«Custodiar la verdad, la justicia y la esperanza»

Foto: standret/Magnific.
Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
«La universidad ha sido, y está llamada a ser siempre, la casa donde se busca la verdad propia de la persona humana», dijo el papa Benedicto XVI a los profesores universitarios reunidos en la Basílica de San Lorenzo de El Escorial. Con ocasión de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud celebrada en 2011 en Madrid, el Papa recordó a los universitarios que no fue casualidad que la Iglesia promoviera la institución universitaria ya en sus orígenes, pues «la fe cristiana nos habla de Cristo como el Logos por quien todo fue hecho (cf. Jn 1, 3) y del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios».
La universidad ha sido, desde el principio, uno de los lugares más fecundos para la búsqueda y el encuentro con la verdad. En sus aulas el ser humano intenta comprender el sentido del mundo, estudia el palpitar de la historia y, desde su conocimiento, trata de responder a las preguntas más profundas que inquietan silenciosamente el corazón humano. Sin embargo, cuando el pensamiento se aísla de la verdad, la inteligencia corre el riesgo de convertirse solamente en una técnica sin contenido, y la formación académica se asemeja a un instrumento vacío que no es capaz de responder a los problemas que acompañan la existencia.
Precisamente ahí, donde el corazón anhela abrazar la razón principal del alma humana, se revela la necesidad, el servicio y la belleza de la pastoral universitaria. Esta no nace como un añadido más dentro de la vida académica, sino como una propuesta de la dimensión trascendente del ser humano para entender la razón del estudio. En este sentido, la Doctrina Social de la Iglesia ofrece a la pastoral universitaria un horizonte imprescindible.
Esta pastoral, que nace del corazón mismo de la Iglesia, hace de la universidad un aerópago contemporáneo, un territorio donde se juega una gran parte del futuro cultural, espiritual y moral de la sociedad. Porque en cada una de esas materias donde el ser humano investiga, crea, enseña, busca y dialoga, ahí siente la Iglesia la urgencia de anunciar al Logos, la Palabra que da sentido al universo.
El pasado 14 de mayo, el papa León XIV se dirigía a profesores y alumnos de la Universidad de La Sapienza de Roma en estos términos: «Les animo especialmente a ustedes, queridos jóvenes, a no ceder a la resignación, transformando en cambio la inquietud en profecía. Especialmente quien cree sabe que la historia no cae sin remedio en manos de la muerte, sino que siempre está custodiada, ocurra lo que ocurra, por un Dios que crea vida de la nada, que da sin tomar, que comparte sin consumir. Hoy, precisamente la implosión de un paradigma posesivo y consumista abre el camino a lo nuevo que ya está brotando: ¡estudien, cultiven, custodien la justicia! Junto a mí y a tantos hermanos y hermanas, sean artesanos de la paz verdadera: una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante, trabajando por la concordia entre los pueblos y la custodia de la Tierra. Se necesita toda su inteligencia y audacia. Ustedes, de hecho, pueden ayudar a quienes les han precedido a restablecer un auténtico horizonte de sentido, para no quedarnos en la enésima y fugaz fotografía de la situación en la que nos encontramos. Es necesario pasar de la hermenéutica a la acción: tan poco considerados por una sociedad con cada vez menos hijos, den testimonio de que la humanidad es capaz de un futuro, cuando lo construye con sabiduría».
Educar no es solamente transmitir conocimientos, sino también formar el corazón y todas las dimensiones de la persona. Porque se puede alcanzar un majestuoso desarrollo intelectual, convertirse en un brillante profesor o en un alumno aventajado fuera de lo común y, sin embargo, permanecer interiormente vacío. Y ahí es donde esta pastoral adquiere todo su sentido: porque descubre que la verdad no es una asignatura concreta ni un temario por estudiar, es un rostro, y ese rostro es Jesucristo.
La universidad necesita testigos capaces de habitar el mundo con la mirada de Cristo, con un corazón transformado por el amor. Por ello, el universitario cristiano no puede quedarse encerrado en una fe intimista o reducida al ámbito privado. Precisamente porque es alguien que ha aprendido a mirar, a servir y a amar como Jesús, está llamado a convertirse en presencia viva del Señor dentro del aula, del laboratorio, de la universidad y del mundo. Con su testimonio, ha de llevar la luz del Evangelio, sembrando concordia, compasión, compromiso y esperanza.
Le pedimos a la Virgen María, Sede de la Sabiduría, que nos ayude a seguir proponiendo en la universidad a Cristo como respuesta plena al deseo humano de verdad, belleza y amor; para quienes forman parte de esta comunidad educativa puedan encontrar en la pastoral universitaria un hogar espiritual donde nadie se sienta extraño y donde todos se sientan hermanos.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
