«Renovados para la misión»

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
Con el lema Renovados para la misión, desde el 30 de abril hasta el día de ayer, hemos celebrado en Ávila la Asamblea Eclesial de Iglesia en Castilla: un encuentro sinodal que ha reunido a más de 300 representantes de todas las realidades eclesiales. Hemos estado laicos, miembros de la vida consagrada, sacerdotes y obispos; todos, en un proceso de escucha, participación y discernimiento para el futuro de la Iglesia en Castilla. Un verdadero tiempo de gracia donde el Pueblo de Dios se ha dado la mano para escuchar –a una sola voz– lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia (cf. Ap 2, 7).
Vivimos necesitados de una verdadera renovación que haga, de nuestra vocación, una misión. «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3, 3). Con esta oración pronunciada en medio de la noche –en el silencio buscador de Nicodemo–, el Señor vuelve a salir hoy a nuestro encuentro como una llamada viva que cruza la historia y alcanza el corazón de su pueblo. Nosotros, como aquel hombre inquieto, nos descubrimos faltos de un nuevo nacimiento, de una vida que no proceda de nuestras fuerzas, sino del don que nace de lo alto. Porque la renovación cristiana es un misterio pascual: es morir a lo que ya no conduce a Cristo para renacer eternamente en Él, es permitir que el Espíritu que levantó a Cristo de entre los muertos (cf. Rom 8, 11) vuelva a fecundar nuestras comunidades, nuestras estructuras y nuestros corazones.
Cuando Nicodemo le preguntó al Señor cómo puede uno nacer siendo viejo (cf. Jn 3, 4), Jesús asentó en sus dudas una revelación: «El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5). Por tanto, toda renovación eclesial ha de volver a la fuente, dejar que el Bautismo vuelva a ser el comienzo de todo, el baño permanente de pureza, el origen de cualquier misión.
Durante la Asamblea, el trabajo se ha apoyado en el documento La conversión pastoral y misionera de la Iglesia en Castilla, que ha iluminado nuestro discernimiento en tres grandes ámbitos. En primer lugar, hemos sido llamados a una conversión pastoral, que nos pide volver a situar a Jesucristo en el centro de todo. No basta hablar de Él: es necesario encontrarse con su mirada y dejarse mirar por sus ojos para vivir desde su propia vida. Porque sólo quien ha rozado el borde de su manto y ha sido tocado por su amor puede anunciar con verdad el Evangelio. En segundo lugar, se ha puesto de manifiesto la urgencia de una renovación de la pastoral: la Iglesia está llamada a ser más cercana, más misionera, más participativa e implicativa. Una Iglesia que aprende el lenguaje de la escucha y la proximidad, reflejo del Corazón de Cristo, que «al ver a la multitud, se compadecía de ella» (Mt 9, 36). O somos una Iglesia que sale, acompaña y se implica en llevar el Evangelio a todos los ámbitos, o quedaremos repitiendo siempre los mismos esquemas pastorales ya superados. Y, en tercer lugar, se ha abordado la necesaria remodelación de las realidades evangelizadoras, con especial atención a la parroquia y al entorno digital. También las estructuras están llamadas a convertirse, a ser transparentes al Evangelio, a facilitar el encuentro con Cristo y que los fieles encuentren un hogar para vivir con Él. La parroquia, hogar apacible y acogedor entre todas las casas, debe redescubrir su identidad misionera y generar espacios para que los fieles la frecuenten y estén a gusto en ella; y el mundo digital, lejos de ser un mero instrumento, se presenta como un verdadero areópago donde la Palabra debe resonar con verdad y belleza, que ilumine las oscuridades y renueve los corazones.
Los objetivos que han guiado cada paso de este encuentro –impulsar una Iglesia más viva y misionera, fortalecer la comunión, ofrecer respuestas evangélicas a los desafíos actuales y concretar decisiones pastorales– sólo podrán hacerse realidad si nacen de corazones verdaderamente renovados dispuestos a salir de la tierra ya conocida para echar las redes mar adentro. Porque la misión no brota de un plan establecido, sino de una vida transformada por el Espíritu que sopla donde y como quiere.
La Iglesia no se renueva cuando se mira a sí misma, lo hace cuando se deja habitar de nuevo por el Espíritu Santo. No se trata de hacer cosas extraordinarias o llamativas, sino de dejarnos renovar en el agua viva de Aquel que «hace nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5). Por eso hemos de renacer: cada día, cada decisión, cada gesto, cada palabra… debe estar habitada por el Señor. Nacer del agua que purifica y del Espíritu que vivifica para una misión que no es nuestra, sino Suya.
Que María, tierra fecunda del Espíritu, nos enseñe a dejarnos recrear en lo más profundo de nuestro ser, para que nuestra Iglesia sea en medio del mundo signo transparente de la vida nueva que no pasa y es fuente de vida. Y que, como Nicodemo, aprendamos a salir de la noche oscura para encontrarnos con la Luz que nunca se apaga.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
