Lampedusa, un nuevo monte de las bienaventuranzas

Cope – 14 julio 2013

Hoy pensaba escribir sobre una experiencia que he vivido en Roma con los seminaristas y formadores de nuestro seminario durante la semana pasada, y un gran número de religiosas de Iesu Communio. En unión con otros seis mil, procedentes de sesenta y seis países, hemos gozado al confesar públicamente nuestra fe en Jesucristo ante la tumba del apóstol san Pedro. Además, hemos tenido la suerte de estar con el Papa Francisco, que nos ha dirigido unas palabras muy orientadoras y muy exigentes.

Me parecía que valía la pena comentar esto con un poco de detalle. Sin embargo, el pasado lunes ha tenido lugar un acontecimiento absolutamente trascendental: la visita del Papa a la isla de Lampedusa, muy conocida por el número de inmigrantes y refugiados que han llegado a ella procedentes de Oriente Medio y África, especialmente de Libia y Túnez. Por desgracia, “decenas de millares, en su mayoría jóvenes”, murieron en el intento y sus cadáveres han desaparecido o han sido arrojados a la playa. Los servicios de la costa han rescatado más de treinta mil.

El Papa -según ha confesado él mismo- tenía clavada en el corazón la espina de esta tragedia y quería dar un aldabonazo a la conciencia adormecida de Europa y de otros países del primer mundo. El pasado ocho de julio, el muelle y el campo deportivo de Lampedusa se convirtieron en un inmenso altavoz, desde el cual ha hecho al mundo y a cada uno de nosotros estas tres inquietantes preguntas: “Adán, ¿dónde estás? Caín ¿dónde está tu hermano? ¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste?”

La pregunta a Adán es la pregunta a un hombre que “piensa que será poderoso, que podrá dominar todo, que será Dios”. Pero se ha encontrado con ser un hombre “equivocado”, “desorientado”, que ha perdido la armonía con la creación, consigo mismo y con los demás. El “otro”, ya no es “un hermano que hay que amar sino simplemente alguien que molesta en la vida, en mi bienestar”. El sueño y la quimera de “ser Dios”, lleva al hombre a cometer “una cadena de errores, le lleva a derramar la sangre del hermano”.

Es entonces cuando Dios viene y nos pregunta, “¿dónde está tu hermano?”. Porque tantos “no estamos atentos al mundo en que vivimos, no nos ayudamos, no protegemos lo que Dios ha creado para todos. Y cuando esta desorientación alcanza dimensiones mundiales, se llega a tragedias como ésta a la que hemos asistido”.

El Papa ha insistido. “La pregunta ¿dónde está tu hermano? no va dirigida a otros. Es una pregunta dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros”. Y ha llegado a interrogarse: “¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas?”. Y se ha respondido: nadie se siente responsable. Como en Fuente Ovejuna: todos han matado al Gobernador pero nadie ha sido responsable. “Hoy nadie en el mundo se siente responsable de esto, hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna, hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y servidor del altar, de los que habla la parábola del Buen Samaritano: vemos al hermano medio muerto al borde del camino, quizás decimos “¡pobrecillo!”, pero seguimos el camino”.

Al final el Papa ha hecho una severísima admonición: “En este mundo de la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no nos importa, no nos concierne”. De hecho, “¿quién de nosotros ha llorado por hechos como éste” en el que han muerto tantos miles de inmigrantes y refugiados? Por todo esto, el Papa no ha dudado en invitarnos a la penitencia, a pedir perdón “por la indiferencia ante tantos hermanos y hermanas” y “por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que llevan a estos dramas. ¡Perdón, Señor!”

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