Crisis y oportunidad

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 29 marzo 2020.

coronavirus

 

Escucha aquí el mensaje

 

Queridos hermanos:

 

Todos somos conscientes de que la experiencia de esta pandemia mundial que estamos viviendo nos sorprende con fuerza cada día y nos sobrepasa. Como ya os manifesté en su momento, la crisis sanitaria provocada por el coronavirus está cambiando algunos de nuestros hábitos, poniendo en cuestión diversos enfoques de nuestra manera de vivir personal y social y, me atrevo incluso a decir, algunas realidades y planteamientos de nuestra propia civilización. Sin duda que, para muchos, están siendo unos tiempos muy duros que no serán fáciles de olvidar y que marcarán nuestra época. Los cristianos tenemos que leer siempre la vida y la historia con los ojos de la fe, y en medio de todo ponemos nuestra absoluta confianza en el Señor, fuente de salvación y de esperanza. Pero no por ello la realidad nos es menos dolorosa. Y Dios se sirve precisamente de nosotros para que nos acompañemos y apoyemos en medio de la dificultad.

 

Quiero estar muy cerca, en estos momentos, de todos los afectados directamente por la enfermedad. En primer lugar, de todos los difuntos por los que elevo mi oración al Dios de la Vida. Junto a ellos, tengo presente a sus familias, que han vivido esta realidad dolorosa con las dificultades propias del momento. Quisiera también, aunque fuera virtualmente, poderme acercar a cada una de las camas de nuestros hospitales para acariciar con cariño las manos de los enfermos que, en muchas ocasiones, están viviendo esta situación en medio de una gran soledad, marcada por los protocolos. Pienso también en las familias que vivís con tanto drama esta situación. No quisiera olvidarme tampoco de las residencias de ancianos que viven estos días con mucha angustia.

 

Sin duda esta experiencia que estamos viviendo nos ayuda a comprender la profunda interrelación que tenemos entre todos. Al caer de la tarde, nuestra ciudad se convierte en un gran escenario donde se produce una enorme ovación que va dirigida a tantas personas que nos están ayudando a salir adelante. Un recuerdo agradecido y orante para nuestros profesionales sanitarios que están demostrando su profesionalidad y su profunda vocación de servicio y entrega, aun arriesgando su propia vida. Y junto a ellos, tantas y tantas personas, tantas y tantas profesiones que nos descubren la grandeza que significa estar vinculados unos a otros: las fuerzas de seguridad, los transportistas, los servicios sociales, las tiendas y farmacias, los responsables públicos… Sin olvidar a nuestros sacerdotes, que están alentando desde sus casas al pueblo encomendado.

 

Me gustaría también estar muy cerca de tantas personas que estáis viviendo esta situación con problemas sobrevenidos: pérdida temporal del puesto de trabajo, precariedad, problemas sociales, soledad, futuro económico incierto… A pesar de tantas muestras de solidaridad que se están produciendo por doquier, y que manifiestan la grandeza del ser humano, me llega vuestra preocupación y quisiera poder escuchar los gritos silenciosos que afloran de tantos hogares. Realmente, cuando superemos esta crisis sanitaria, nuestra sociedad tendrá que afrontar todo un reto que impida que la brecha social pueda abrirse todavía más. Un reto que supondrá un esfuerzo colectivo que solo se podrá afrontar si lo cimentamos desde la solidaridad.

 

Desde el punto de vista creyente, acudimos al Señor en la oración, pero la misma situación está interrogándonos. Se asemeja, desde mi punto de vista, a la situación que tuvo que atravesar el pueblo de Israel durante su destierro en Babilonia. Entonces, el pueblo vivió aquella realidad que suponía mantenerse en la fe desde la lejanía del Templo y de los ritos. También nosotros, en esta circunstancia donde se ha suspendido el culto público, estamos siendo invitados a purificar nuestra fe, a madurarla y a hacer realidad la grandeza de llamarnos «Iglesia doméstica». Como el pueblo de Israel, no podemos caer en la desesperanza o el desánimo: Dios sigue acompañándonos, no nos deja solos, Él camina con nosotros en medio de esta tempestad, Él nos invita a «no tener miedo». Es el momento de nuestra particular travesía por la Cruz que llegará a la Pascua. Por eso, es importante que lo podamos escuchar en lo escondido, orando en familia, leyendo y meditando su Palabra, profundizando en el silencio sonoro que fortalece nuestra fe. Dios nos está hablando, Dios nos está haciendo llamadas en medio de esta realidad compleja… ¿Las sabremos escuchar y acoger?

 

Deseo de corazón, y así se lo pido al Señor, que estas llamadas que estamos aprendiendo dejen huella en nosotros y se incorporen a nuestros nuevos estilos de vida que habremos de consolidar juntos: nuestra estructural fragilidad; la valoración de la familia; nuestra necesidad de renunciar a lo superfluo para descubrir lo esencial y verdadero; la necesidad de superar los egoísmos e individualismos; la belleza de estar vinculados necesitándonos unos de otros; la paz que produce el sentirnos siempre en las manos de Dios; la especial sensibilidad para captar la vida y lo que acontece… Seguro que cada uno de vosotros podrá incorporar más elementos a esta lista: lo dejo en vuestras manos. Porque toda crisis, también ésta, ha de ser una oportunidad personal y social para avanzar. No la perdamos.

 

Os reitero mi afecto y cercanía y os pongo a todos y cada uno bajo el amparo maternal de Santa María, Salud de los enfermos y Madre de misericordia.

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