Historia, significado y devoción del mes de mayo

Cope – 28 abril 2013

Ocurrió en Roma una hermosa noche de mayo de finales del siglo XVIII. Un niño pobre reunió a sus compañeros y los condujo a una estatua de la Virgen María, a cuyos pies ardía una lámpara. Delante de la imagen, aquellas voces frescas cantaron la Letanía de Nuestra Señora. El pequeño grupo volvió a reunirse al día siguiente, pero acompañado de más niños. Las siguientes veces fueron las mamás las que se unieron. Pronto se formaron nuevos grupos y la devoción se popularizó enseguida. Muchas almas piadosas vieron en esta devoción una ocasión solemne y pública para reparar el desorden en la conducta que la llegada de la primavera propicia y acrecienta y decidieron apoyarla con empeño. Así fue fundado el Mes de María.

El primer año de su pontificado escribió el Beato Juan Pablo II: “El mes de mayo nos estimula a pensar y a hablar de modo particular de Ella. En efecto, este es su mes. El periodo del año litúrgico (la Resurrección) y el mes de mayo llaman e invitan a nuestros corazones a abrirse de manera singular a María”. Muchas generaciones de cristianos lo han hecho así y no se arrepienten. Porque, si este mes es el momento en el que desde las iglesias y hogares cristianos suben al cielo oraciones más confiadas a la Santísima Virgen, también es el mes en el que “desde su trono descienden hasta nosotros los dones más generosos y abundantes de la Divina Misericordia” (Pablo VI). No puede ser de otro modo, porque “Dios quiere que no tengamos nada que no pase por manos de María” (san Bernardo).

La devoción a María no es algo de lo que se puede prescindir. ¡Es una necesidad! Porque María ha sido asociada indisolublemente por Dios a la obra de la salvación realizada por su Hijo. María dio al Hijo de Dios “el instrumento” con el que pudo realizar la salvación; instrumento que no era otro que el de su santísima Humanidad. Dios, que tenía que hacerse hombre para salvar al hombre, no se hubiera hecho tal sin la cooperación, libre y responsable, de María.

Los cristianos tienen una santa intuición para comprender que han de estar cerca de María y que el mes de mayo es una oportunidad de oro para honrarla, meditarla e implorarla. Hay muchos modos de hacerlo. Uno muy sencillo es ofrecer flores a la Virgen. La gente regala flores a las personas que ama. Esa muestra de cariño, puede convertirse –y de hecho se convierte en tantas ocasiones– en una altísima oración.

Mayo ofrece también la oportunidad de reflexionar y meditar en los grandes momentos de la Virgen María y en sus dogmas principales. Los misterios principales de María son: la Anunciación –momento cumbre de la historia–, la Visitación a su prima Santa Isabel, el Nacimiento de Jesús, la búsqueda del Niño perdido y hallado en el Templo de Jerusalén, las bodas de Caná y al pie de la Cruz. Los grandes dogmas marianos son: su Maternidad divina, su Inmaculada Concepción, su perpetua Virginidad y su Asunción a los cielos.

El mes de Mayo es un espacio de tiempo suficientemente amplio para darle vueltas a las principales virtudes de la Virgen María y tratar de llevarlas a nuestra vida. María fue una mujer que vivió siempre cerca de Dios. Una mujer humilde, piadosa, trabajadora, olvidada de sí misma para darse a los demás, servicial, entregada al cuidado de su esposo san José. Supo aceptar siempre con docilidad lo que Dios le pedía, aunque no lo entendiera. Consagró su vida: sus proyectos, sus afanes, su tiempo a Jesús. Y todo ello, dentro de un esquema de vida sumamente sencillo.

Cuando hagamos una romería a la ermita de nuestro pueblo o comarca, cuando llevemos un ramo de flores a una imagen de María, cuando recemos el Santo Rosario o la Salve, cuando trabajemos, cuando tengamos que prestar un servicio o cambiar un proyecto nuestro por otro de Dios…, hagámoslo con y por María.

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