«La compasión del samaritano»

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, en la Pascua del Enfermo, la Iglesia nos invita a volver la mirada hacia el misterio del sufrimiento humano: a ese lugar sagrado donde la carne se vuelve frágil y el corazón humano se adhiere al Corazón de Cristo.
El tema –La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro– nos regala una escena que no envejece: el camino herido del hombre y la compasión del samaritano (cf. Lc 10, 33-34). Este no pasó de largo, ni justificó su prisa, ni se ocultó tras el velo de la indiferencia; se detuvo, miró, se acercó, se compadeció y, en ese gesto silencioso, se reveló el rostro mismo de Dios.
Quisiera detenerme en cada uno de esos verbos, que abren la puerta a una acción concreta, a un modo de estar en el mundo.
Se detuvo, rompiendo la inercia de lo aparentemente urgente para hacer espacio al otro, reconociendo que hay encuentros que no pueden esperar. Miró, dejando que su mirada se abajase a lo débil, descendiendo hasta lo más hondo, a ese territorio donde la fragilidad no se esconde, sino que pide ser acogida con respeto. Se acercó, rebajando distancias, venciendo el temor a lo desconocido y a la indiferencia, haciendo del prójimo alguien verdaderamente cercano. Se compadeció, permitiendo que el dolor del otro tocara su propio corazón, hasta hacerlo latir al mismo compás. Y se reveló el rostro de Dios, dejando entrever la grandeza de un amor que, en lo pequeño, en lo necesitado y en lo escondido, lo transforma todo.
Una lectura que, en esta Pascua del Enfermo, nos acerca al mundo de la enfermedad: a ese umbral profundamente delicado donde el hombre se descubre necesitado, despojado y radicalmente abierto a la gracia divina. A esa desnudez profunda donde Cristo se hace más cercano, más íntimo, más humano.
El papa León XIV, en su mensaje para esta jornada, recuerda que «Jesús no enseña quién es el prójimo, sino cómo hacerse prójimo». Esta afirmación marca el camino de la fe cristiana, que recorre la severa calzada de la Pasión para resucitar en la Cruz. Y hemos de pasar, sí o sí, por todas las estaciones del vía crucis para alcanzar la Pascua de la que ahora gozamos. Porque, en verdad, no basta con reconocer al otro: es necesario inclinarse hacia él, romper la distancia, hacerse presencia resucitadora en su propia vida para hacerle menos dura la aflicción. Como enseñaba san Agustín de Hipona: «Nadie es prójimo de otro sino cuando se acerca voluntariamente a él». Así pues, «se hizo prójimo aquel que mostró misericordia» (Sermones 171, 2; 179 A, 7.).
Amar es cargar con el peso del otro, entrar en lo más oscuro de su noche y ayudarle a sostener su cruz; es vendar las heridas que, a veces, solamente se ven con los ojos del alma, es acompañar las soledades que no se comprenden, es permanecer cuando nadie más decide quedarse ahí. Y es, hacerlo, sobre todo cuando nadie lo ve. En lo escondido, Dios actúa con gran delicadeza infundiendo fortaleza y esperanza (cf. Mt 6, 6).
Hay un lugar decisivo donde, sobre todo, se mide la verdad del amor: en lo discreto. Allí donde no hay aplauso, ni palabra amable, ni reconocimiento. Allí donde el gesto permanece oculto y solamente queda la presencia desnuda de Dios. En ese secreto se purifica la intención, y Dios, como alfarero paciente, va modelando el corazón: lo esculpe con paciencia, lo entalla para que pueda acoger y lo rehace cuando se resquebraja, hasta darle la forma luminosa de un amor que se ofrece como vida para los demás.
Le pedimos a la Virgen María, salud de los enfermos y consoladora de los afligidos, que en esta Pascua Resucitada del Enfermo nos ayude a ser samaritanos en lo oculto y en lo cotidiano, sin triunfos, sin correspondencias. Que lo seamos en la parroquia, donde a veces el cansancio erosiona la paciencia; en la familia, donde la monotonía desdibuja nuestro rostro más amable; en la calle, donde la indiferencia se vuelve costumbre; en el trabajo, en el hospital, en el mercado, en la portería, en cada encuentro con los necesitados. Porque cada instante es una oportunidad para hacerse prójimo. Y sólo el amor de Dios puede sanar lo que el mundo no alcanza a comprender.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
