Viernes Santo

Catedral – 29 marzo 2013

Una vez más, queridos hermanos, hemos vuelto a proclamar y escuchar el relato impresionante de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan. Y, una vez más, nos habremos sentido interpelados, porque la Pasión del Señor no deja a nadie indiferente. Quizás fuera lo más conveniente quedarnos un rato en silencio y contemplar ese misterio insondable de amor y de entrega. Pero quiere nuestra Madre la Iglesia que el celebrante principal diga unas palabras que ayuden a los fieles a comprender un poco más ese misterio y a moverles a su imitación. Permitidme, pues, que reflexione en alta voz sobre lo que hemos escuchado.

1. ¿Qué nos sugiere la Pasión y Muerte de Nuestro Señor? Pienso que, en primer lugar, lo mismo que le sugirió a san Pablo. Pablo había sido un perseguidor encarnizado de Jesús. Era tal su odio al Crucificado, que no se contentaba con atemorizar a sus discípulos en Jerusalén, sino que iba a buscarles a la lejana Siria para hacerles prisioneros y meterles en la cárcel. Pero Jesús no era enemigo de Pablo, no le odiaba a muerte, no quería su destrucción. Todo lo contrario, quería su salvación. Por eso, se le hizo encontradizo en el camino de Damasco, le derribó del caballo y le convirtió. Pasados unos años, Pablo reflexiona sobre este misterio y se pregunta cómo es posible que él –el perseguidor– sea ahora el propagandista de Jesucristo entre los gentiles. Y llega a esta conclusión: “Jesucristo me amó y se entregó a la muerte por mí”.

Efectivamente, esa era la razón última, la causa más profunda y verdadera de su conversión. Jesús le amaba tanto, que había dado la vida por él. Él no podía hacer otra cosa que pagarle con la misma moneda.

Queridos hermanos: Cada uno de nosotros puede decir lo mismo sin miedo a equivocarse. Cada uno podemos repetir con san Pablo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”. Nadie ha hecho tanto por nosotros, nadie hará tanto por nosotros. Sea cual sea nuestra situación moral; aunque estemos muy alejados de Dios y de la Iglesia; aunque le hayamos ofendido mucho con nuestras blasfemias, con nuestras lujurias, con nuestros odios y rencores, con nuestros malos comportamientos y proyectos…, pase lo que pase, sigue siendo verdad que él ha muerto por nosotros y nos espera para darnos un abrazo de perdón y ayudarnos a rehacer nuestra vida. ¡Hermanos, no olvidemos nunca esta verdad: Dios ha muerto por nosotros, por amor nuestro!

2. Esto mismo pueden pensarlo y decirlo todos los hombres y mujeres del mundo. Nosotros tenemos que ayudarles a que lo puedan decir, pues son muchos los que han dejado de creer en Dios y en su amor. Les pasa lo que al mendigo que el verano pasado paró a dos sacerdotes de nuestra diócesis en el Arco de Santamaría para pedirles una limosna. En realidad no quería una ayuda material, sino otra cosa: quería que le escucharan y le oyeran esta terrible confesión: “A mí no me quiere nadie, a mí no me quiere nadie”. –No es verdad, le contestó uno de ellos. A ti te quiere Dios. Y te quiere tanto, que ha dado la vida por ti.

Hay mucha gente que no hace esta confesión, pero lo siente y se lo repite a sí mismo desesperado. Puede estar muy cerca de nosotros; en nuestra propia familia o entre nuestros amigos y conocidos. Nosotros hemos de ayudarles a sentirse queridos y amados de Dios. Tenemos que decirles que se dejen querer de Dios, que acojan el amor de Dios.

Para esto es necesario que perdamos el miedo y la vergüenza para hablar de Dios. Ha pasado ya el tiempo de ser cristianos de media hora de misa a la semana y poco más. Como nos está recordando el Papa Francisco todos los días, hay que salir al encuentro de los demás. Hay que ir a buscar a los alejados, a los que se han ido por flojera y por comodidad, a los que nunca descubrieron el rostro verdadero de Jesucristo y le confundieron con un conjunto de normas y preceptos. Hermanos: ¡La Pasión de Jesucristo nos está urgiendo a ser apóstoles!

3. Una última reflexión. Durante su ministerio público, Jesús pronunció esta sentencia: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da fruto abundante”. Era una glosa por adelantado de su Pasión. Si Jesucristo se hubiese contentado con una vida cómoda y fácil, o una vida dedicada a cosechar aplausos y parabienes, se habría ahorrado todos los dolores y sinsabores que le causó su fidelidad incondicional a la misión que el Padre le había encomendado. Habría sido un grano sin sembrar y, por ello, un grano infecundo. Él prefirió ser grano de trigo sembrado y morir por los hombres. La cosecha no pudo ser más abundante: salvó a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos de sus pecados y de la muerte eterna.

Hermanos: hay que hacerse trigo de Cristo y morir a nosotros mismos: a nuestra comodidad, a nuestros esquemas mentales anquilosados, a nuestra rutina, a nuestro cristianismo dulzón y sin cruz. Hay que complicarse la vida por los demás. Vale la pena. Fijaos en lo que ocurre, por ejemplo, cuando un matrimonio se decide a ser generoso en la trasmisión de la vida y a dedicar muchas horas a la educación de sus hijos. No cabe duda que ha de cargar con muchas privaciones, con muchos sacrificios, con muchos esfuerzos. Tiene que hacerse grano de trigo y morir. Pero, cuando pasen los años, al mirar hacia atrás, se dará cuenta de que su vida no ha sido estéril; al contrario, ha dado fruto abundante. Exactamente, lo contrario que al que sólo busca su comodidad, pasarlo bien. Cuando se encuentra en la montaña de la vida y mira hacia atrás se siente insatisfecho, fracasado, y con la amargura de no haber hecho lo que podía y debía hacer.

Hermanos: Sigamos meditando la Pasión de Jesucristo, sigamos ahondando en su misterio, sigamos dejándonos impresionar por su infinito amor, y no dudemos en acercarnos a recibir el abrazo de su perdón en el sacramento de la Penitencia.

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