subir al Cielo el día de la Ascensión, envió a los Apóstoles con este expreso mandato: “Haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Nosotros estamos aquí, porque ellos fueron obedientes y cumplieron el mandato de Jesús.
Pero cuando recibimos el Bautismo, Jesús nos dice también a nosotros las mismas palabras. Por eso, todos nosotros hemos de anunciar el Evangelio a quienes no lo conocen y que se bauticen los que no han recibido el Bautismo. Donde hay un cristiano, un bautizado, hay un apóstol. Nadie está excusado. Sobre todo hoy, cuando tantos se alejan de Dios y no quieren bautizar a sus hijos.
Vuestro Movimiento os lo recuerda constantemente y os ayuda a crecer en afán y responsabilidad apostólica. No os canséis ni penséis que estas cosas son para los jóvenes, no para los mayores. El Papa Francisco dice que los abuelos tienen hoy una importancia decisiva para la trasmisión de la fe a sus nietos y a los amigos de sus nietos. ¡¡Es verdad!!, porque los abuelos y las personas mayores como vosotros tiene experiencia de Dios, conoce y ama a Jesucristo y a la Virgen. Ese tesoro hay que pasarlo a las generaciones jóvenes, porque ellas son el futuro de la Iglesia y del mundo. Sentid la alegría y la ilusión de trasmitir -a vuestros nietos y a las demás personas que se cruzan en vuestro camino- la fe, la oración y el amor a los pobres. Os sentiréis renovados y vuestra fe se acrecentará, porque os pasará como al cazador que tiene un buen día: cuando vuelve a casa, viene cansado pero contento.
No quiero terminar sin animaros a que os sintáis especialmente agradecidos y contentos por la canonización de Juan Pablo II, pues fue él quien promulgó en 1996 el Decreto Pontificio de reconocimiento y aprobación de los Estatutos de “Vida Ascendente Internacional”. Pedidle que os conceda la gracia de vivir cada día mejor lo que os propone vuestro Movimiento y os recuerda con frecuencia el grupo al que pertenecéis: el arte de saber envejecer, el arte de seguir siendo útiles y el arte de servir.