El cuarto rey mago acerca la Navidad a los migrantes en Burgos

por Natxo de Gamón,

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La Delegación de Pastoral para las Migraciones y la Movilidad Humana de la archidiócesis de Burgos ha celebrado este sábado, 20 de diciembre, previo a la Navidad su tradicional encuentro navideño, organizado por el Equipo de Pastoral con Latinoamericanos. La celebración ha tenido lugar en la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, en Gamonal, y ha reunido a personas de distintas procedencias en torno a la misa, la convivencia y la expresión cultural compartida.

 

La misa ha sido presidida por José María Rodríguez Redondo, misionero burgalés que desarrolla su labor pastoral en Tailandia, y se ha vivido en un clima de cercanía y alegría, marcado por el carácter intercultural de la comunidad convocada. La celebración ha querido poner en el centro el sentido profundo de la Navidad como encuentro con Cristo en medio de la realidad cotidiana y, de manera especial, en las personas más vulnerables.

 

Uno de los momentos más significativos ha sido la representación de un breve teatrillo navideño en el que ha aparecido la figura del cuarto rey mago, llegado de Oriente siguiendo la estrella. La narración ha presentado a este rey que ha perdido la estela de sus compañeros y ha llegado tarde a Belén, pero que, en su camino, se ha encontrado con Jesús en las personas que solicitaban su ayuda, subrayando así el mensaje cristiano de reconocer al Señor en el prójimo.

 

Tras la celebración eucarística y la representación, el encuentro ha continuado en un ambiente festivo con la actuación del coro de Atalaya Intercultural, que ha interpretado varias canciones y villancicos, aportando un tono de celebración compartida y diversidad cultural. La jornada ha concluido con un momento de convivencia en el que los participantes han podido degustar chocolate caliente acompañado de panetone, favoreciendo el diálogo y el encuentro fraterno.

 

Esta celebración navideña ha vuelto a ser una expresión visible de la riqueza intercultural de la Iglesia en Burgos y del compromiso pastoral con las personas migrantes, en una fecha especialmente significativa para reforzar los lazos de comunidad y esperanza.

Fallece el sacerdote diocesano Carlos García de las Heras

por Natxo de Gamón,

 

Este domingo, 21 de diciembre, ha fallecido el sacerdote diocesano Carlos García de las Heras a los 91 años de edad y tras 67 como presbítero. Era natural de La Horra y residente de la Casa Sacerdotal.

 

Tras concluir sus estudios en el Seminario Diocesano de Burgos, Carlos García de las Heras fue ordenado sacerdote en septiembre de 1958 en Burgos, momento en el que se incorporó al presbiterio de la archidiócesis.

 

Su primer encargo pastoral fue como párroco de San Pedro del Monte en Rioja y de Viloria de Rioja. En 1961, es trasladado a Burgos para ser salmista. En 1980, adquiere la condición de canónigo beneficiado salmista y, en 1990, la de canónigo salmista. Cesó de esta canonjía, pasando a ser canónigo salmista emérito, en 2010.

 

La misa de exequias por el eterno descanso del alma de Carlos García de las Heras se celebrará este, lunes, 22 de diciembre, a las 11:00h en la capilla de Santa Tecla de la catedral de Santa María la Mayor de Burgos, donde fue miembro de su Cabildo durante durante 45 años. Después, sus restos mortales recibirán cristiana sepultura en La Horra, su pueblo natal.

 

La comunidad diocesana, con el arzobispo, Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, a la cabeza, lloran su pérdida y piden oraciones para que Dios lo colme con el don de la vida eterna. Descanse en paz.

«En el Niño Dios volvemos a ser hijos y hermanos»

por Natxo de Gamón,

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

¡Feliz y Santa Navidad! Os expreso este deseo desde lo más profundo de mi corazón, no como un gesto amable y formal que repetimos cada año, sino como una proclamación especial de entrega, esperanza y fe.

 

Decir Navidad es volver a casa, es saberse una vez más en los brazos de Aquel que rompe las ataduras del mundo para enseñarnos que la pobreza se convierte en riqueza cuando brota del amor –y viceversa.

 

Decir Navidad es confesar que Dios no ha permanecido oculto ni al margen de la historia, sino que ha entrado en ella hasta el fondo, hasta transformarla por completo y cambiar, para siempre, nuestra fragilidad en fortaleza, nuestro llanto en alegría, nuestra nostalgia en gozo.

 

Decir Navidad es reconocer que el Infinito ama los límites, que el Viviente sigue aceptando el pesebre como morada y que el Creador ha asumido la carne para ser eternamente humano. Desde aquella noche en Belén, la historia ha quedado definitivamente tocada por Dios.

 

La Navidad no es un recuerdo piadoso, ni una escena entrañable detenida en algún rincón del pasado; es un misterio que se hace presente ahora, un paso hacia un lugar que nos sobrepasa, un abrazo definitivo con el Verbo encarnado (cf. Jn 1, 14). Él asumió nuestra propia carne, con todo lo que eso significa (fragilidad, soledad, cansancio, lágrimas, muerte) para redimirla desde lo profundo, en una entrega heroica, solamente por amor.

 

Con el nacimiento del Salvador, se revela –a corazón abierto– la plenitud de nuestra fe: Encarnación y Redención son inseparables. Porque Dios no se hace hombre únicamente para acompañarnos, sino para salvarnos y transformarnos para siempre. «Lo que no es asumido no es redimido», decía san Ireneo de Lyon; y, en el Niño de Belén, Dios asume la condición humana para sanarla y devolverle su dignidad.

 

En el establo ya está presente la Cruz, una Cruz iluminada por la Pascua. Las telas con las que fue cubierto Jesús son profecía del sudario, la madera del pesebre anticipa el Madero del Calvario, el «sí» de María predice su último beso tras la Pasión antes de que su Hijo amado vuelva a los brazos del Padre.

 

En María, la humanidad responde a Dios con confianza, porque ofrece su carne para que Dios se haga carne: Ella ofrece su vida para que Dios asuma la nuestra. En José, la redención avanza a través de la fidelidad escondida, de las decisiones humildes, del amor que no busca ningún protagonismo. Por eso, entre el «sí» de María y la fidelidad de José, Dios establece un puente y encuentra su hogar. Y, al encontrarlo, convierte la historia humana en lugar de salvación. Y en el centro de este misterio nace Jesús, el Hijo eterno del Padre. Con su nacimiento, Dios se deja tocar, comprender y amar; y por medio de Él, el ser humano se descubre infinitamente valioso, cuidado y amado.

 

En Belén comienza la entrega total del Hijo al Padre, pues «siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8, 9), como escribe san Pablo. Así, Belén ya no es sólo un horizonte más en el mapa: es el signo de que Dios puede nacer allí donde todo parece pequeño y pobre.

 

Y esta es la gran esperanza de la Navidad, que Dios continúa encarnándose en las vidas de los hombres y las mujeres de hoy, y sigue redimiendo lo que parecía roto, arruinado o perdido. El Señor no exige respuestas, sólo pide confianza. Que esta Navidad nos devuelva el asombro, la alegría y la esperanza, y escriba en el corazón el mayor deseo del Padre: Dios se ha hecho Niño para que volvamos a ser hijos y hermanos.

 

Con gran afecto, os deseo una Feliz y Santa Navidad y pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

 

El ministerio diaconal, «servicio callado, constante y alegre»

por Natxo de Gamón,

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Desde este sábado, 20 de diciembre, la Iglesia en Burgos cuenta con dos ministros más. Rodrigo Camarero Abad y Abner Muñoz Ruiz han entrado a formar parte del orden de los diáconos, tras su ordenación de manos de Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, arzobispo de Burgos, en el altar mayor de la catedral de Santa María la Mayor. Una solemne ceremonia eucarística de ordenación diaconal en la que el arzobispo ha invitado a estos dos jóvenes a confiar en Dios en medio de la duda, a servir al plan de salvación y a ejercer el ministerio diaconal como un servicio humilde y esperanzado al Señor y a los hombres.

 

Ante gran parte del presbiterio burgalés, de Mons. Ramón del Hoyo López, obispo emérito de Jaén; y de sus familiares y seres queridos, estos dos jóvenes han dado un paso adelante en su camino al sacerdocio. Rodrigo, del Seminario de San José, y Abner, del Redemptoris Mater Santa María la Mayor, han recibido la imposición de manos del arzobispo, tras prometerle obediencia y respeto a él y a sus sucesores, y la plegaria de ordenación diaconal. También se les ha hecho entrega de las vestiduras propias del diácono: la estola, cruzada sobre el hombro izquierdo, y la dalmática y, revestidos con ellas, han recibido el Evangelio, que desde ahora podrán proclamar en la liturgia.

 

«Ayudar a Dios a entrar en el mundo»

Todo ello se ha producido tras la homilía, en la que Mons. Iceta, partiendo de la primera lectura del profeta Isaías, ha invitado a los nuevos diáconos y a toda la asamblea a «aprender a confiar en la perplejidad y la duda», evocando el encuentro entre el profeta y el rey Ajaz. Ha recordado que el monarca se encontraba paralizado ante la presión de alianzas enfrentadas y que Dios le pidió no apoyarse en estrategias humanas, sino permanecer fiel a la alianza. «Ni con unos ni con otros, con el Señor», ha subrayado, advirtiendo con las palabras de la Escritura: «Si no creéis, no subsistiréis».

 

El prelado ha destacado que la iniciativa es siempre de Dios, que ofrece una señal incluso cuando el ser humano duda. En ese contexto ha recordado el anuncio del Emmanuel, «Dios con nosotros», signo de una salvación que no se impone con fuerza, sino que se manifiesta en la pequeñez de un niño. Ha vinculado esta lógica divina con el propio gesto sacramental de la ordenación, «un gesto tan pequeño» como la imposición de las manos, que introduce a los ordenandos en un servicio «callado, constante y alegre».

 

Al hilo del salmo responsorial, el arzobispo ha señalado que la misión del ministro ordenado consiste en «ayudar a Dios a entrar en el mundo» y en acompañar a los hombres para que puedan «subir al monte del Señor». Ha precisado que el Reino de Dios no es una categoría política ni ideológica, sino una realidad personal, porque «Cristo es el Reino», y ha afirmado que el diaconado se sitúa al servicio de ese Reino que se implanta a través del amor y el servicio.

 

El diaconado es un ministerio llamado a «sembrar esperanza»

En ese marco, ha recordado que Dios dirige la historia, pero cuenta con la colaboración humana. El ministerio del diácono, ha explicado, es ponerse al servicio del Señor y, con Él, al servicio de una humanidad herida y desorientada. Ese servicio se concreta, ha señalado, en los tres ámbitos propios del diaconado: la Palabra, el altar y la caridad.

 

Como servidores de la Palabra, los diáconos han sido exhortados a dejarse envolver por el Evangelio para hacerlo vida y anunciarlo con coherencia. Como servidores del altar, han sido llamados a distribuir «con generosidad el pan de vida», el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados sin medida. Y como servidores de la caridad, se les ha recordado que solo quien se deja lavar primero por el Señor puede servir auténticamente a los demás, desde la humildad y la mansedumbre.

 

En referencia al año jubilar Peregrinos de Esperanza que está a punto de concluir, el arzobispo ha insistido en que el diaconado es un ministerio llamado a «sembrar esperanza», vivido con alegría y constancia. En ese contexto, ha citado al papa Francisco para subrayar que evangelizar es «hablar de Cristo, con el testimonio o la palabra, de tal manera que los demás no tengan que hacer un gran esfuerzo para quererlo», y ha animado a no tener «vergüenza de reconocer la amistad con Él».

 

La homilía ha concluido recordando que el servicio a los demás no aleja de Cristo, sino que permite encontrarlo «de otra manera», porque «es su amor el que se manifiesta a través de nuestro servicio». Encomendando el ministerio de los nuevos diáconos a la Virgen María, el arzobispo ha pedido que ella los acompañe en los momentos de fragilidad, recordándoles siempre: «¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?».

 

«Sin ellos, no habríamos respondido nunca ni habríamos perseverado»

Tras la ordenación diaconal, Rodrigo y Abner han comenzado a ejercer su ministerio participando en el servicio del altar: preparándolo, entregándole la patena y el cáliz al arzobispo, incensando y sosteniendo el cáliz en la doxología. Además, también han distribuido la sagrada comunión a los fieles y han despedido al pueblo con el saludo «podéis ir en paz».

 

Antes de concluir la celebración, los nuevos diáconos han dirigido unas palabras de agradecimiento a sus familias, a los sacerdotes que los han acompañado en este camino vocacional y también a las personas que han rezado por ellos y por sus vocaciones. «Sin ellos, no habríamos respondido nunca ni habríamos perseverado», ha dicho Rodrigo en nombre de los dos.

 

Con esta ordenación diaconal, la Iglesia en Burgos ha incorporado a dos nuevos ministros ordenados al servicio del Evangelio, llamados a ejercer su ministerio como servidores de la alegría, de la esperanza y del amor de Cristo en medio del mundo.

Dos seminaristas de Burgos, a las puertas del diaconado: «La meta no es otra que ser santo»

por Natxo de Gamón,

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La catedral de Burgos acoge hoy sábado uno de los actos diocesanos más importantes de los próximos días con la ordenación de dos nuevos diáconos. Los seminaristas Rodrigo Camarero , del Seminario de San José, y Abner Muñoz , del Seminario Redemptoris Mater Santa María la Mayor recibirán el primer paso en el sacramento del orden de manos del arzobispo, Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, en una solemne y emotiva liturgia que comenzará a las 11 de la mañana.

 

Servicio en el altar y a los más necesitados

Como diácono, explican, su labor es ser «un ministro ordenado de la iglesia que se dedica especialmente a servir al altar y a servir a la caridad». Este servicio se concreta, por un lado, en la liturgia, siendo los encargados de predicar y leer el Evangelio, y por otro, en una dedicación especial «a la caridad, en el sentido de acompañar a los más necesitados a nivel material y a nivel espiritual».

 

A partir de su ordenación, podrán dar la comunión a los fieles, llevarla a los enfermos, acompañar grupos de formación bíblica o catequesis y desarrollar un servicio social. Se trata de un camino que, previsiblemente, les llevará un día no muy lejano a ser sacerdotes.

 

El origen de una vocación

El descubrimiento de la llamada de Dios ha sido diferente para cada uno. Rodrigo Camarero relata que en su caso surgió en el servicio del altar como monaguillo, al ver el ejemplo de su párroco: «Viéndole a él y y ayudándole en el altar, como dije, pues, yo quiero ser como él». Aunque con los años hubo dudas y un proceso de clarificación, ese fue el germen de su vocación.

 

Para Abner Muñoz, el camino fue distinto. Por un lado, percibió la «mucha necesidad de presbíteros» en su comunidad del Camino Neocatecumenal. Por otro, la llamada llegó en un momento de crisis personal. «Yo estaba en un en un sinsentido a la vida, no tenía mucha fe», confiesa. Fue en ese contexto donde el Señor le preparó para un encuentro con Jesucristo y para disponerse a la misión.

 

Ambos destacan el papel fundamental del seminario en su discernimiento. Rodrigo subraya «el acompañamiento por parte de formadores, un sacerdote que te acompaña espiritualmente» y la propia vida comunitaria. Abner agradece a formadores, catequistas y su familia, y reconoce cómo «en la medida en que yo he abierto las mis heridas a la iglesia, en esta medida, pues el señor me ha ido curando, me ha ido ayudando, formándome».

 

Un don inmenso ante la propia fragilidad

Ante la inminencia de su ordenación, Rodrigo confiesa su vértigo y su meta: «Mi sueño, mi meta es ser santo, es ser un sacerdote santo». Reconoce sentirse un «instrumento superpobre», pero confía plenamente en la gracia de Dios. «La meta es, no es otra que ser santo», afirma con rotundidad.

 

Abner comparte esa visión, describiendo el diaconado como «un don inmenso» que les «queda muy grande», pero que a la vez es «un misterio». Destaca que Dios «se vale de de nosotros para poder llevar a cabo su obra, que es ser instrumento de salvación para el mundo», una misión para la que confía en que el Señor les dará la gracia necesaria.

 

A un joven que pueda estar planteándose la vocación, Rodrigo le lanza un mensaje claro: «Que no se conforme con poco». Le anima a buscar a Dios, que «al final es lo que lo que nos llena», y a dejarse guiar por sacerdotes en ese camino para alcanzar la felicidad plena.