Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 15 de enero de 2017.

Facebook0Twitter0Google+0EmailWhatsapp

 

El 15 de enero se celebra en la Iglesia la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado con el lema «Menores migrantes, vulnerables y sin voz». Con este tema el Santo Padre quiere «focalizar la atención en los más pequeños entre los pequeños».

 

Mi primera mirada y mi primer saludo en esta Jornada deseo que sea para cada uno de los inmigrantes, especialmente los niños, que se encuentran entre nosotros. Un saludo cercano, cordial y fraterno secundando el deseo del Papa Francisco que nos invita a «acoger el abrazo del Padre para que, a su vez, nuestros brazos se abran para estrechar a todos y que todos se sientan “en casa”, en la única familia humana». Con estas palabras deseo también hacerme portavoz  de nuestra diócesis, que está realizando todo el esfuerzo posible para ayudar y apoyar a quienes proceden de países lejanos y se encuentran en condiciones difíciles. Por ello debo expresar mi sincero agradecimiento a los católicos burgaleses que trabajan pastoralmente en este campo, con la colaboración activa y el protagonismo de los mismos inmigrantes.

 

El fenómeno de la inmigración se extiende a lo largo de la historia humana. En estos años, sin embargo, ha alcanzado una intensidad especial por su amplitud, por su presencia continua en los medios de comunicación, por la dureza y la inmisericordia que lo envuelve.

 

El Papa recuerda el derecho de toda persona a vivir con dignidad; el derecho a no tener que emigrar, a no tener que salir a la fuerza de su tierra; y el derecho a emigrar y a desplazarse cuando las situaciones adversas así lo exigen; derechos que deben ser respetados en la legislación correspondiente y en el corazón de los pueblos a donde llegan. A la globalización del fenómeno migratorio hay que responder con la globalización de la caridad, para una integración digna del emigrante y su familia.

 

Esta necesidad se hace patente especialmente en el caso de los niños, como nos recuerda el lema de este año. Ellos son los más vulnerables y los más expuestos a los abusos, a la explotación y al tráfico de personas. Todos recordamos con horror la imagen de Aylán, el niño sirio de tres años que apareció ahogado en una playa turca. Su hermanito Galip también murió en situaciones trágicas. Toda Europa quedó conmocionada. Pero aquel sentimiento no logró cambiar la actitud general a nivel político y económico.

 

Millares de niños que entran sin su familia en nuestro continente siguen desapareciendo sin que nadie los reclame, los busque o los llore. Su situación es tan precaria que quedan ocultos a los ojos del mundo, desaparece su imagen y su voz. Por eso alguien tiene que hacerse cargo de ellos porque son menores, extranjeros e indefensos, porque tienen derecho a una familia y a la educación que los libere del olvido, de la explotación y de la degradación. ¿Podemos nosotros permanecer indiferentes?

 

Me vienen a la memoria las interpelaciones que el Papa Francisco dirigió al mundo desde Lampedusa: ¿nos preocupamos por esos hermanos que sufren?, ¿somos capaces de llorar con ellos y por ellos? Estas preguntas van también dirigidas a cada uno de nosotros como Iglesia y nos llaman a la acción. La Iglesia apela a los Estados y a la Comunidad internacional para que afronten y solucionen las causas que empujan a tantas personas a abandonar sus países. Pero al mismo tiempo hemos de salir al encuentro de quienes vienen hacia nosotros con su dolor y angustia. La Iglesia, al encontrarlos, siente palpitar su corazón de madre, en sintonía con el corazón misericordioso de Dios.

 

Ante esta realidad, amplios sectores de la población se cierran en sus miedos y reticencias. Sin embargo, muchos miembros de la Iglesia salen de sí mismos, dan el primer paso, se acercan y se involucran con quienes tanto sufren. En el encuentro, en la colaboración y en la celebración, se manifiestan las riquezas personales que tienen los inmigrantes, la fuerza de su esperanza y su vocación de futuro. Esa es la experiencia gozosa de la pastoral con los inmigrantes, que debe convertirse en un tesoro de nuestra Iglesia diocesana.

 

Queridos emigrantes y refugiados: ocupáis un lugar especial en el corazón de la Iglesia y nos ayudáis a sentirnos más hijos de Dios y más hermanos entre nosotros. No perdáis la esperanza. Mirad a la Sagrada Familia, saliendo de su tierra camino de Egipto, con la confianza puesta en el Señor.

 

Os bendigo con todo afecto y os encomiendo a su protección.