Caminar hacia nuevos horizontes

Cope – 26 mayo 2013

La semana pasada he tenido dos momentos especiales de gozo y alegría. Uno de ellos tuvo lugar el sábado 18, víspera de Pentecostés. El motivo fue que en la catedral celebré el sacramento de la Confirmación a una treintena de adultos; algunos, incluso muy adultos, pues estaban casados y con hijos. Varios de ellos, habían pedido recibir ese sacramento para contraer matrimonio o ser padrinos del bautismo, dado que haber recibido la Confirmación es requisito necesario para ambos supuestos; el resto, por diversas causas, pero todas relacionadas con una mayor toma de conciencia con la propia fe. Casi todos eran españoles, aunque había algún inmigrante.

El segundo acontecimiento que me ha causado gran alegría ha sido el bautismo de una médico en la Parroquia de san Rafael. Como se trataba de una persona adulta, le conferí también la Confirmación y le di la Primera Comunión. Además, su novio recibió la Confirmación. Era emocionante ver la unción y fervor con que ambos recibían esos sacramentos, lo cual dejaba patente que se habían preparado con cuidado e intensidad.

Estos hechos ya han dejado de ser insólitos y cada día serán más normales. Porque cada día es mayor el número de adultos que desean recibir la Confirmación, y el de los que no están bautizados y quieren hacerse cristianos mientras están en el periodo escolar o desde los dieciocho años en adelante. Pienso que es una llamada que nos hace el Señor, para que tomemos más conciencia del mandato con el que se despidió antes de su marcha al Cielo: “Id, y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Este mandato tuvo como destinatarios directos e inmediatos a los apóstoles; pero se dirigía también a todos los que serían discípulos suyos en el futuro. Recientemente lo ha recordado el Concilio Vaticano II, al decir que todos los bautizados están incorporados a la misión de Jesucristo y se convierten en apóstoles suyos. Obispos, sacerdotes, religiosos y seglares: todos estamos implicados en la tarea de anunciar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo que Jesucristo ha muerto y resucitado por ellos.

Diría incluso más. Los más implicados sois los seglares, en cuanto que estáis metidos en todas las encrucijadas de la vida, gracias a que muchos tenéis hijos o nietos, y tantos ejercéis una profesión u oficio, y, a través de ellos, hacéis amistades y entráis en contacto con muchas personas. Con vuestro ejemplo y con vuestra palabra podéis ser despertadores del deseo de acercarse a Jesucristo y retomar un camino, quizás abandonado desde hace años, o emprenderle por primera vez. Me gusta pensar que el Señor cuenta con nuestros ‘pocos’, es decir: con nuestras pequeñas capacidades y esfuerzos. Si dejamos que el Señor cuente realmente con ellos, realizará de nuevo el milagro de multiplicar los panes y los peces y llegar a una gran multitud.

Teniendo en cuenta todo esto, tengo la intención de dar un fuerte impulso a la pastoral de los que no han recibido la Confirmación y a la de los que no están bautizados; así mismo, a la de quienes, tras años de lejanía de la práctica de la Iglesia o incluso de la fe, quieren reemprender el camino. En este tiempo de nueva evangelización es imprescindible iniciar nuevos caminos y llamar a la fe con alegría y convicción, conscientes de que no podemos hacer mejor regalo a nadie que acercarle a Jesucristo. Por eso, animo a los sacerdotes a que, ya desde ahora, vayan pensando en ello de cara al curso pastoral que iniciaremos el próximo septiembre. Este campo es uno de esos a los que el Papa Francisco se está refiriendo cuando habla de salir a las “periferias existenciales” de la gente. Precisamente, su gran espíritu misionero es un fuerte aldabonazo para el nuestro.

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