Fiesta de S. Lesmes

Parroquia de S. Lesmes – 27 enero 2013

Con ilusión volvemos en este día a contemplar la figura del patrón de la ciudad: Lesmes abad. Ordinariamente prestamos atención a ciertos rasgos de su personalidad: entrega a los pobres, acogida a los peregrinos, vida de oración como buen monje, servicio a la ciudad colaborando con sus regidores, los milagros, la generosidad al dejar su patria para trasladarse a Castilla. Hoy os invito a fijarnos en algo que tenemos muy a la vista, pero que quizá no valoramos en todo su pleno sentido y eficacia.

San Lesmes, con la poderosa ayuda de la autoridad real, fue el promotor de un monasterio benedictino. En el archivo municipal se conserva la carta fundacional fechada el 3 de noviembre de 1091. Alfonso VI era consciente de que la instalación de una comunidad benedictina a las puertas de la ciudad supondría un impagable beneficio a todos sus moradores y a los que vinieran después. Aún quedan en pie parte de sus instalaciones como testigos de un fructífero pasado: los muros del templo con el eco de la salmodia, el claustro donde resuenan los cantos procesionales de la comunidad, las estancias lugar de trabajo y estudio, la sala capitular escenario de las reuniones conventuales, la torre campanario que convocaba a los oficios litúrgicos.

No es este el momento para hacer relación de lo acontecido con este antiguo cenobio, sino para reflexionar sobre el legado espiritual o religioso que todavía podemos descubrir en estas históricas ruinas. El Papa nos anima a que en este Año de la Fe echemos la vista atrás y volvamos a recorrer la “historia de nuestra fe” (PF 13). La fe de la comunidad cristiana que vive en Burgos se alimentó, entre otras fuentes, del Monasterio de san Juan, donde vivió la primera comunidad religiosa de la ciudad, que permaneció alentando y sosteniendo a los creyentes desde el final del siglo XI hasta el primer tercio del XIX. Los monjes, entregados de por vida a Dios y a sus prójimos, fueron un faro luminoso que orientó hacia Dios a los moradores de esta ciudad.

Los benedictinos supieron enseñar con la palabra y el ejemplo el arte de la paz, sirviéndose de los tres “vínculos” necesarios para conservar la unidad del Espíritu entre los seres humanos: la Cruz, que es la ley misma de Cristo; el libro, es decir la cultura; y el arado, que indica el trabajo, el señorío sobre la materia y el tiempo. Decía Benedicto XVI en un monasterio de esta orden: “gracias a la actividad de los monasterios, articulada en el triple compromiso cotidiano de la oración, del estudio y del trabajo, pueblos enteros del continente europeo han experimentado un auténtico rescate y un benéfico desarrollo moral, espiritual y cultural, educándose en el sentido de la continuidad con el pasado, en la acción concreta a favor del bien común, en la apertura hacia Dios y a la dimensión trascendental” (Alocución en Montecasino).

La vida monacal, por sí misma, es un testimonio vivo de los valores evangélicos que se contrastan con la enseñanza del Maestro: “de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma” (Lc 9,25). El monje no es un cobarde que se refugia porque tiene miedo a los avatares de la vida, sino un cristiano que ha entendido que Dios le pide emprender el camino del desprendimiento para indicar a sus hermanos los hombres dónde está la verdad para combatir el relativismo que desorienta a la humanidad. Si no hay nada que entendamos como “la verdad”, entonces ¿sobre qué bases y principios podremos fundamentar los grandes avances sociales: la tolerancia y la sociabilidad, la libertad religiosa, los derechos de conciencia, el auto-gobierno democrático y la igualdad ante la ley? Si la única medida de nosotros somos nosotros mismos, se cierra el horizonte de nuestras aspiraciones.

Lesmes sembró en la comunidad naciente, llamada a perpetuarse, que la firmeza en las convicciones basada en la fe sólo es posible cuando se acoge la enseñanza evangélica: “buscad el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). El ser humano, sin Dios, ni se realiza plenamente ni puede ser realmente feliz. Los monjes que habitaron las estancias del Monasterio de san Juan, trataron, con todas sus limitaciones humanas, de ser ejemplo vivo de esta relación interior y profunda con Dios, intentando poner por obra el programa que su regla sintetizó: “no anteponer nada al amor de Cristo” (Regla 4, 21). Esta propuesta de santidad, válida para todo cristiano, más que nunca lo es en nuestra época, en la que se evidencia la necesidad de anclar la conducta y la historia en firmes puntos de referencia espirituales.

Con este estilo de vida el monasterio, promocionado por Lesmes, fue centro de diálogo, de encuentro y benéfica fusión entre gentes diversas, unificadas por la cultura evangélica de la paz. Durante años aquí desarrollaron su vida monacal monjes venidos de la abadía francesa de “Casa Dei”. A su puerta llamaron peregrinos de toda Europa. Lo mismo se relacionaron con los monjes las autoridades y los intelectuales burgaleses, que los aparceros y renteros del coto conventual, los pobres y los desheredados. En el seno de la comunidad se integraron personajes salidos de las altas esferas de la sociedad burgalesa y de las gentes sencillas y bien intencionadas.

Terminamos recordando que junto al monasterio, pobre o floreciente, siempre estuvo el Hospital de san Juan, atendido por la comunidad benedictina hasta la desamortización. En él encontraron alivio los enfermos, consuelo los tristes y acogida los peregrinos. Evocar su trayectoria debe ser un despertador para nuestra generosidad. Así secundaremos la recomendación que nos hace el Papa cuando nos aclara que este Año de la Fe puede ser una oportunidad para intensificar el “testimonio de la caridad” (PF 14). Para nuestra sensibilización recordemos las apremiantes palabras del apóstol Santiago: “¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: ‘Id en paz, abrigaos y saciaos’, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe” (St 2,14-18).

El mejor homenaje que podemos ofrecer a nuestro santo patrono es repasar la memoria del que fue Monasterio de san Juan y comprometernos a profundizar en los principios que movieron a sus moradores. Éstos nos ayudarán a dar menos valor a lo pasajero y más a lo definitivo y trascendente; a abrir el corazón a todos sin distinción; y, a servir a nuestros compatriotas trabajando por una ciudad mejor, en la que no haya nadie que por nuestra desidia y desinterés pueda pasarlo mal por falta de lo más necesario para su vida. Confiamos en que san Lesmes nos consiga la fuerza que precisamos para realizarlo.

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