X aniversario del accidente aéreo militar

Catedral – 26 mayo 2013

1. “Cantad al Señor

Esta tarde nos hemos reunido para realizar algo difícil de explicar. Si la muerte es siempre un enigma y un acontecimiento doloroso, en la presente ocasión lo es de modo muy particular. Ella os separó de vuestros seres más íntimos en una situación trágica, y sin daros un minuto de tiempo para despediros y darles vuestro último beso de amor.

Nosotros, además de seres queridos y amigos, somos cristianos. Por eso, a la hora de orientarnos en la vida, especialmente cuando ésta se hace más cuesta arriba y más difícil de aceptar, necesitamos ir al Evangelio para que Jesús nos diga una palabra de consuelo y de esperanza, y nos señale la orientación correcta que debemos tomar. Pienso que en este momento Jesús nos quiere decir tres palabras.

La primera se la dijo a los apóstoles cuando estaba a punto de dejarles e iniciar su Pasión. Las palabras son éstas: NO PERDÁIS LA CALMA, que recoge el evangelista san Juan. ¡Qué palabras más justas y qué bueno es escucharlas hoy!. Necesitamos esta serenidad, necesitamos este pequeño rayo de paz.

Los soldados que hoy recordamos se han ido de entre nosotros y han dejado un infinito vacío en vuestro corazón, en el corazón de los que más les habéis querido. Aunque ha pasado mucho tiempo no os acostumbráis a esta separación y a no oír su voz. Los apóstoles también estaban tristes porque su Maestro, Jesús, se despedía de ellos. Y por eso les dice que no pierdan la calma del corazón.

Hoy Jesús quiere estar a vuestro lado y os quiere dar su paz y quiere serenar vuestro corazón. Os quiere ayudar. Quiere consolaros.

2. Hay otra palabra de Jesús que puede ayudarnos en este momento. Es ésta: “EL SEÑOR ANIQUILARA LA MUERTE PARA SIEMPRE”.

Ante el hecho de la muerte, la Iglesia proclama la resurrección de los muertos; ante la muerte, proclama la vida. La muerte no es el final del camino sino la puerta de la vida para siempre, una vida nueva, una vida diferente. “El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros”, dice el profeta Isaías. Creer en Dios, creer que Dios nos ama, nos da fuerzas y nos consuela. El Señor viene a enjugar nuestras lágrimas. Esta es la palabra salvadora para el que cree.

Esta es la esperanza cristiana. La muerte no destruye la persona, la muerte es el camino de la vida verdadera. Como dice una oración de los difuntos, “la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se trasforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo”. Esta es la gran noticia que Jesús nos ha traído a sus discípulos. Él mismo se lo recordó un día a quienes le escuchaban: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en Mí, aunque haya muerto vivirá. Y todo el que vive y cree en Mí no morirá eternamente”. Porque “Yo soy la resurrección y la vida”.

Los seres que hoy recordamos no han desaparecido por completo y para siempre. Su desaparición es temporal. Su alma vive para siempre. Y su cuerpo, al final de los tiempos, volverá a la vida, cuando Cristo haga resurgir de la tierra a los muertos y les conceda la gloria de la eterna inmoralidad.

3. La última palabra no puede ser más esperanzadora. Es ésta: “CUANDO VAYA, OS PREPARARÉ UN SITIO”.

Jesús quiere que estemos con El. Y hoy todos nosotros, los que creemos lo que Jesús nos ha dicho, elevamos una oración muy confiada y le pedimos que abra a nuestros seres queridos la puerta de la morada eterna que le ha preparado. ¿Verdad que este mensaje puede ayudarnos a reflexionar en lo que hacemos y tenemos que hacer?

Cuando la muerte nos toca desde cerca nos ayuda a pensar y a valorar lo que hacemos. La vida en este mundo tiene un límite y conviene vivirla en profundidad, serenidad y paz. Que el tiempo que nos queda en este mundo no lo empleemos de una manera egoísta, sino que lo pongamos a disposición de nuestros hermanos.

Queridos hermanos: Prosigamos nuestra oración al Padre del cielo, pidiendo por los familiares y amigos que hoy recordamos. Nosotros podemos ayudarles para que vean a Dios cara a cara, si todavía no han llegado a su presencia. Por eso, en medio del dolor, la esperanza se abre paso en nuestro corazón. Es natural que suframos, pero queremos hacerlo con esperanza. Apoyados en la fe en Jesucristo, muerto y resucitado, sabemos que estos familiares y amigos no nos han dado un ‘adiós’ para siempre, sino un ‘hasta luego, hasta el Cielo”. Pidamos al Señor que un día nos encontremos todos allí.

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