Sin vida, no hay futuro

Cope – 14 abril 2013

Siempre que he leído los muertos que causó la segunda guerra mundial, me he quedado estremecido. Pero esa cifra, tremenda, ha quedado hecha trizas con las muertes causadas por el aborto. Sólo en China, cerca de trescientos cincuenta millones, es decir, el equivalente a más de tres guerras mundiales. Si a ellos añadimos los que se producen en los Estados Unidos, Japón y Europa, uno se siente sumamente entristecido, además de abochornado, y urgido a denunciar estas atrocidades y apoyar cuantas iniciativas se tomen para erradicar esta lacra, que abochorna a una sociedad que quiera merecer tal nombre.

España no es una isla en medio de este océano abortista, sino que participa muy activamente en toda esta barbarie mundial. Los hechos no pueden ser más probatorios: cada 4,4 minutos se produce un aborto, lo que equivale a 324 cada día; desde que se aprobó la ley del aborto, en 1985, se han producido un millón seiscientos noventa y tres mil trescientos sesenta y seis (1.693.366), que es el equivalente a la población de las comunidades de Navarra, La Rioja y Cantabria juntas; la inmensa mayoría se produjeron durante las 12 primeras semanas y uno de cada dos abortos lo cometen chicas de entre 20 y 30 años. Por otra parte, el aborto ‘libre’ es un hecho, pues 9 de cada 10 abortos se realizan “a petición de la mujer” y sin aducir ningún tipo de causa.

Todo esto reclama que todos y cada uno de los ciudadanos tomemos conciencia de que las cosas no pueden seguir así y nos impliquemos a fondo en cuantas acciones sean necesarias para acabar con esta situación. Es urgente que nuestra compasión se movilice para liberar a tantas mujeres de los grandes sufrimientos que conlleva un aborto provocado. ¡Cuántas personas rotas durante años y, a veces, durante toda la vida!

Además, hay que unirse para exigir que las Administraciones realicen una verdadera política de prevención basada en el incremento de ayudas sociales, incluidas las económicas, para la mujer embarazada. Así mismo es urgente instrumentar una política de formación e información preventiva que incluya, sobre todo, las alternativas que existen al aborto y las consecuencias del mismo para la mujer.

Un objetivo fundamental ha de consistir en impulsar el desarrollo de políticas públicas que garanticen el derecho del niño en el periodo prenatal y el derecho de la mujer a la maternidad, removiendo los obstáculos que lo impiden, así como la inclusión expresa del aborto como violencia contra la mujer.

En este contexto se entiende bien que los ciudadanos reclamen a quienes votaron como representantes suyos, que deroguen la actual ley del aborto, implanten medidas de apoyo destinadas a la mujer embarazada, aumenten los recursos públicos tanto de organismos como de dotaciones presupuestarias, elaboren e implanten un Plan Nacional sobre la Natalidad, incluyan expresamente el aborto como violencia contra la mujer y el niño en el periodo prenatal, y regulen el consentimiento específico, de modo que la embarazada sea informada con verdad sobre las secuelas que un aborto puede dejar para su salud física y sicológica.

España, como el resto de Europa, se ha convertido en un inmenso espacio gerontológico y sin futuro, si no cambian las políticas actualmente existentes sobre el aborto y la protección de la natalidad. Alguna vez me he preguntado si –detrás de la promoción del aborto en España y en Europa– no existirá la mano negra del colonialismo que, bajo el señuelo del bienestar, lo que realmente esconde es el deseo eficaz de someter a quienes pueden hacerle sombra. Sea o no exacta esta apreciación, lo que no admite dudas es que o damos la alternativa al aborto con la promoción y defensa de la vida, o nos condenamos a pasar a la historia como una sociedad bárbara y que cavó su propia tumba.

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