«El latido escondido del Buen Pastor»

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
En este Domingo del Buen Pastor, la Iglesia pone sus ojos en Cristo Jesús, Aquel que guía, orienta y entrega su vida por nosotros (cf. Jn 10, 11). Nos detenemos hoy en su Sagrado Corazón, donde toda vocación sacerdotal encuentra su origen, su descanso y su plenitud.
Toda vocación brota de un encuentro fiel, de una experiencia que transforma el corazón hasta hacerlo semejante al de Dios. En esa llamada comienza todo, porque Él nos busca primero, nos llama por nuestro nombre y nos plenifica con un amor que nada ni nadie nos puede ofrecer: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido» (Jn 15, 16).
El verdadero pastor, lejos de las estructuras de este mundo, es el que ama hasta el extremo, el que lo abandona todo y sale a buscar a la oveja perdida porque sabe que la recompensa no está en el fruto sino en el don, el que aprende a mirar con los ojos de Cristo, a sentir con su Corazón, a cargar con el peso del otro como si fuera propio.
Él va modelando en lo oculto, en la intemperie de lo escondido, el alma del llamado. Y eso desea: corazones que arden en silencio y que, sin hacer ruido, se entregan para ser –a su imagen y semejanza– sacerdotes capaces de dejarse habitar por Dios sin abandonar la fragilidad del hombre.
Necesitamos pastores que sean capaces de pisar la tierra sagrada de los cansados, que sepan permanecer cuando todos los demás se van, que escuchen el grito mudo de los tristes, que sostengan la vulnerabilidad de los vencidos y que carguen sobre sus hombros a la oveja perdida sin juzgarla. Y todo ello para infundirle el amor, la compasión y la infinita misericordia del Buen Pastor que les levante de la postración y les acompañe en el camino de la vida.
Para quien conoce las grietas más profundas del alma, sabe que no es sencillo permanecer. Pero ahí se esconde la clave: en perseverar como lo hace el Señor en el amor del Padre (cf. Jn 15, 9), como una forma de entrega que se renueva en lo sencillo, en lo humilde, en lo cotidiano. El pastor según el Corazón de Cristo no huye cuando caen las inseguridades de la noche, ni abandona cuando el dolor se vuelve insoportable; permanece cuando no es comprendido, cuando el frío hiela cada una de sus razones, cuando la siembra parece estéril y el cansancio abruma por la ausencia de los frutos. Porque su fidelidad no depende del éxito, ni siquiera lo busca, sino de la comunión con Aquel que «cargó con nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pe 2, 24). Y en esa fidelidad se fragua un amor que ya no le pertenece, un amor que ha sido configurado –espina a espina– con la lógica de la Cruz.
El pastor se deja atravesar y se deja moldear hasta que en su propia fragilidad comience a desvelarse, casi sin palabras, el Amor que salva. De esta manera, su existencia se convierte en un puente compasivo que une la herida humana con la herida del costado de Cristo.
En este día, pedimos a la Virgen María, Madre del Buen Pastor, que siga suscitando en su Iglesia vocaciones con un corazón semejante al de su Hijo: corazones transformados por amor, ensanchados por la gracia, traspasados por la entrega, capaces de hacer –de cada latido– un «para siempre» pronunciado en lo escondido, donde sólo cuentan la fe y la confianza.
Ella, que guardó en su seno al Verbo y permaneció firme junto a la Cruz, nos enseñe a los llamados a vivir con fidelidad silenciosa, con compasión verdadera y con una esperanza que no se apaga. Y que nunca falten pastores que, con su vida entregada, su servicio humilde y su misión fiel, hagan visible en medio del mundo el latido eterno del Corazón de Cristo: una presencia que sigue llamando, sosteniendo y salvando incluso allí donde todo parece perdido.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
