Para que tengamos vida

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vida eutanasia

 

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Celebramos hoy la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, culminando así el año litúrgico, antes de empezar el Adviento. Gran parte de este tiempo ha estado marcada por la pandemia que, lejos de acabar, sigue golpeando con fuerza, dejando a su paso múltiples y dolorosas secuelas. Con ella hemos tenido que aprender a convivir y a valorar más y más el regalo de la vida. La oración del prefacio de la Eucaristía de este domingo nos invita a adherirnos más a Jesucristo, Señor del universo, y a trabajar misericordiosamente por nuestros hermanos, como se lee en el Evangelio, para construir ya entre todos el Reino «de la vida, de la justicia, del amor y de la paz».

 

Con ocasión de esta fiesta, en la que tantas veces hemos cantado al Señor «tu Reino es Vida», quiero detenerme hoy en el don de la vida. Esa vida que es el regalo más maravilloso que hemos recibido, la realidad más grande que todos percibimos, el valor socialmente más estimado…, pero que también presenta una dimensión terriblemente frágil y débil que requiere la promoción, la defensa y la protección por parte de todos. Precisamente nuestro tiempo presenta una especial necesidad de estar alerta y una llamada al compromiso personal y social en defensa de la vida.

 

Ya San Juan Pablo II nos invitaba a edificar una «cultura de la vida» frente a la «cultura de la muerte» que se iba extendiendo paulatina y ampliamente. De esta manera, enmarcaba la defensa de la vida fundamentalmente en el ámbito cultural, que es donde se juega hoy este reto tan importante. Se hace referencia así a costumbres, valores, hábitos de vida, ideales, sueños y proyectos que necesitan ser transformados para que penetre en ellos el valor innegociable de la vida: de la vida de todos desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, de la vida digna para todos en cualquier latitud y condición, de la vida plena en la casa común que habitamos.

 

En esta determinación de apostar como creyentes por la vida, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe publicó el pasado mes de julio el documento «Samaritanus bonus», con el objetivo de iluminar a los pastores y a los fieles en sus preocupaciones y en sus dudas acerca de la atención médica, espiritual y pastoral de las personas en las fases críticas y terminales de la vida. Es un documento denso, largo y muy actual sobre el tema de la eutanasia, que os invito a conocer y profundizar. Porque la figura del Buen Samaritano ilumina de luz nueva la práctica del cuidado y porque todos estamos llamados a ser «comunidad sanadora», testigos del Dios de la Vida en las múltiples circunstancias de sufrimiento y muerte que nos rodean.

 

Dice el documento que «el Buen Samaritano que deja su camino para socorrer al hombre enfermo (cf. Lc 10, 30-37) es la imagen de Jesucristo que encuentra al hombre necesitado de salvación y cuida sus heridas y su dolor con «el aceite del consuelo y el vino de la esperanza». Él es el médico de las almas y de los cuerpos y «el testigo fiel» (Ap 3, 14) de la presencia salvífica de Dios en el mundo. Pero, ¿cómo concretar hoy este mensaje? ¿Cómo traducirlo en una capacidad de acompañamiento de la persona enferma en las fases terminales de la vida, de manera que se le ayude respetando y promoviendo siempre su inalienable dignidad humana, su llamada a la santidad y, por tanto, el valor supremo de su misma existencia?» (Introducción al Documento).

 

Los Obispos en España hemos publicado también documentos y cartas pastorales, con las que hemos salido al paso de los desafíos planteados por la mal llamada muerte digna, el suicidio asistido y la eutanasia voluntaria, éticamente inaceptables. Se ha insistido, en la medicina paliativa ante la enfermedad terminal, en fomentar una cultura de respeto a la dignidad humana en la enfermedad, en la experiencia de la fe y la propuesta cristiana para «acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida». La vida humana no es un bien a disposición de nadie. «No hay enfermos «incuidables» aunque sean «incurables»», como expresa la nota de la propia Conferencia Episcopal cuando se tramita la Ley orgánica de regulación de la eutanasia.

 

Son «tiempos recios», como diría nuestra santa Castellana, Teresa de Jesús, los que en este punto nos toca vivir. Pero hacemos nuestras las palabras de Jesús en el hermoso pasaje del Buen Pastor «He venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). Son también, como sabéis, las palabras que elegí como lema para mi ministerio en la Iglesia desde que fui ordenado sacerdote. Quiera el Señor que todos contribuyamos siempre a hacer crecer la esperanza de la vida a nuestro alrededor.

 

Que la Virgen Sta. María, que alumbró al Dios de la Vida, nos siga protegiendo y bendiciendo para poder continuar siendo testigos y sembradores de la Vida en abundancia.

Sois templo de Dios

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catedral cimborrio

 

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Como os decía el pasado domingo, quiero seguir comentando brevemente algún punto de la Carta Pastoral dirigida a la comunidad eclesial, con motivo del Año Santo que estamos iniciando. Hoy quiero centrarme en el lema de nuestro Año Jubilar: «Sois templo de Dios». Lema que también he querido que sea el título de mi Carta, porque en esas palabras de san Pablo Sois templo de Dios (1Cor 3,16) se condensa una motivación de fondo de esta celebración jubilar: los bautizados somos templo de Dios, y lo somos de modo concreto como Iglesia diocesana.

 

Cuando hablamos del Jubileo de nuestra Catedral nos referimos, en un primer momento, a un edificio edificado con materiales muertos, que reciben sentido y belleza por la capacidad artística de los hombres. Pero nuestra mirada sería muy miope si nos quedáramos ahí. Nuestra mirada debe hacerse más amplia y profunda: lo que celebramos no es un edificio, por magnífico que sea, sino la realidad del pueblo cristiano, un templo de piedras vivas, del que es un signo la propia Catedral.

 

Dios siempre ha querido habitar en y entre nosotros. Así se ha manifestado en toda la historia de la salvación. Pero el lugar donde Dios habita no es meramente un espacio humano, es algo más profundo. La casa de Dios en este mundo se va construyendo gracias a tantas personas que han acogido la Palabra de Dios y se han dejado penetrar de su gracia y su ternura. Esa era la convicción de San Pablo cuando preguntaba a los corintios: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1Cor 3, 16). Y añade: «El templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros» (1Cor 3,17). Por eso, ese templo que somos nosotros debe reflejar la santidad y la belleza del mismo Dios, que se encuentra en nosotros al haber sido creados a su imagen y semejanza.

 

El lema de nuestro Año Jubilar hace referencia precisamente a esta gran vocación que os invito a reflexionar: «Sois templo de Dios», convocados a reflejar la belleza y el esplendor de una vida auténtica, referida a Dios, de acuerdo con el querer de Dios. La celebración del VIII Centenario de la Catedral, en la vida de nuestra Iglesia local, nos ha de hacer sentir el gozo de ser nosotros templos de Dios, habitados por el Espíritu, más valiosos que cualquier edificio construido por los hombres. Y ser templo de Dios nos ha de llevar a hacer memoria de nuestro bautismo. Porque en virtud del bautismo y por los dones del Espíritu, los cristianos están llamados a ser piedras vivas de ese templo que el Espíritu va edificando en medio del mundo, reflejando la belleza de una vida auténtica, como criaturas nuevas, a la luz de Jesucristo que en este templo de piedras vivas es la piedra angular.

 

El Año Jubilar es una hermosa ocasión para renovar nuestro bautismo y, por lo mismo, para reflexionar sobre nuestra inserción en la comunidad eclesial. Uno de los objetivos del Año Jubilar es vivir y estrechar la comunión eclesial. La diócesis vive de la comunión regalada por la Trinidad y está llamada a expresarla en su modo de ser y de funcionar. Como Pueblo de Dios en Burgos vemos en la Catedral un signo visible para reconocernos como Iglesia local, como Iglesia en un lugar determinado y concreto, como comunidad que peregrina en medio de otros grupos humanos. Estoy seguro de que el Año Jubilar contribuirá a crecer en esa comunión diocesana que pone todos los carismas al servicio del Evangelio en la misión común.

 

Ser templo de Dios nos invita, como también decía san Pablo, a vivirnos insertos en el mundo, porque nuestros cuerpos son miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo (cf. 1Cor 6,15.19). En medio de la sociedad, del trabajo cotidiano, de la vida de familia, de las relaciones sociales, del compromiso profesional, es decir, en la vida entera y cotidiana, estamos llamados a realizar un culto espiritual y auténtico (cf. Rom 12,1), que oriente todo a la gloria de Dios y al bien de los hermanos.

 

Durante el Año Jubilar os animo a peregrinar hasta nuestra Catedral, bien personalmente o bien en comunidad. Seguro que este gesto tan penitencial nos ayudará a desplegar disposiciones y acciones concretas para acoger y hacer fructificar la bendición y gracia del Año del Señor. El Jubileo nos ofrece una ocasión privilegiada para celebrar y dar gracias por el gozo de la fe, para acercarnos más al Señor, a su palabra, a su corazón, para redescubrir y contemplar que Dios es misericordia, para renovar el encuentro con Jesucristo, para disponernos a la renovación personal alentando procesos de crecimiento y maduración cristiana, para sentirnos hermanos comprometidos con todos y atentos al que más lo necesita, para descubrir la alegría de evangelizar, para afianzar el compromiso misionero, como una gran familia de discípulos que quiere anunciar a otros el amor misericordioso de Dios en Cristo Jesús.

 

Con el deseo de alcanzar los frutos de este Año Santo, nos ponemos bajo la protección de Santa María la Mayor. Que Ella guie nuestros pasos de humildes peregrinos, desde el corazón de la Catedral.

Un Año Jubilar en tiempo de pandemia

por redaccion,

puerta santa año jubilar

 

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Ayer inaugurábamos de modo solemne el Año Jubilar en nuestra Iglesia diocesana, en el marco del VIII Centenario de nuestra Catedral. Es un año santo, un auténtico Año de Gracia al que nos convoca el Señor. Por ello me ha parecido oportuno insistir hoy y el domingo próximo, en este acontecimiento tan importante para el presente y el futuro de nuestra diócesis, recogiendo algunas ideas de la Carta Pastoral que con este motivo he dirigido a toda la comunidad diocesana.

 

Tanto la celebración de ayer, como el recorrido inmediato del Año Jubilar, vienen marcados por la situación de pandemia que, con todas sus secuelas, nos envuelve y nos angustia desde hace varios meses. La alegría jubilar parece que queda empañada por los miedos y el sufrimiento que tan profundamente atraviesan nuestra sociedad y, en especial, los más vulnerables de entre nosotros.

 

Pero precisamente por ello, pienso que el Año Jubilar puede convertirse en una luz providencial que nos ilumine para descubrir dónde se encuentra la verdadera raíz de la alegría y de la esperanza que dan aliento a la fe cristiana. Cuando experimentamos tan de cerca la propia fragilidad y debilidad, nuestra mirada de creyentes se dirige al Dios creador y redentor, fuente de la vida y origen de todo bien. Y «si el afligido invoca al Señor, dice el salmo, Él lo escucha» (Sal 33).

 

Una mirada a la historia, a los orígenes de la práctica jubilar, nos muestra que los años jubilares surgían frecuentemente en situaciones de desgracia y de desventura. Ya en el antiguo Israel la celebración del Año Jubilar surgió de la experiencia de las heridas humanas, a nivel personal y social, porque se había roto el proyecto original de la creación, generando a los pobres, marginados y descartados. Desde la mirada a la cruel realidad, se volvía la mirada al Dios creador y liberador para recrear todas las cosas y recuperar la armonía original que El había regalado a la familia humana. La pasión por Dios se unía a la pasión por los más necesitados y se manifestaba como exigencia de conversión y como experiencia de alegría al descubrir a todos los seres humanos como hermanos en el hogar del Padre común.

 

La proclamación por Jesús del Evangelio del Reino de Dios en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,18-19) es presentada por san Juan Pablo II como un auténtico Jubileo, prototipo de todos los Jubileos que se celebrarían a lo largo de la historia (Tertio Millennio Adveniente 11-12). En la época de Jesús, llena también de incertidumbres y de injusticias en el campo político, social, y religioso, sus palabras resonaron como invitación a acoger la gracia de Dios y la vida plena que se ofrecía a los enfermos, a los prisioneros, a los pobres, a los pecadores… «en el año de gracia del Señor».

 

Los primeros Jubileos convocados por los Papas a partir del siglo XIV se celebraron también en contextos tormentosos y adversos incluso en medio de las secuelas de la famosa Peste Negra. Fue una práctica solicitada y esperada por el pueblo cristiano, expresión de la piedad popular, como ocasión de purificación y de perdón, para dar origen a una vida nueva. Reflejaban el anhelo de una experiencia espiritual en la que encontraban aliento para la transformación personal y para el fortalecimiento de la esperanza.

 

También a nosotros, hoy y en tiempo de pandemia, Dios nos regala un Año Santo, un año de bendición. Os animo a vivir con intensidad las actitudes fundamentales de todo Jubileo:

 

  • Profundizar en la alabanza y en la acción de gracias al Dios Padre, fuente de todo bien: ello nos ayuda a reconocer como don todo lo que hemos recibido y, en consecuencia, a compartir, a dar.
  • Hacer memoria ante Dios de nuestra historia personal y comunitaria: así podremos profundizar en el verdadero júbilo. Sentir el gozo de de los dones recibidos, con todas sus posibilidades, ayudará a vencer los intereses particulares y las tendencias egoístas.
  • Pedir el don de la conversión para restaurar la armonía y la paz, con el reconocimiento de la propia culpa y la sincera disponibilidad para iniciar, con la ayuda de la gracia, un camino nuevo.
  • Cultivar la dimensión social de la fe, que va más allá de la solidaridad, con los más vulnerables y los excluidos del banquete de la creación, para trabajar y posibilitar que todos vivan como hermanos nuestros y como hijos predilectos del Padre.

 

Que de Nuestra Señora aprendamos a vivir estas actitudes y a decir de corazón durante este año: «Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador».

La fraternidad: belleza y compromiso

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Hace unas semanas centraba mi reflexión dominical en San Francisco de Asís. Entonces os decía que su figura y su mensaje estaban inspirando fuertemente el pontificado de nuestro Papa Francisco. Así lo volvemos a comprobar en su tercera Encíclica, recientemente publicada con el título Fratelli Tutti (Todos hermanos). Os invito a leerla detenidamente. Su lenguaje, como ya es habitual, es cercano y accesible a todos. A ella quiero dedicar hoy una pequeña glosa, precisamente cuando en el Evangelio de este domingo escuchamos las palabras de Jesús: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 37-39).

 

El centro del discurso de la Encíclica es una invitación a vivir la fraternidad universal. Un bello objetivo que se convierte también en un difícil y serio compromiso. Partiendo de las deficiencias de nuestro mundo y de las circunstancias agravantes de este tiempo de pandemia, el Papa nos presenta el modelo del Buen Samaritano como ejemplo a seguir en nuestras relaciones fraternas. «Hay dos tipos de personas: los que se hacen cargo del dolor y los que pasan de largo» (FT 69). Y, desde ahí, saca algunas conclusiones de lo que conllevaría organizar, en clave de fraternidad, ámbitos y aspectos tan complejos en nuestro tiempo como las migraciones, la política, la economía, la conflictividad, la pluralidad religiosa…

 

Sobre algunas de las afirmaciones más concretas que se señalan, la Encíclica me parece especialmente interesante y clarificadora para muchos de los aspectos de la realidad española que estamos atravesando en estos momentos, como la relectura de nuestra historia, los conflictos territoriales, la rivalidad y crispación política, la culpabilización frente a la pobreza, la pacificación y el puesto de las víctimas… Desde luego que son temas muy interesantes para un sereno y necesario debate.

 

La fraternidad, comienza acuñando la Encíclica, «es una forma de vida con sabor a Evangelio» (FT 1) que surge del amor del que hemos sido creados, que es nuestra esencia humana y que deriva en la felicidad y el gozo. Así lo comprobamos en la experiencia cotidiana: nos sentimos en paz cuando construimos y vivimos desde la fraternidad; y por el contrario, el desasosiego y la tristeza aparecen cuando anidan en nosotros sentimientos de odio, división e indiferencia ante el hermano. «Nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar. Aquí hay un secreto de la verdadera existencia humana» (FT 87).

 

¿Se trata de un bello sueño o de un ideal irrealizable? ¿O se trata de un camino que hay que recorrer y construir, manifestado en los pequeños detalles de cada día y también en la manera en que nos organizamos y estructuramos socialmente? Sin duda que lo segundo. El Papa está convencido que, para gestar un mundo nuevo, hay que pensarlo. Y pensarlo, es ya construirlo. «Anhelo, dice, que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de fraternidad» (FT 8).

 

Es precisamente el respeto y la promoción de la dignidad humana la clave de bóveda de todo el documento, el secreto para vivir una autentica fraternidad universal. Solo cuando descubramos que el otro es alguien para nosotros, que nos ayuda en nuestra propia identidad, percibiremos la urgencia de acercarnos y hermanarnos. De esa manera superamos individualismos y particularismos para abrirnos a un proyecto común. Y ello será más fácil cuando reconozcamos la paternidad de Dios, como cimiento sólido de la auténtica fraternidad. Un Dios que nos ha creado y que siempre nos acompaña con su paternal providencia.

 

El Papa nos invita, por tanto, a crear una nueva cultura, la cultura del encuentro, que tiene el diálogo como herramienta básica. ¡Qué hermosas reflexiones se encuentran acerca del diálogo! Ese diálogo tan urgente hoy en todos los ámbitos, que nos abre a la verdad, que nos permite conocernos más, que nos posibilita convivir pacíficamente y construir en común la sociedad. Quiera el Señor que, el Año Jubilar, que pronto inauguraremos, nos ayude precisamente a crecer en esa fraternidad universal.

 

Así se lo pedimos, con la oración final que en la Encíclica se dirige a Dios Trinidad de Amor: «Dios nuestro… derrama en nosotros el río del amor fraterno. Danos ese amor que se reflejaba en los gestos de Jesús, en su familia de Nazaret y en la primera comunidad cristiana».

Domund 2020: «Aquí estoy, envíame»

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Un año más la Iglesia nos invita en este domingo de octubre a celebrar el día del Domund, esa Jornada Mundial Misionera que, ya desde niños, nos resulta conocida y familiar. Es un día importante para tomar mayor conciencia de nuestra responsabilidad como «discípulos misioneros» en la evangelización de los pueblos, según el mandato de Jesús. Y es el domingo en el que tenemos presentes de una manera más intensa a todos los misioneros y misioneras, los «mejores hijos de la Iglesia», que han escuchado la llamada del Señor a ir hasta los confines del mundo, acercándose a todas las gentes para comunicar con obras y palabras la alegría del Evangelio,

 

El año pasado celebrábamos esta Jornada en un contexto especial, dentro del Mes Misionero Extraordinario, que se proponía estimular la conversión misionera de los creyentes y las comunidades bajo el lema ‘Bautizados y enviados’. Este año estamos invitados a celebrarlo en otra situación especial, marcada tristemente por los sufrimientos y desafíos que la pandemia del coronavirus está arrastrando a nivel mundial y de la que los misioneros son protagonistas en los países más afectados. El Mensaje que nos dirige el Papa Francisco con ocasión de esta Jornada se hace eco de todo ello. «Al igual que a los discípulos del Evangelio, dice el Papa retomando la oración del 27 de marzo en la plaza de San Pedro, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero al mismo tiempo importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En este contexto, la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo, se presenta como una oportunidad para compartir, servir e interceder». Así, el Domund de este año, en esta situación, urge a los cristianos a hacer más patente nuestro compromiso con la Iglesia misionera.

 

Desde que Jesús envió a sus discípulos para ser sus testigos hasta el confín de la tierra, la Iglesia continúa su misión para que el amor de Dios se manifieste y pueda tocar los corazones, y transformar las culturas en todo tiempo y lugar, porque nadie está excluido del amor de Dios. Él continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo para esta misión. El lema del Domund de este año, «Aquí estoy, envíame», nos evoca el relato bíblico de la vocación de Isaías, cuando el Señor pregunta: «¿A quién voy a enviar?», y el profeta responde: «¡Aquí estoy, mándame!» (Is 6,8). Hoy, también el Señor sigue haciendo la misma interpelación: “¿A quién enviaré?”. Y espera nuestra respuesta no solo porque nuestros misioneros también necesitan un relevo en su quehacer, sino porque todos estamos llamados a participar activamente en la misión de Jesús. La oración, la reflexión y la ayuda material son oportunidades para participar con compromiso y generosidad.

 

La celebración de esta Jornada mundial en nuestra Iglesia diocesana tiene este año connotaciones específicas, que os invito a vivir con alegría, gratitud y mayor compromiso, si cabe, con lo que este día significa. Nuestra Iglesia en Burgos tiene el carisma especial de la misión desarrollado por tantos laicos, religiosos y sacerdotes, que se han puesto en camino abriendo horizontes de universalidad a la fe. Por ello, es en nuestra ciudad donde se han llevado a cabo diversas actividades en vistas a lanzar la campaña nacional del Domund, 2020. Como ya sabréis, durante estos días, en el claustro bajo de la Catedral, hay una exposición alusiva a la misión de la Iglesia en los cinco continentes. El pasado día 4 presidí la Eucaristía en la parroquia de San José Obrero de Burgos, conmemorando el centenario del Instituto Español de Misiones Extranjeras, Asociación misionera ubicada allí desde su nacimiento y durante muchos años, y lugar donde tantas vocaciones misioneras se fueron configurando. Y como concienciación nacional, el pregón del Domund ha estado a cargo del Presidente del Club de Baloncesto «Hereda San Pablo Burgos» el 14 de octubre en la Catedral.

 

Enviamos hoy, desde nuestra Iglesia Burgalesa, el saludo agradecido, la admiración gozosa y el abrazo entrañable a todos nuestros misioneros que viven para anunciar el Evangelio con la palabra y con la vida en tantos lugares de la tierra. Ponemos sus deseos, proyectos y esperanzas bajo el amparo y protección de Santa María, Madre de Jesús. Que Ella nos conceda también a nosotros su disponibilidad interior para responder al Señor, en lo que entendamos que es su voluntad: «Aquí estoy, Señor, mándame» (cf. Is 6,8).