«Donde habita la paz, habita Dios»

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Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
El día 1 celebramos la 59ª Jornada Mundial de la Paz, momento en el que la Iglesia vuelve a manifestar un anuncio nacido del corazón del Resucitado: «La paz esté con vosotros» (Jn 20, 19). Estas palabras marcan el camino que nosotros hemos de recorrer, pues reclaman nuestra propia carne y el principio y fin de nuestras decisiones.
«La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”», recuerda el papa León XIV en su mensaje para esta jornada, que lleva por título La paz esté con vosotros: hacia una paz “desarmada y desarmante”. Estas palabras nos sitúan ante un misterio que roza los límites de nuestro entendimiento: la paz no se impone, se testimonia. Así, la paz de Jesús «es desarmada», porque así «fue su lucha», dentro de unas circunstancias históricas, políticas y sociales concretas; y los cristianos, reconoce el Papa, debemos hacernos proféticamente «testigos de esta novedad».
Desde este horizonte en el que nos introduce el Señor, ponemos nuestro existir en el Buen Pastor, que venció a la tristeza, abatió de su trono a la muerte y derribó el muro que separaba a los hombres (cf. Ef 2, 14) para hacernos eternamente uno en Él. Por eso, el papa León nos impulsa a ser testigos y a entablar una amistad indisoluble con la paz. Si conseguimos afianzar esta alianza entre nuestro aspirar y nuestro hacer, cuando este anhelo brote de una amistad con el Señor, este vínculo nos comprometerá durante toda la vida.
San Agustín ya intuía esta verdad cuando afirmaba que «la paz es la tranquilidad del orden», el descanso del corazón cuando encuentra su lugar en Dios. ¿Cómo va a darse la paz en la sociedad y en el mundo si antes no se da en lo profundo de cada persona que los conforman? Ser amigos de la paz significa dejarnos ordenar por el amor y permitir que Dios recomponga en nosotros lo que el miedo, la angustia y la violencia han disgregado. Esto, más allá de ser un mero sentimiento, implica el retorno del hombre hacia Dios, acogiendo su plan de salvación conforme nos enseña el Señor: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15).
Este camino no es otro que el trazado por Cristo Jesús, el Príncipe de la Paz, desde el principio de todos los tiempos. Él mismo encarnó una paz desarmada: sin más armadura que el amor, sin más indumentaria que la misericordia, sin más fuerza que la mansedumbre del amor entregado. Su victoria, que alcanzó en la Cruz, selló un pacto de perdón eterno: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).
El Señor nos perdona porque el perdón es la perfección del amor, así como la misericordia es la perfección de la justicia. Por eso Dios escogió hacerse Niño, tomando el camino más humilde, el que le situaba en la sencillez de un niño frágil, sin defensas, sin poder terrenal. Porque la bondad, cuando es verdadera, es profundamente desarmante.
La paz nace del amor y de la humildad evangélica, porque sólo quien renuncia a dominar e imponerse puede comenzar a amar. Este es el camino para el encuentro verdadero. Como recordaba san Juan XXIII, «la paz será palabra vacía mientras no se funde sobre un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y, finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad» (Pacem in terris, n. 167).
Le pedimos a la Virgen María que nos ayude a ser testigos de esta paz que conduce al encuentro con quienes piensan distinto, a la escucha paciente, a la concordia, a la cercanía con los pobres, los descartados, los heridos por la historia. Ellos –más que nadie– claman por una paz concreta, encarnada, cotidiana. Al fin y al cabo, no hay paz verdadera si no pasa por las manos tendidas y los corazones abiertos. Porque cuando la paz entra en nuestro interior, cambia la vida; y cuando una vida cambia, el corazón del mundo comienza, silenciosamente, a sanar.
Os deseo un feliz año 2026, colmado de la paz que viene de Dios.
