Colación de ministerios laicales

Seminario Diocesano – 11 mayo 2013

Una vez más nos reunimos para participar en el rito de lectorado y acolitado, que van a recibir estos hermanos nuestros. Me gustaría dialogar con vosotros sobre estas tres palabras, que son como la síntesis o el resumen: ministerio, lector y acólito.

1. ¿Qué significa ministerio? Como todos sabemos, la obra de nuestra salvación es una obra trinitaria. El Padre la proyectó desde toda la eternidad; el Hijo la realizó en el tiempo en que vivió entre nosotros; y el Espíritu Santo la actualiza en el ‘hoy’ de la Iglesia, desde Pentecostés hasta la segunda y definitiva venida de nuestro Señor Jesucristo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son los protagonistas de la salvación de los hombres y de la creación. Dios es quien nos salva y nos santifica.

Ahora bien, Dios ha querido contar con personas que le ayuden a realizar esta tarea. En primer lugar están los obispos, los presbíteros y los diáconos. Junto a ellos y para ayudarles se encuentran otros ministerios, entre ellos los del lector y acólito. ¿Qué es ministrar y qué es un ministerio? Ministrar es ‘servir’ y ministerio es ‘prestar de hecho un servicio’. Recibir un ministerio es ser asumido por Dios para prestar un servicio en favor de los demás. Ministrar no es, por tanto, hacer carrera, subir puestos en un escalafón, apoyarse en los demás para medrar.

El Papa Francisco se ha referido ya varias veces a esto, en su corto ministerio, con dos términos muy castizos: “carrieristas y trepadores”. Esta misma semana se lo decía a las Superioras Mayores de las Religiosas, reunidas en Roma: “Los hombres y las mujeres de la Iglesia carrieristas y trepadores, que usan al Pueblo de Dios como trampolín para sus intereses, hacen un gran daño a la Iglesia”. El pasado 21 de abril había dicho que “incluso en la comunidad cristiana hay ‘trepas’ que van a lo suyo”, y les había desenmascarado diciendo: “aunque fingen, consciente o inconscientemente, entrar por la puerta de las ovejas, son en realidad ladrones y salteadores”, como dice el Evangelio.

Queridos amigos: vosotros entráis hoy por la puerta del servicio. Os comprometéis a servir. Queréis que vuestra vida sea para servir al Señor y, por su amor, a las almas. ¡Ojalá que no lo olvidéis nunca!

2. El lector. Además de los ministerios que son participación en el sacramento del Orden: episcopado, presbiterado y diaconado, la Iglesia ha instituido otros ministerios; entre ellos, el de Lector y el de Acólito.

El lector es instituido para leer la Palabra de Dios en las asambleas litúrgicas. Por ello, proclama las lecturas en la misa –salvo el evangelio– y en las demás celebraciones sagradas. Es un ministerio, por tanto, que relaciona especialmente a quien lo ejerce con la Palabra de Dios que se proclama en la liturgia y acciones asimiladas. Como ha recordado el Vaticano II, la Palabra de Dios es, junto con los sacramentos, el gran tesoro de la Iglesia. La Palabra nos da a conocer la historia de amor que Dios ha realizado con nosotros, desde la creación hasta el fin del mundo. La narración de esa historia es la que provoca la fe, puesto que la fe viene por la predicación de la Palabra de Dios. Por eso, sin el conocimiento de la Palabra de Dios no brota la fe; y cuando brota sin ella, se agosta pronto, se empequeñece y pierde el valor para trasformar la vida personal, familiar y social. La Palabra de Dios es alimento imprescindible para una vida espiritual robusta, tanto en los sacerdotes como en los fieles. Cuando la Palabra de Dios llega a la comunidad cristiana y la alimenta adecuadamente, se produce el efecto que hemos encontrado en la primera lectura: que los simples fieles se hacen maestros, catequistas, verdaderos impulsores de la vida en Cristo. Es lo que hizo el matrimonio de Áquila y Priscila con Apolo; y es lo que había hecho la comunidad de Roma con este matrimonio, que había tenido que refugiarse en Éfeso.

Al recibir el ministerio de Lector os comprometéis a ser buenos conocedores de la Palabra de Dios; a interpretarla según la tradición viva de la Iglesia; a leerla en la integridad de ambos Testamentos; y a armonizarla según la analogía de la fe y la totalidad de la Escritura. Este conocimiento es indispensable para ejercer bien el ministerio de lector. Porque quien no conoce bien el sentido de lo que lee, no puede leerlo bien.

Pero os compromete también a adquirir la capacidad técnica adecuada para proclamarlo en las asambleas litúrgicas. Por eso, es imprescindible aprender el arte de hablar en público, de modo que seáis capaces de trasmitir el mensaje que encierra cada uno de los textos que se leen en la liturgia. No dudéis en dedicar tiempo a este aprendizaje, ayudados de otros compañeros y de vuestros formadores. Ha de estimularnos, además del gran respeto que hemos de tener hacia la misma Palabra de Dios y a los fieles que nos escuchan, lo que hacen los profesionales de la radio y la televisión. Su buen hacer, ha de ser un estímulo para nosotros.

3. El Acolitado. El acólito es instituido para el servicio del altar y como ayudante del sacerdote y del diácono. A él compete especialmente la preparación del altar y de los vasos sagrados y ser el ministro extraordinario de la Sagrada Comunión y de la Exposición del Santísimo Sacramento. Es, pues, un ministerio profundamente vinculado con la celebración de la Eucaristía, con la comunión y con la adoración eucarística.

Ya desde ahora debéis sentir la responsabilidad y el honor de cuidar esmeradamente los vasos sagrados: cálices, copones, custodias, etc. A ellos vendrá el Señor durante la celebración de la Misa, y en ellos permanecerá para ser llevado a los moribundos y enfermos, y para ser venerado por los fieles.

Así mismo, ya desde ahora tenéis que poneros al servicio de los sacerdotes, para ejercer vuestro ministerio en los domingos y días festivos. Como sabéis, muchos sacerdotes no pueden atender los domingos el servicio de algunos pueblos que tienen encomendados. Ofreceos, por tanto, a realizar lo que la Iglesia aconseja cuando el presbítero no puede celebrar la Eucaristía los domingos. Ya desde ahora, sentid el peso de las almas.

En esta perspectiva comprendéis muy bien que hoy asumís un compromiso mayor de ser almas de Eucaristía; almas que beben en esa fuente primaria las fuerzas que necesitan para entregarse en cuerpo y alma a los fieles; y almas que, en la soledad del sagrario, encuentran al mejor amigo y confidente.

La Santísima Virgen es el modelo perfecto del servicio, del amor a la Palabra de Dios y de la unión con la Eucaristía. Ella, en efecto, hizo de su vida un acto permanente de entrega completa a la voluntad de Dios y de cuidado amoroso a su Hijo, Jesucristo. Ella fue una perfecta conocedora de la Palabra de Dios, como puso de relieve en el Magnificat. Y ella fue quien dio a Jesucristo la carne y sangre que él nos daría luego a nosotros. ¡Ojalá la queramos entrañablemente y acudamos sin cesar a la meditación de su vida y a su acción mediadora!

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