«Sembradoras de esperanza en la tierra de Dios»

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, cuando el mundo celebra el día de la mujer, me gustaría que volviéramos nuestra mirada al mundo rural y expresemos nuestro agradecimiento a tantas mujeres que, a lo largo de la historia, han sembrado –y continúan haciéndolo– una gran esperanza en los núcleos pequeños que jalonan nuestros extensos campos.
María «es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura» (Evangelii gaudium, n. 286). Aquella frase del papa Francisco aún resuena en los muros de una Iglesia habitada con nombre de mujer que, merced a su incansable labor en las tareas del campo, ha garantizado no solamente el futuro de muchos hogares sino, también, la vida de muchos pueblos.
La mujer rural —trabajadora, agricultora, médico, maestra, administrativa, esposa, madre, consagrada, voluntaria o profesional— encarna de modo singular esa espiritualidad de la encarnación que no huye de la fragilidad, sino que la habita. ¿Quién como ella para dar vida a tantas iniciativas culturales, hospitalarias, domésticas, educativas y religiosas? ¿Quiénes como ellas para mantener encendida la lámpara de la fe en nuestros pueblos, cuando el viento arrecia y parece que todo se extingue y se va vaciando?
Las mujeres nos indican el camino de un compromiso de la Iglesia con el mundo rural. Es necesaria una acción pastoral con entrañas de entereza, coraje, paciencia y esperanza para sembrar –a manos llenas y con generosidad, sin esperar tener una gran cosecha enseguida– el Reino de Dios. Y aunque, al final, será Dios quien haga germinar y florecer los frutos, a nosotros nos corresponde cuidar la tierra, confiar en la semilla y permanecer fieles junto al barro.
En este horizonte resuena con fuerza la llamada de Francisco cuando, en Evangelii gaudium, recuerda que «el tiempo es superior al espacio». Y en el mundo rural, más que ocupar espacios, estamos llamados a iniciar procesos, a cuidar vínculos, a acompañar historias concretas. También, en Laudato si’, el Papa nos invita a redescubrir la tierra como don, como casa común que nos habla de Dios y nos reclama conversión.
Nuestra Iglesia particular de Burgos ha querido escuchar esta realidad. Las Orientaciones para la pastoral rural (2024) inscriben que el mundo rural no es un territorio secundario, sino un lugar teológico, un espacio donde Dios sigue revelándose en la sencillez de la vida compartida, en el ritmo de las estaciones, en la memoria agradecida de los mayores y en el deseo inquieto de los jóvenes. Esta llamada nos impulsa a una pastoral concreta y diferenciada, que conozca la tierra donde se siembra el Evangelio y se deje interpelar por ella.
Lo rural y lo urbano ya no son compartimentos herméticos como sucedía en otro tiempo; ahora, la movilidad, la tecnología y la digitalización entrelazan núcleos urbanos, pueblos y sensibilidades diversas. Por eso necesitamos una mirada creyente que discierna, que escuche, que acompañe y que no idealice ni viva de tópicos o prejuicios.
El mundo rural nos enseña la paciencia de la semilla que crece despacio, la fidelidad al sigilo que brota tras la gracia, el misterio de lo pequeño, la sabiduría de lo esencial. Nos recuerda que el Evangelio crece como la levadura en la masa, y nos exige vivir la caridad y la justicia que brotan del corazón de Cristo: cuidar la comunión, practicar el perdón, colaborar sin rivalidades, defender la dignidad de cada persona, buscar colaboración y sinergias, proteger la casa común y promover un desarrollo integral, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia.
Hoy elevamos una memoria agradecida por tantas mujeres del mundo rural que han sido y son Iglesia viva, evangelio abierto, sacramento de la presencia del Señor en medio de nuestros pueblos. Que María, mujer del Magníficat y de la fidelidad, nos enseñe a sembrar sin miedo, a creer y a esperar de un modo siempre nuevo. Y que, cuando nuestras manos se cansen y nuestros campos parezcan estériles, recordemos que toda semilla sembrada con amor ya ha comenzado a florecer en el corazón de Dios.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
