«Pedro y Pablo: la santidad escrita en la fragilidad»

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, al llegar la solemnidad de san Pedro y san Pablo (que celebramos mañana como fiesta grande en Burgos), la Iglesia dirige su mirada hacia estos dos hombres muy distintos entre sí, pero unidos por una misma gracia: la de haber sido alcanzados por el Señor y transformados para siempre por su misericordia.
Adentrarse en las vidas de ambos y dejarse seducir por sus maravillosas historias de conversión supone aceptar el fuego del Evangelio y descubrir cómo Dios continúa escribiendo historias de santidad con la tinta de la fragilidad humana.
Volver el recuerdo a estas dos grandes columnas de la cristiandad, despierta el misterio trinitario que da sentido a nuestra fe: Dios no se fija en la perfección humana, sino en las grietas que quedan por cicatrizar. Para curarlas, para amarlas. Porque el Padre no elige a sus discípulos según los méritos, sino que mira la sobreabundancia de su amor; el Hijo no rehúye nuestras caídas, sino que las convierte en lugar de salvación; y el Espíritu Santo desciende donde la debilidad no puede sostenerse sola.
Pedro y Pablo son la prueba luminosa y fehaciente de que la Trinidad no actúa desde la distancia, sino que entra discretamente en la historia para transfigurar el desaliento en misión, el fracaso en fecundidad y el dolor en esperanza. Ambos comparten el camino de la salvación a través de sus caídas y testimonian una misma verdad: la Iglesia brotó –y brota– del Costado de Cristo y conduce siempre hacia Él.
Desde los ojos transformados de estos dos santos podemos contemplar cómo Dios construye su obra sobre corazones frágiles y en ocasiones endurecidos, pero que se dejan habitar por la compasión. Por eso la Iglesia está llamada a ser sacramento de misericordia y de perdón, porque ha de pasar por la Redención para alcanzar la victoria del Amor. Sólo así podremos asomarnos, aunque sea tímidamente, al misterio de una gracia que es capaz de rehacer la vida desde sus ruinas más profundas.
Hay huellas que marcan el sendero de nuestra fe, como señales resplandecientes que orientan nuestros pasos hacia el corazón del Evangelio.
Después de la Resurrección del Señor, junto a las aguas del mar de Galilea, Cristo no preguntó a Pedro por sus grandes capacidades, éxitos o méritos. El Señor, alejado de las normas de su tiempo y los estándares de este mundo, le hizo una pregunta que lo cambiaría todo: «¿Me amas?» (Jn 21, 15). Y cuando Pedro respondió con la humildad de quien conoce su propia condición, recibió la misión que sostiene la vida de la Iglesia: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 17). Desde entonces, comprendemos que toda autoridad cristiana nace del amor y sólo puede ejercerse como servicio.
Asimismo, Pablo, cuando va camino de Damasco, descubre que el Dios al que creía servir le esperaba más allá de todas sus seguridades. De esta manera, el perseguidor de los cristianos se convierte en apóstol. Y, desde entonces, su vida se convierte en una expansión incesante del Evangelio, una llama viva que ninguna frontera es capaz de contener. Como un hombre tocado para siempre por la belleza del alma de Cristo, vivió consumiéndose en el deseo de que todos pudieran contemplar el rostro que había transformado su existencia.
Pedro y Pablo perpetúan que la santidad es vivir la plenitud de amor y de servicio, y no consiste en no caer nunca, sino en permitir que Dios nos levante una y otra vez. Y esa ha de ser nuestra tarea cuando desfallezcan nuestras fuerzas y pensemos que no podemos más: dejarnos alzar por el cuidado y la delicadeza del Padre, quien no se cansa de esperarnos.
Y junto a ellos contemplamos también a la Virgen María, Madre de la Iglesia y estrella de la evangelización. Que Ella nos enseñe a acoger la Palabra con la misma disponibilidad con la que acogió a su Hijo, para que también nosotros podamos convertirnos en testigos humildes de la esperanza. Porque, al final de nuestro peregrinar por esta Tierra, nos espera Aquel que sostuvo la fe de los apóstoles Pedro y Pablo: Aquel que sigue haciendo nuevas todas las cosas y que estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20).
Os deseo unas felices fiestas de san Pedro y San Pablo.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
