Fiesta de Sto. Tomás de Aquino

Facultad de Teología – 28 enero 2013

Un año más celebramos la fiesta de nuestro Patrono, Santo Tomás de Aquino. El marco de nuestra celebración no puede ser otro que el Año de la Fe, ya que es el marco en el cual nos estamos moviendo todos los cristianos. Con este motivo, podríamos hacer nuestra, la pregunta que se formulaba, en Fossanova, el Papa Pablo VI en 1974, con ocasión del VII Centenario del santo, cuando le decía: “Maestro Tomás, ¿qué lección nos puedes dar?”. Nosotros podríamos formulársela así: “Maestro Tomás, ¿qué lección de fe nos puedes dar a quienes nos preparamos para el ministerio sagrado o el ejercicio responsable de la vocación laical y religiosa, a quienes nos dedicamos a la enseñanza de la teología y de la filosofía en una Facultad teológica, a quienes –como sacerdotes– somos ministros de la Palabra?

La respuesta para los que os encontráis en el periodo de formación, nos la da Santo Tomás en lo que fue su programa formativo. Él lo describe en tercera persona y guardando el anonimato, en aquellos certeros consejos que da a un estudiante: “Pureza exquisita de conciencia; aplicación incansable en las horas de estudio; esfuerzo para comprender a fondo cuanto se lee y oye; trabajo para superar toda duda y llegar a la certeza; refugiarse cuanto puedas en la sala de armas del espíritu”. Santo Tomás estuvo dotado de una inteligencia absolutamente excepcional. Pero sin el esfuerzo tenaz, la laboriosidad perseverante y el estudio sacrificado de las cuestiones, su inmenso talento habría quedado estéril o muy mermado.

Ahora bien, este empeño y esfuerzo en el estudio no procedía del deseo de brillar y sobresalir, sino que –como aseguran sus biógrafos– era consecuencia de querer responder a lo que fue la gran cuestión de su vida, incluso desde su juventud: ¿Quién es Dios? Estudiaba con ahínco y con inmensa dedicación no porque tuviera dudas sobre Dios, sino porque tenía un ansia inmensa de saber y un amor apasionado a la verdad. Esta ansia de conocer quién es Dios, de sumergirse en el océano infinito de su ser y de su sabiduría está en la base de su dedicación al estudio en los años de estudiante. Ya entonces, nunca hubo para él ni dualidad ni oposición entre el estudio y la oración, entre la acción y la contemplación.

Queridos estudiantes: el Año de la fe ha de ser para vosotros, ante todo y sobre todo, un año de fuerte impulso al estudio y al estudio serio, que no esté motivado –única o principalmente– por el deseo de pasar el curso sino de ahondar en el conocimiento de Dios para, así, amarle más y para poder darlo a conocer y hacerlo amar a los demás. Sería una esquizofrenia –que no agradaría a Dios– dedicarse a otras cosas a expensas del estudio y de la reflexión de los problemas que vais viendo en filosofía y en teología.

La respuesta a los que sois profesores de esta Facultad la encontráis en los diversos ciclos en los que santo Tomás se dedicó a la enseñanza. Comenzó en Colonia, pero enseguida pasó a París –principal escenario de su magisterio–, a propuesta de su gran maestro san Alberto y del cardenal Hugo de Sancaro. Allí se estrenó como bachiller bíblico y luego como sentenciario en el Estudio General de Santiago. No fue fácil su comienzo, pues su docencia fue fustigada durante cuatro años por Guillermo de Santo Amor y los seculares, en una polémica que hoy nos resulta ridícula, y en la que él fue una de las piedras de mayor escándalo. Su dedicación fue tal, que escribió los Comentarios a la Sagrada Escritura y al Maestro de las Sentencias, Pedro Lombardo, sus tratados De Trinitate y De veritate y el comienzo de la Summa contra gentiles.

Luego tuvo que trasladarse a Italia, donde durante nueve años desarrolló la más intensa y fecunda etapa de su vida. Allí fue profesor universitario, seguido con entusiasmo por los alumnos; y consultor pontificio de máxima autoridad a quien le llueven consultas y dictámenes de jerarcas de la Iglesia. A este momento pertenecen también las conversaciones que juntaron a san Alberto Magno y a santo Tomás con el Papa Urbano IV y que terminaron con el encargo oficial a Tomás de corregir y depurar los estudios filosóficos aristotélicos para que pudieran servir eficazmente al estudio de la teología. En esta época terminará la Summa contra gentiles, escribe su Catena aurea y da comienzo a su obra trascendental: la Summa Teologiae, que concluirá en París.

Nuevamente en París, comienza la segunda etapa de su enseñanza universitaria. No sólo continúa la Summa y compone otros importantes tratados teológicos, sino que comenta ampliamente los escritos de Aristóteles. No obstante, el ambiente de huelgas y desórdenes, de intrigas y de luchas volvieron a interrumpir sus tareas docentes en París y se trasladó nuevamente a Nápoles, reclamado para regentar la cátedra en la Universidad de su ciudad natal.

Breve fue esa última etapa de su magisterio en Nápoles. Otra actividad cobrará desde este momento un relieve especial: el ministerio de la predicación. Fueron muy famosos sus sermones de Semana Santa de 1267, en Santa María la Mayor de Roma. De ellos se ha escrito: “Conmovió al pueblo hasta las lágrimas cuando hablaba de la Pasión de Cristo y el día de Pascua le movió hasta los mayores trasportes de alegría, asociándole al gozo incontenible de la Santísima Virgen por la Resurrección de su Hijo”. No obstante, quizás los sermones más patéticos e impresionantes sean los que predicó el año antes de su muerte (1273) en la Iglesia de Santo Domingo de Nápoles en dialecto napolitano. Guillermo de Tocco ha dejado escrito sobre ellos: “La muchedumbre se agolpaba para escucharle como si se tratase del mismo Dios”. Detrás de una evidente hipérbole, se descubre la densidad de contenido, la claridad de la exposición y el ardor espiritual del gran hijo de santo Domingo.

¿De dónde extraía santo Tomás la ciencia de sus tratados y la fuerza de su predicación? De la contemplación de las cosas de Dios en la presencia de Dios. Es conocida la anécdota de golpear la puerta del sagrario cuando estaba escribiendo su obra de mayor madurez: el tratado sobre la Eucaristía. No se fiaba de su talento ni de su esfuerzo. Necesitaba la luz de Dios.

Queridos profesores: ¡Qué fe tan gigante y tan operativa la de nuestro Patrono! Yo os invito en este Año de la Fe a que purifiquéis vuestras intenciones a la hora del estudio y de las clases, a que intensifiquéis vuestra piedad, sobre todo, la eucarística, a que examinéis en presencia de Dios si estáis dedicando a la predicación –con la palabra y los escritos– lo que Dios espera de vosotros; en una palabra: a que ahondéis en la unidad de vida, de modo que el estudio, las clases, las publicaciones y las predicaciones broten de la misma fuente y conduzcan al mismo fin: Dios. Amén.

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