Caminos y descaminos de la paz

Cope – 13 enero 2013

Tampoco este año ha defraudado el Discurso del Papa a los Embajadores acreditados ante la Santa Sede, pues ha tenido una densidad y actualidad extraordinarias. El racimo de temas abordados se refiere a los caminos que conducen a la paz y los descaminos que apartan de ella.

Como es habitual en sus parlamentos, Benedicto XVI comienza señalando bien los linderos del campo, a partir de lo que una amplia opinión pública de hoy piensa sobre la paz. Hay “una concepción muy difundida” –dice– que considera la paz como “una búsqueda de compromisos que garanticen la convivencia entre los pueblos o entre los ciudadanos de una nación”. A veces “hoy se nos hace creer que la verdad, la justicia y la paz son una utopía”, más aún “que se excluyen mutuamente”. De ahí que se sostenga que es “imposible conocer la verdad” y que “los esfuerzos por afirmarla desembocan en la violencia”. Así mismo, está muy extendida la idea de que la paz es sólo fruto del esfuerzo humano y que el hombre no necesita a Dios para construirla.

El punto de vista cristiano es muy distinto. Para él “existe un vínculo íntimo entre la glorificación de Dios y la paz de los hombres sobre la tierra”; vínculo que es tan fundamental, que es precisamente el olvido de Dios lo que engendra la violencia. Y lo razona así Benedicto XVI: “En efecto, ¿cómo se puede llevar a cabo un diálogo auténtico cuando ya no hay una referencia a una verdad objetiva y trascendente? En realidad, sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultándole difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz”. El olvido o el desprecio de estas palabras acarrearían perjuicios cada vez más graves a nuestras sociedades, especialmente a las clases más desfavorecidas. Porque cuando no hay una verdad objetiva, que regula los derechos inalienables de todas las personas, la que se impone es “la verdad del más fuerte” en dinero, poder y medios de influencia social. Por desgracia es lo que comprobamos a diario en todas partes.

Sin embargo, Benedicto XVI no sólo ve un “enemigo real” de la paz en el olvido de Dios en las relaciones humanas, sino en “la ignorancia de su verdadero rostro”. Esta ignorancia del rostro verdadero de Dios “es la causa del fanatismo pernicioso de matriz religiosa”. El juicio del Papa es tajante: “Se trata de una falsificación de la religión misma”, porque la religión “busca reconciliar al hombre con Dios, iluminar y purificar las conciencias y dejar claro que todo hombre es imagen del Creador”.

Ahora bien, no sólo existe un fanatismo de matriz religiosa. Existe otro fanatismo de matriz laicista que se opone a la libertad religiosa, para que “se margine la religión en la vida social”, bien porque se usa la “intolerancia” contra ella o “incluso la violencia contra personas, símbolos de identidad e instituciones religiosas”, llegando “al extremo de impedir a los creyentes, especialmente a los cristianos, contribuir al bien común a través de sus instituciones educativas y asistenciales”. Este fanatismo laicista merece un juicio muy duro a Benedicto XVI: “La paz social está amenazada”. El juicio se hace especialmente preocupante para nosotros si tenemos en cuenta que el Papa no duda en afirmar que “para salvaguardar de hecho el ejercicio de la libertad religiosa es esencial respetar el derecho a la objeción de conciencia”. Están en juego principios que son frontera de la libertad y que “están enraizados en la dignidad de la misma persona humana”. Por eso, “prohibir, en nombre de la libertad y el pluralismo, la objeción de conciencia individual e institucional, abriría las puertas a la intolerancia”. Una advertencia que nunca deberíamos olvidar.

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