Un techo para la esperanza: Marta, Alan y el calor de una casa… lejos de casa

Tres pisos de las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno Franciscanas permiten descansar a los padres que tienen a sus bebés ingresados en la uci pediátrica del hospital
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Marta sostiene un peluche del pequeño Alan, ingresado en la uci pediátrica del hospital.

 

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En el silencio de una UCI pediátrica, donde cada pitido y cada respiración cuentan, Marta espera. Hace apenas unos días dio a luz a Alan, su primer hijo. El nacimiento, que debía ser un momento de alegría, se convirtió en una carrera contrarreloj por la vida. Sin diagnóstico claro, y con un traslado urgente desde Logroño a la UCI pediátrica del Hospital Universitario de Burgos, Marta y su pareja se encontraron solos, lejos de casa y con el corazón encogido.

 

«Nadie te prepara para esto», relata ella. «Que nada más nacer te separen de tu bebé y lo veas rodeado de cables y tubos… Es durísimo». Afortunadamente, en medio de la incertidumbre, llegó una luz: un pequeño apartamento a escasos pasos del hospital, gestionado por la Pastoral de la Salud y las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno Franciscanas.

 

Gracias a este programa solidario, iniciado en diciembre, ya son 28 las familias que han encontrado no solo un lugar donde dormir, sino un refugio emocional. «Está muy cerca del hospital, y eso nos permite estar con Alan casi todo el día. Puedo cocinar, descansar, recuperarme del parto… sentirme, por momentos, en casa», explica Marta con gratitud.

 

La iniciativa cuenta con el respaldo de la capellanía del hospital, trabajadoras sociales y voluntarios. En cuanto un bebé es ingresado y se detecta la necesidad, se activa un engranaje humano que pone todo en marcha. «Les explico con naturalidad que es un proyecto de la Iglesia, les aseguro mi oración y les deseo lo mejor», comenta Pablo Bartolomé, uno de los capellanes del HUBU y coordinador del proyecto. La fe aquí no se impone, se ofrece en forma de cercanía, respeto y apoyo. Además, son numerosos los voluntarios que colaboran en adecentar los tres apartamentos con que cuenta la iniciativa. También se ha habilitado un número de Bizum (el 38392) donde la gente puede colaborar económicamente de una forma cómoda y sencilla.

 

Los papás de Alan saben que el camino aún no ha terminado. No hay diagnóstico definitivo y, probablemente, vendrán más retos. Pero entre tanto, en ese pequeño apartamento del barrio G3, han encontrado un lugar donde respirar, llorar, reponerse y, sobre todo, esperar. Porque a veces, el gesto más simple —un techo, una cama, una cocina— puede sostener un mundo frágil, pero con la vida como reto.

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