«Día de Hispanoamérica y de la OCSHA: misión, gracia y don»

El sacerdote Antonio Manuel Hernández, misionero de la OCSHA en Perú. | Foto: OMP España.
Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
La Iglesia en España vuelve a ponerse en camino con el corazón y los brazos extendidos hacia América para celebrar el Día de Hispanoamérica y de la Obra de Cooperación Sacerdotal con Hispanoamérica (OCSHA). Esta jornada, que nunca ha de quedar en el olvido por todo lo que supone, nos convoca a conmemorar –con una inmensa gratitud– a quienes han respondido a la llamada del Señor para franquear todas las dificultades y sembrar el Evangelio en tierras que, aunque lejanas en distancia, son cercanas en fe, historia y esperanza.
En una época que tiende a valorar la seguridad y la comodidad ante cualquier contratiempo, el Evangelio rubrica que la vida se acrecienta dándola sin reservas, ofreciendo hasta la última gota de nuestro ser por quien más lo necesita.
Según los datos más recientes, más de un centenar de misioneros españoles, muchos de ellos burgaleses, sirven en diversas diócesis del continente americano, respondiendo a la enorme necesidad de sacramentos, de escucha, de cercanía fraterna y de presencia pastoral en contextos a menudo marcados por la miseria, el sufrimiento y la marginación.
El Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino «a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45.). Así la santidad cristiana –y, de forma particular, la vocación sacerdotal misionera– nace de una entrega concreta, sin reservas y hasta el final, como donación de un amor encarnado que encuentra su plenitud en Cristo pobre, abandonado, hambriento, sediento, enfermo, encarcelado, desnudo y solo (cf. Mt, 25,35-36).
En la OCSHA encontramos rostros concretos que personifican esta radicalidad evangélica: sacerdotes que han dejado su tierra y su parentela para acompañar a las iglesias de Hispanoamérica con la única armadura de su fe.
Y hoy pongo la mirada en cada uno de ellos, que son testigos de la vida que acontece cuando el corazón se abre sin miedo al misterio de Cristo y, calladamente, se deja poseer por Él. Con ellos y por ellos, hoy celebramos la comunión viva de la Iglesia, que se hace presente cuando el evangelizador termina siendo evangelizado. Sus vidas entregadas nos enseñan que la misión se educa con el servicio al estilo del Señor: con misericordia, con agrado, con paciencia, con escucha y con ardor. Y, sobre todo, sin exclusión, porque no existe mayor compañía que la que se da al que sufre, al que está marginado, al herido, al desamparado y al agonizante; y no existe mayor gesto que aquel que toma forma de presencia entrañable, cercana y hondamente servicial.
Estos misioneros ponen en nuestra puerta una pregunta: ¿estamos dispuestos también a salir de nosotros mismos, para dejar que el Señor nos saque de nuestra comodidad y abrazar sirviendo la vida de los otros?
Hoy, al contemplar la obra de Dios junto a María en la historia de la Iglesia, damos gracias por los sacerdotes, consagrados y laicos que, con generosidad evangélica, dan vida a las palabras del Señor: «Yo he venido para que tengáis vida y la tengáis en abundancia» (Jn 10, 10).
Que esta abundancia de alma, vida y corazón transforme nuestras parroquias y nuestra Iglesia diocesana, para que seamos, como ellos, servidores fieles del Evangelio. Un Evangelio entregado hasta el final. Y que, al caer la tarde, podamos decir humildemente ante el Señor: «Somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17, 10). Porque todo ha sido gracia, porque todo ha sido don.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
