Jueves Santo

Catedral – 28 marzo 2013

Acabamos de escuchar el relato de la Pascua judía según el libro del Éxodo. La Pascua fue desde entonces la fiesta principal judía. Al principio se celebraba en familia y en el lugar donde cada uno residía. Con el paso del tiempo, se celebró en Jerusalén. Allí se inmolaba un cordero en el Templo y después se le comía en casa y en familia. Todo Israel debía acudir en peregrinación a la Ciudad Santa, para volver a sus orígenes, para ser recreado de nuevo, para recibir otra vez su salvación, su liberación. La Pascua representaba ese retorno anual de Israel a aquello que lo había fundado y continuaba edificándolo en todo momento, a su ininterrumpida defensa y a la nueva creación de sus orígenes.

Jesús celebró la Pascua conformándose al espíritu de esta prescripción: en casa, con su familia, con los apóstoles, que se habían convertido en su nueva familia. Nosotros somos ahora la familia de Jesús, la que fundó con sus compañeros de peregrinación, con los amigos que con él recorren el camino del Evangelio a través de la tierra y de la historia. La Iglesia es la nueva Jerusalén viviente, cuya fe es barrera y muralla contra las fuerzas del mal, que amenazan y se confabulan para destruir el mundo.

Porque no podemos menos de ver la fuerza del mal y cómo surgen –precisamente en el seno de una sociedad desarrollada que parece saberlo y poderlo todo–, las fuerzas primordiales del mal que se oponen a lo que esa sociedad define como progreso. Vemos cómo un pueblo que ha llegado a la cúspide del bienestar, de la capacidad técnica y del dominio científico del mundo, puede ser destruido desde dentro, y cómo la creación misma es amenazada por las oscuras potencias que anidan en el corazón del hombre y cuya sombra se cierne sobre el mundo.

Sabemos por experiencia que la técnica y el dinero no pueden, por sí solos, alejar la capacidad destructiva del mal. Únicamente pueden hacerlo las murallas auténticas que el Señor nos ha construido y la nueva familia que nos ha dado. Por este motivo, la fiesta pascual, que nosotros hemos recibido de Israel y de Cristo, tiene también una importancia social de primer orden.

Nuestros pueblos de Europa necesitan volver a sus fundamentos espirituales si no quieren perecer, víctimas de la autodestrucción; necesitan volver a la Pascua de Jesucristo, que es la fiesta de nuestros orígenes. Jesucristo celebró su Pascua en Jerusalén, pero no con un Cordero inmolado en el Templo, sino con la entrega de sí mismo, nuevo y definitivo Cordero Pascual, inmolado en el nuevo Templo de su Cuerpo. La sangre de ese Cordero, como la del cordero Pascual del Éxodo, fue sangre de liberación. Pero a diferencia de aquella, fue una sangre que se derramó de una vez para siempre, porque reconcilió –también de una vez para siempre– a los hombres con Dios. Esa Pascua es la que actualizamos cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, porque, cada vez que la celebramos, anunciamos la muerte del Señor hasta que él vuelva.

Por eso no podemos dejar de celebrarla. Pero hay que celebrarla con verdad. Es decir: en un clima y con unas disposiciones personales y comunitarias acordes con el misterio. Nos lo ha recordado la segunda lectura, cuando nos alertaba de que la Eucaristía no se puede celebrar de cualquier modo sino según “el modo del Señor”, según quiere el Señor.

El evangelio nos ha señalado que “ese modo” es el amor y el servicio a los demás. Jesús, el Hijo, lava los pies sucios del hombre. El Señor acepta y realiza el servicio del esclavo, lleva a cabo el trabajo más humilde, el más bajo quehacer del mundo.

El lavatorio de los pies representa para Juan aquello que constituye el sentido de la vida entera de Jesús: el despojarse de las vestiduras de gloria; el inclinarse hacia nosotros en el misterio del perdón; el servicio de la vida y de la muerte humanas. Para san Juan, la vida y la muerte de Jesús no están la una al lado de la otra, sino en una relación tan íntima, que únicamente en la muerte de Jesús se manifiesta la sustancia y el verdadero contenido de su vida. Vida y muerte revelan el acto de amor que llega hasta el extremo, un amor infinito, que es el único lavatorio verdadero del hombre, el único lavatorio capaz de prepararle para la comunión con Dios, es decir, capaz de hacerle libre.

En este contexto, no carece de interés poner de relieve que San Juan no habla de un amor universal entre todos los hombres, sino únicamente del amor que ha de vivirse en el interior de la comunidad de los hermanos, es decir, de los bautizados. Entendidas sus palabras en el contexto de todo el Nuevo Testamento, en su indivisible unidad, Juan expresa una verdad muy importante; a saber: que el amor en abstracto nunca tendrá fuerza en el mundo si no hunde sus raíces en comunidades concretas, construidas sobre el amor fraterno. La civilización del amor sólo se construye partiendo de pequeñas comunidades fraternas. Hay que empezar por lo concreto y singular para llegar a lo universal. La construcción de espacios de fraternidad no es hoy menos importante que en tiempos de San Juan.

El relato del lavatorio de los pies tiene, por tanto, un contenido muy concreto: que los cristianos han de estar siempre dispuestos a hacerse esclavos los unos de los otros, y que únicamente de este modo podrán realizar la revolución cristiana y construir la nueva ciudad. Como nos ha recordado el Papa Francisco –y nos lo recuerda continuamente con su modo de presentarse y actuar–, el servicio es el verdadero poder de los cristianos.

Al finalizar la liturgia del Jueves Santo, la Iglesia imita el camino de Jesús trasladando al Santísimo desde el tabernáculo a una capilla lateral, en nuestro caso al marco incomparable de la Escalera Dorada. En esta improvisada capilla rezamos los fieles que queremos acompañar a Jesús en la hora de su soledad. Este camino del Jueves Santo no ha de quedar en mero gesto y signo litúrgico. Ha de comprometernos a vivir desde dentro su soledad, a buscarle siempre, a él, que es el olvidado, el escarnecido, y a permanecer a su lado allí donde los hombres se niegan a reconocerle. Este camino litúrgico nos exhorta a buscar la soledad de la oración. Y nos invita también a buscarle entre aquellos que están solos, de los cuales nadie se preocupa, y renovar con Él, en medio de tanta tiniebla, la luz de la vida, que «Él» mismo es.

Hermanos: sigamos participando con el mayor amor y fervor en esta Eucaristía, esta Pascua, memorial verdadero de aquella que el Señor celebró de una vez por todas en el altar de la Cruz y adelantó sacramentalmente a la Última Cena.

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