Un signo de esperanza y de la fidelidad de Dios

Cope – 21 abril 2013

Todos hemos visto un rebaño. Delante de él va siempre un pastor que abre camino, marca el ritmo y señala la orientación. Ayudado por un mastín, conduce a las ovejas por veredas, rastrojales y praderas en busca de pasto y abrevaderos. Si llega el caso, las defenderá del lobo o de cualquier otro animal de presa. ¡Pobres ovejas si carecieran del cuidado amoroso de su pastor! Jesucristo tenía experiencia personal y cultural de ovejas, rebaños y pastores. De hecho, Israel había sido un pueblo de pastores y el Antiguo Testamento había cantado a Yahvé como el Pastor de su Pueblo. En su infancia, también había visto cómo los pastores de Nazaret sacaban cada mañana a pastar a sus ovejas. Por todo esto, le pareció muy adecuado describir su misión redentora con el símil del Pastor: “Yo soy el Buen Pastor, que da la vida por las ovejas”. Así mismo, cuando entregó a Pedro el cuidado de quienes serían discípulos suyos, volvió a recurrir a la misma comparación: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”. Desde entonces, los apóstoles, primero, y luego los obispos y los sacerdotes han sido llamados “pastores de la Iglesia”.

Hoy es su día, porque es el domingo del Buen Pastor y, por tanto, el día de quienes comparten con él esa maravillosa tarea. Digo “maravillosa”, porque nada hay comparable en este mundo con el dar la vida por las ovejas que Dios encomienda a nuestro cuidado. Quizás algunos no lo perciban así, pero la realidad es que quienes recibimos la vocación de dedicarnos al cuidado amoroso de los fieles, recibimos el mayor regalo al que se puede aspirar en este mundo. El pueblo cristiano así lo ha percibido durante siglos. Todavía hoy son muchos los que siguen viendo las cosas de este modo. Otros, en cambio, ya no lo ven así y, a lo sumo, consideran que el sacerdocio es una carrera más, aunque no sea humanamente brillante. Esto, unido a otras muchas causas, explica que en este momento casi todas las naciones de Europa estén padeciendo una importante disminución de sacerdotes. En algunos casos, la disminución lleva el marchamo de alarmante.

Por este motivo, el Papa Pablo VI instituyó la Jornada Mundial de las Vocaciones, Jornada que se celebra el cuarto domingo de Pascua, que es el de hoy. Es un día destinado, sobre todo, a tomar más conciencia de la necesidad ineludible que las comunidades cristianas tienen de buenos y sabios pastores; a pensar que las vocaciones son el termómetro de la vitalidad de la fe de las familias y parroquias; y a suplicar insistentemente al Señor no sólo que suscite abundantes vocaciones sino que quienes reciben esa llamada, respondan con prontitud, docilidad y alegría. El Papa Benedicto XVI señaló en el Mensaje para la Jornada de este año que “las vocaciones sacerdotales y religiosas nacen de la experiencia del encuentro personal con Cristo, del diálogo sincero y confiado con él, para adentrarse en su voluntad”. Por eso, nos instaba a “crecer en la experiencia de fe”, alimentarla “por la participación en los sacramentos, especialmente la eucaristía”, y llevar “una fervorosa vida de oración”.

Por otra parte, animaba a los jóvenes a no tener miedo de seguir a Jesucristo y “recorrer con intrepidez los exigentes senderos de la caridad y del compromiso generoso”. Porque ese seguimiento, les hará “felices” y les demostrará que él da un “gozo que el mundo no puede dar”. Si “la respuesta a la llamada divina para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana”, nada mejor podemos desear ni pedir hoy a Dios que muchas y santas vocaciones sacerdotales y religiosas. Con plena confianza en la fidelidad de Dios, pidámosle este inmenso don, del que su Pueblo tiene tanta necesidad.

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