Reflexiones ante el Día del Trabajo

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 3 de mayo de 2020.

dia mundial del trabajo

 

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El pasado viernes celebrábamos la Fiesta del 1º de Mayo, tan vinculada al mundo del trabajo, bajo el patronazgo de San José Obrero. Como todo lo que nos está ocurriendo en este tiempo particular e impensable que vivimos, ha sido una celebración muy diferente a la de otros años en sus manifestaciones externas. Pero ha estado igualmente cargada de sentido, con el deseo de justicia y dignidad humana en el trabajo, que siempre ha reivindicado. Precisamente la situación actual dura y difícil, que afecta entre otras a esta realidad, nos lleva a algunas reflexiones que hoy quiero compartir con vosotros.

 

La crisis sanitaria provocada por el coronavirus ha desembocado en una crisis económica, que todavía es muy difícil de percibir en sus dimensiones y en sus consecuencias para la vida real de muchas personas. Sabemos que son muchos los hogares afectados por medidas de tipo laboral que presagian un futuro poco halagüeño: procesos de regulación de empleo, destrucción de puestos de trabajo, supresión de actividades en la economía sumergida o en sectores marginalizados tan importantes para mucha de nuestra gente… Sabemos que sectores fundamentales de la economía se han visto cerrados y se vislumbran enormes dificultades para acometer el futuro más inmediato.

 

Y todo esto lo vivimos en medio de dos afirmaciones sobre las que el informe FOESSA, realizado por Cáritas, nos llamaba la atención hace unos meses, cuando nadie imaginaba lo que nos iba a sobrevenir: 1) la precarización en el empleo, que ha llevado a esa nueva realidad que hemos llamado «trabajadores pobres», y 2) la fatiga de la solidaridad, es decir, ese cansancio estructural de nuestra sociedad para seguir ayudando en un tiempo largo a las situaciones más precarias. En efecto, nos encontramos ante el drama de que las posibilidades de muchas familias, para ayudar y acompañar situaciones de fragilidad, hoy son más complicadas que hace unos años.

 

Sin embargo, paradójicamente, durante esta crisis sanitaria, se ha puesto de relieve la importancia para el conjunto de la sociedad de algunos empleos más precarizados. Es lo que sucede con las personas trabajadoras del hogar y todo el colectivo de las que trabajan en el ámbito de los cuidados (residencias, sanitarios, tercer sector…), o aquellas que realizan su actividad en el comercio o el transporte, o incluso los pequeños autónomos que mantienen su actividad con enorme esfuerzo. Para ellas y para tantas otras como ellas, vaya también hoy nuestro aplauso y agradecimiento. Si algo estamos aprendiendo de esta experiencia vital, tanto a nivel personal como colectivo, es que todos nos necesitamos. Como decía el Papa Francisco, en la bendición «Urbi et Orbi» del 27 de marzo, «en esta barca estamos todos», «todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente». Desde esta clave, tendremos que ir construyendo juntos el mañana que se nos avecina.

 

La celebración de este 1º de mayo, en medio de un obligado confinamiento, nos debe ayudar a redescubrir la importancia que tiene siempre la realidad del trabajo, tal y como nos recuerda constantemente la enseñanza social de la Iglesia que nos dice: que este no es un mero factor de producción, no es un mero elemento que posibilita costos o beneficios, que se trata siempre de una persona que es la que realiza y se realiza a través del trabajo. Precisamente, a través de él, se posibilita su propio desarrollo personal y contribuye al bien común transformando la realidad. «Persona» y «trabajo», dice también el Papa en otra ocasión, son dos palabras que pueden y deben estar unidas. «Olvidando a la persona el trabajo se deshumaniza y se vuelve contra sí mismo». Así, poner en el centro de la vida económica a las personas, nos ayuda a resituar la función que el dinero y el beneficio tienen únicamente como meros instrumentos y nunca como fines del sistema productivo.

 

Creo que es importante recordar esta afirmación central, ante esta crisis que nos debe ayudar a buscar otra manera de hacer las cosas. La Iglesia nos propone construir un modelo de desarrollo humano integral que posibilite la inclusión de todas y cada una de las personas que intervienen en la vida social y económica. Una tarea en la que, como afirmábamos hace poco los Obispos españoles, «vamos a necesitar más que nunca la colaboración estrecha entre el sector público y el privado, entre las instituciones civiles y religiosas», en favor de este gran proyecto común.

 

Concluyo con una llamada a la esperanza, fundada en la Resurrección del Señor y en su promesa: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Nos encomendamos también a San José, sencillo y humilde trabajador en Nazaret, que contribuyó con su vida, junto a María y a Jesús, a que se cumplieran los planes justos y amorosos de Dios.

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