La Iglesia en Burgos llora el fallecimiento del papa Francisco

por Natxo de Gamón,

La Iglesia en Burgos llora el fallecimiento del papa Francisco

 

En la mañana de este 21 de abril, Lunes de la Octava de Pascua, hemos conocido la noticia del fallecimiento del papa Francisco. La archidiócesis llora la muerte del Santo Padre y reza para que Dios le conceda el descanso eterno y brille para él la luz perpetua.

 

El arzobispo de Burgos, Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, se une al dolor de la Iglesia por la pérdida del Papa y, ante esta noticia, recuerda «las palabras del Señor en la cruz ‘todo está cumplido’ (Jn 19,30). Una vida cumplida: primero, en la llamada vocacional como jesuita, después como obispo y al final como sucesor de Pedro durante años muy fecundos. Él ha querido poner en el centro de la Iglesia a los preferidos de Dios, a aquellos que viven en las periferias existenciales», ha rememorado.

 

Por ello, invita a los fieles a orar por su eterno descanso y a recordarle en la Oración de los fieles durante las celebraciones eucarísticas, y pide que en todas las parroquias y comunidades se ofrezca la eucaristía por su eterno descanso. «Que el Señor le conceda el premio de todos sus desvelos. Nosotros honraremos su memoria y su recuerdo en favor de toda la humanidad y en el servicio impagable por la Iglesia», concluye.

 

La archidiócesis celebrará una misa funeral por su eterno descanso el próximo lunes, 28 de abril, a las 18:00h en el altar mayor de la catedral de Burgos.

 

 

«El Señor viene a abrir el sepulcro de nuestras vidas para que entre la luz»

por Natxo de Gamón,

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Fotografías de Rodrigo Mena Ruiz para la archidiócesis de Burgos

 

El arzobispo de Burgos, Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, ha presidido esta mañana en la catedral la solemne Misa Estacional del Domingo de Pascua. En su homilía, ha proclamado con alegría la victoria de Cristo sobre la muerte, al tiempo que ha subrayado que «el Señor ha vuelto a una vida nueva, a una vida plena» y que su resurrección «es una fiesta para toda la humanidad».

 

La celebración eucarística ha contado con la presencia del paso de Cristo Resucitado, que ha llegado en procesión desde la parroquia de la Sagrada Familia, y ha estado concelebrada por el arzobispo emérito de Burgos, Mons. Fidel Herráez Vegas, por el párroco de la Sagrada Familia, Donato Miguel Gómez Arce, y por dos canónigos del Cabildo Metropolitano. También han estado presentes el presidente de la Junta de Semana Santa de Burgos, Luis Manuel Isasi; el vicepresidente, Jaime Prado; y representantes de las hermandades y cofradías de la Semana Santa.

 

En los ritos iniciales, el arzobispo ha aspergido el agua bendecida durante la Vigilia Pascual, celebrada en la noche del Sábado Santo. Se ha celebrado la liturgia de la Palabra y, antes del Evangelio, se ha proclamado la Secuencia de Pascua.

 

«Resucita para nosotros»

En su homilía, Mons. Iceta ha recordado que Cristo no resucita para sí mismo, sino «para nosotros», ya que «si Él no toma nuestra carne, nuestra vida es incompleta, no puede llegar a su plenitud». En su reflexión sobre el Credo, ha aludido al momento en que se proclama que descendió a los infiernos, para explicar que este término representa la experiencia humana más profunda de soledad y oscuridad: «El infierno es la ausencia total de amor. Y si hay ausencia total de amor hay una infinita soledad».

 

Frente a esta situación, ha afirmado que «el Señor viene precisamente a sumergirse a los infiernos más profundos de la humanidad para abrir la puerta de la luz». Así, al contemplar el sepulcro vacío y la piedra removida, ha explicado que «en nuestra oscuridad y nuestros sepulcros y nuestros infiernos entra la luz, entra el aire, entra el Señor».

 

«El Señor viene a desatarnos»

Deteniéndose en el detalle de los lienzos y el sudario ordenados en el sepulcro, ha indicado que Cristo no solo ha salido de la tumba, sino que ha vencido las ataduras de la muerte: «El Señor viene a desatarnos de nuestras esclavitudes, de lo que nos oprime». Esta victoria de Cristo, ha dicho, permite transformar nuestra existencia: «El sepulcro quedó iluminado y quedó abrazado por la esperanza y quedó transformado por la vida».

 

Aludiendo al relato evangélico, ha destacado el papel de María Magdalena, que fue a buscar al Señor con amor y acabó anunciando su resurrección a Pedro y a Juan. En este gesto ha reconocido una invitación para toda la Iglesia: «Entrar en el misterio, ver y creer».

 

«Bienaventurados los que sin ver creerán»

Al narrar cómo Pedro y Juan entraron en el sepulcro vacío, el arzobispo ha citado los tres verbos clave del Evangelio: «Entró, vio y creyó». Ha insistido en que la Resurrección es un misterio de fe que se acoge en el corazón: «Señor, yo creo». Y ha recordado las palabras que Jesús dirige a Tomás: «Bienaventurados los que sin ver creerán».

 

Ese testimonio, ha afirmado, es el que ha sido transmitido a lo largo de los siglos hasta llegar a cada cristiano: «Creerán por el testimonio de la Resurrección. Y esos somos nosotros».

 

«El Señor nos ha librado del miedo»

Mons. Iceta ha explicado que Cristo no solo nos ha liberado de la muerte, sino también del temor que la acompaña: «¿Tenemos miedo al fracaso? ¿Tenemos miedo a la soledad? ¿Vivimos con desconfianza viendo lo que nos rodea? Tantos miedos que son semillas de muerte». Frente a ellos, ha anunciado con firmeza: «El Señor nos dice: no tengas miedo, yo estoy contigo. Yo te sostengo».

 

La presencia del Señor Resucitado, ha dicho, llena la vida del creyente de esperanza y fortaleza: «Te he unido a ti, a mí para siempre. Para que vivas con mi vida».

 

«Llevamos la luz de Cristo»

Al concluir, ha recordado el signo de la luz en la Vigilia Pascual, donde cada fiel porta una vela encendida en el cirio pascual: «Para que llevemos la luz, no nuestra luz, la luz de Cristo. Para que la portemos a tantos lugares donde hay infierno y donde hay muerte».

 

Esa luz, ha afirmado, debe alcanzar a las personas angustiadas, desorientadas o sin esperanza. Por ello, ha proclamado que esta fiesta «no sólo es para la Santa Iglesia, es una fiesta para toda la humanidad», ya que Cristo «se ofrece a toda la humanidad para llevarla a su plenitud, para sanar todos los corazones heridos, para curar toda discordia y todo desamor».

 

Como colofón, ha invocado la intercesión de la Virgen María, «que siempre esperó y que siempre confió», para que acompañe al pueblo de Dios con su paz y su esperanza en este Tiempo Pascual.

 

Bendición apostólica

La celebración eucarística ha concluido con el arzobispo impartiendo la bendición apostólica –con indulgencia plenaria siguiendo las condiciones de confesión sacramental, comunión eucarística y oración por el Sumo Pontífice– y con el canto del Regina Cœli, antes de acudir a la plaza del Rey San Fernando, donde se ha celebrado la procesión del Anuncio Pascual, con el encuentro del paso de Cristo Resucitado y el de la Virgen de la Alegría, proveniente de la parroquia de San Nicolás de Bari.

«Resucitados en la nueva Creación»

por Natxo de Gamón,

Cristo resucitado anuncio pascual burgos

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy es el día en que actuó el Señor, hoy la Tierra vuelve a conmoverse sumida en un inmenso gozo. Alegrémonos, derribemos los muros del miedo y la incertidumbre que nos afligen y rompamos con lo que nos esclaviza y angustia porque Jesús ha resucitado y la muerte ha sido vencida.

 

«Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe» (1 Cor 15, 14), recuerda san Pablo en su carta a los Corintios, para recordarnos que Dios nunca abandona la obra de sus manos y para tatuar en nuestro corazón un cántico nuevo.

 

Con este anuncio, vuelven a resonar en nuestro interior aquellas palabras que el Señor dijo a sus discípulos: ¡No tengáis miedo! (cf. Mt 10, 26-33). Porque este es el trascendental mensaje de amor y esperanza que inunda todo el tiempo de Pascua. Y, por tanto, no hay razones para la tristeza, ni para el desánimo, ni para la angustia; no cabe el fracaso en nosotros, porque Cristo ha roto las ataduras del desamor y vive en medio de nosotros para dar sentido a nuestra vida.

 

Son tan grandes su entrega, su misericordia y su amor que nos ha dado vida en Él cuando todavía estábamos muertos a causa de nuestros pecados para que, por la inmensa bondad de Dios, recibamos la salvación que hoy nos cambia la mirada; y nos sienta con Él, a su lado, en el Cielo (cf. Ef 2, 4-6).

 

La vida adquiere una realidad distinta desde el momento en que Jesús aparece resucitado a María Magdalena, o cuando Pedro y Juan encuentran vacío el sepulcro, o en esa madrugada en que las santas mujeres van a embalsamar el cuerpo del Señor y ven que la losa está corrida y no está allí, porque ha resucitado.

 

Días después, sentados a la mesa, con la fracción del Pan comienza una nueva vida, porque el corazón de sus discípulos se llena de una inmensa alegría que han de comunicar a todos los pueblos y naciones. Y esta es la gran noticia que transforma el curso de la historia y que hemos de anunciar al mundo: si Jesús ha resucitado, también nosotros resucitaremos con Él.

 

Esta Pascua supone el comienzo de un nuevo camino, de un nuevo horizonte, de un nuevo sentir. Su victoria es también nuestra victoria, porque «si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre Él» (Rom 6, 8-9). Con esta alegría pascual, pasamos de la muerte a la vida en Cristo, de la desilusión a la esperanza, del abandono a un encuentro que perdura eternamente.

 

Incorporados a la nueva Creación, aspiremos a los bienes del Cielo y vivamos como renacidos a la vida de la gracia; ahuyentemos los pecados, lavemos las culpas, devolvamos la inocencia a los caídos y la alegría a los tristes, tal y como proclamamos en el Pregón Pascual.

 

La esperanza de la Resurrección nos apremia a encarnar en nosotros la vida de Jesús: mirando con su modo de mirar, hablando con sus palabras, cuidando con su cuidado, sintiendo con sus sentimientos y viviendo con su vida, entregada por amor en la Cruz. Libres no sólo ya de la muerte eterna, sino también del temor a la muerte, habiendo sido hechos hijos de Dios en Jesús y testigos de su Resurrección (cf. Hech 1, 22), contemos al mundo que la filiación divina es el fundamento de nuestra inmensa alegría.

 

Hoy, con María, Aquella que no dejó de acompañar con amor infinito a su Hijo durante la Pasión y lo recibió resucitado con inmensa alegría, tenemos razones para la esperanza y hacer nuestra la invitación de san Pablo: «Estad siempre alegres; os lo repito, estad siempre alegres en el Señor» (Flp 4, 4).

 

¡Feliz Pascua de Resurrección!

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«El Señor abrirá el mar Rojo para ti»

por Natxo de Gamón,

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Fotografías de Rodrigo Mena Ruiz para la archidiócesis de Burgos

 

El arzobispo de Burgos, Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, ha presidido esta noche la solemne Vigilia Pascual en el altar mayor de la Catedral, concelebrada por gran parte del Cabildo Metropolitano de Burgos, encabezado por su deán-presidente, Félix José Castro Lara.

 

La celebración de este día, tan diferente del resto de las que se realizan a lo largo del año, está dividida en cuatro liturgias: la de la Luz, la de la Palabra, la Bautismal y la Eucarística. Por ello, la solemne Vigilia Pascual ha comenzado con la bendición del fuego a los pies de la Escalera Dorada. Desde allí, la Luz ha ido llegando a los fieles congregados en la nave central, que han tomado el fuego del Cirio Pascual recién encendido.

 

Con el canto del Pregón Pascual, a cargo del canónigo José Inocencio Fernández Pérez, ha concluido la primera de las liturgias de la Vigilia Pascual, dando paso a la proclamación de la Palabra de Dios, a través de las lecturas del Antiguo Testamento, en primer lugar. Concluidas éstas, se ha cantado el Gloria –por primera vez desde el Miércoles de Ceniza, a excepción del Jueves Santo– y, a la vez que sonaban las campanas, se ha encendido el resto de la iluminación del templo, así como las velas del altar. Tras ello, se ha leído la lectura de la Carta de san Pablo a los Romanos y se ha proclamado el Evangelio que narra la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Durante la homilía de la Vigilia Pascual, Mons. Iceta ha afirmado que la Resurrección de Jesucristo «tiene todo que ver con cada uno de nosotros» y ha articulado su reflexión en torno a cuatro elementos inspirados en las lecturas proclamadas.

 

En primer lugar, se ha referido al relato de la creación, afirmando que «el Señor nos ha creado con sed». Ha recordado la lectura del profeta Isaías en la que se invita a los sedientos a acudir al agua y ha citado a San Rafael Arnaiz, monje trapense burgalés, como autor del libro titulado El deseo de Dios. «La sed es deseo infinito, deseo de Dios», ha asegurado. Incluso ha mencionado al filósofo existencialista Jean-Paul Sartre, quien reconocía que el ser humano tiene un deseo de infinito que no puede saciar: «Quizás podemos responder a este gran filósofo: es que tú no lo puedes saciar, otro te dará de beber».

 

Mons. Iceta ha subrayado que el diseño de amor de Dios no se puede completar sin Jesucristo, porque «el Padre ha creado el universo y nos ha creado a nosotros mirando al Hijo, ¿para qué? Para hacernos hijos».

 

Una confianza como la de Abraham

En segundo lugar, el arzobispo ha destacado el ejemplo de fe de Abraham, recordando la escena del sacrificio de Isaac: «Le pide Dios a Abraham una prueba, que le ofrezca a su hijo (…), pero no porque se lo vaya a quitar, sino para poner a prueba su amor». Ha lamentado que, en ocasiones, los cristianos no tengamos esa misma confianza en Dios cuando Él nos pide pequeñas cosas: «Somos tan celosos de guardarlas para nosotros». La Resurrección, ha dicho, es también «un misterio de fe», como lo demuestra la reacción de desconcierto de las mujeres y los discípulos ante el anuncio de que Cristo había resucitado.

 

«El Señor abrirá el mar Rojo para ti»

A continuación, ha evocado el pasaje del Éxodo en el que el pueblo hebreo, perseguido por el ejército del faraón, se encuentra ante el mar Rojo sin escapatoria. «Jamás hubieran pensado que el Señor abriría el mar Rojo», ha afirmado. Del mismo modo, ha asegurado que Dios abre caminos en medio de las pruebas más duras: «El Señor abrirá el mar Rojo para ti (…), no el camino que tú quieras, el que Él dispone». Ha enumerado algunas de esas situaciones de angustia —enfermedad, ruina económica, ruptura familiar— en las que el Señor también actúa: «Hace falta que confiemos en Él».

 

Mons. Iceta ha vinculado esta imagen con la del sepulcro vacío: «Corre la piedra de mi corazón (…), que dentro hay muerte», ha dicho, pidiendo que el Resucitado irrumpa en la vida de cada fiel con su luz y su Espíritu.

 

Unidos a Cristo por el bautismo

Finalmente, ha recordado que, por el bautismo, los cristianos están unidos a la muerte y resurrección de Cristo. «Tenemos que atravesar la muerte y la pasión (…), pero también resucitaremos con Él», ha afirmado. Ha citado la oración de Jesús en la Última Cena, cuando promete a sus discípulos que los llevará consigo, y la imagen de la vid y los sarmientos: «Tenéis que estar unidos a mí como a la vid y al sarmiento, si no está unido está muerto».

 

Para concluir, ha pedido al Señor el don de la fe y la acción de su gracia: «Corre la piedra de mi corazón, para que vuelva a latir con sangre nueva (…), abre el mar Rojo para mí (…) y que siempre esté unido a ti». Ha invocado también el papel del Espíritu Santo, representado en el fuego nuevo y la luz pascual, y ha suplicado que el mundo, creado por Dios pero dañado por la violencia, sea restaurado «por tu amor y por tu misericordia». «Así lo pedimos esta noche santa, por intercesión de la Virgen María», ha concluido.

 

Concluida la liturgia de la Palabra, ha llegado el momento de la bendición del agua y, tras renovar las promesas bautismales, el arzobispo ha aspergido el agua bendita sobre los fieles, antes de dar comienzo a la liturgia Eucarística, en la que se han vuelto a consagrar el pan y el vino, transubstanciándose en el Cuerpo y la Sangre de Cristo por primera vez desde el Jueves Santo.

 

La celebración de la solemne Vigilia Pascual ha concluido con el rezo del Regina Cœli. Para concluir, la Cofradía de las 7 Palabras y del Santísimo Cristo de Burgos ha invitado a todos los fieles que han participado en la celebración a un chocolate caliente con bizcochos.

La ciudad enmudece ante el paso del Cristo Yacente

por Natxo de Gamón,

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Fotografías de Rodrigo Mena Ruiz para la archidiócesis de Burgos.

 

Una hora después de lo previsto con el objetivo de sortear la lluvia prevista para la última hora de la tarde y con un recorrido nuevo. Así ha sido este año el desfile procesional del Santo Entierro, el más multitudinario de la ciudad. No en vano, congrega a 17 pasos y a las cruces-farolas de las Siete Palabras. El silencio reinante ha impresionado a los miles de burgaleses que con fervor se han acercado para ver la comitiva, pero también a los miles de turistas que estos días pasean por la ciudad.

 

La noche ha comenzado hacia las 20:30h, con el traslado del Cristo Yacente portado a hombros por miembros de la Hermandad del Santo Sepulcro, desde la capilla del Corpus Christi de la Catedral, situada en el claustro alto del templo, hasta el trascoro de la Catedral.

 

El Cristo ha sido introducido la urna del Santo Sepulcro en la fachada de Santa María, momento en el que el resto de hermandades y cofradías se han unido para comenzar la procesión del Santo Entierro.

 

Acompañada por el arzobispo, Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, la salida de esta procesión general se ha producido pasadas las nueve de la noche desde la fachada de Santa María de la Catedral. Desde allí, a través de la calle de Santa Águeda y de la de Nuño Rasura, han alcanzado la plaza del Rey San Fernando, saliendo por el arco de Santa María y dirigiéndose, por el paseo de la Audiencia, hasta la plaza de Castilla.

 

Desde allí, han subido por la calle de Barrantes, girando en Eduardo Martínez del Campo y concluyendo el recorrido oficial en la calle de la Asunción de Nuestra Señora, desde donde cada cofradía se ha dirigido a su respectivo templo. Un recorrido nuevo y más dinámico que ha permitido contemplar bellas panorámicas, combinando la amplitud de espacios con las pequeñas calles con encanto del casco viejo.