Bendición abacial

Monasterio de S. Pedro de Cardeña – 20 julio 2013

1. Nos hemos reunido en este monasterio por un motivo sumamente gozoso: la bendición de un nuevo abad, en la persona del P. Roberto de la Iglesia. Sus hermanos han querido elegirle para que les gobierne espiritualmente y les ayude a recorrer el camino de la santidad, siguiendo las huellas marcadas por san Benito. Como Pastor de esta iglesia local de Burgos, tengo la dicha de hacer oficial esta elección mediante el rito de la Bendición. Gracias a él, el Padre Roberto tendrá desde hoy el encargo de Jesucristo de ser padre y pastor de sus hermanos. Damos gracias al Señor por la elección y su aceptación como abad del P. Roberto y le pedimos con confianza que le ayude a ser un abad virtuoso y preocupado únicamente por la gloria de Dios y la salvación de las almas, especialmente las de quienes ahora se le encomiendan a su cuidado pastoral.

Los textos bíblicos y los de la Bendición trazan las líneas fundamentales de lo que ha de ser el abad. Según ellos, el abad recibe del mismo Cristo el oficio de pastorear a sus hermanos y hacerlo con su estilo, es decir: con espíritu de humilde servicio. San Pedro lo decía con palabras muy claras y exigentes: hay que pastorear a los hermanos “de buena gana, no a la fuerza”, “no como tiranos sino haciéndose modelos de la grey”. El había aprendido bien esta lección de la conducta y de las palabras del Maestro, el cual le había corregido a él y a los demás su afán de sobresalir por encima de los demás. Tardó en aprender la lección, pero al fin lo logró, cuando vio que su Maestro se ponía de rodillas para lavarle los pies. Ésta es la verdadera sabiduría, a la que hacía referencia la primera lectura. La sabiduría del mundo es que los cargos son puestos de honor y de relumbrón, y de imponer la propia voluntad a los demás y hacer que los demás sean sus servidores. La sabiduría divina es muy distinta: los cargos son cargas, servicios especiales, oficios que entrañan nuevas responsabilidades ante Dios y ante los hombres.

Este clima de la Palabra de Dios continúa luego en los ritos y textos específicos de la Bendición. Pero concretan cómo ha de ser el servicio que el abad ha de prestar, para ser el pastor que Cristo espera de él. Así, cuando haga el examen del elegido que piden las disposiciones de los Santos Padres , le preguntaré, en primer lugar, si esta dispuesto a guardar y hacer guardar “la Regla de San Benito”. Éste es su principal cometido, éste es su principal servicio, este es el fin y la meta de su oficio abacial.

Esa Regla se resume en el famoso “ora et labora”, en la oración y el trabajo. La oración ocupa un lugar absolutamente preeminente. Esa oración tiene dos puntos culminantes: la Santa Misa y el Oficio Divino. Sobre esos dos pilares se asienta toda la vida de un monje cisterciense. Como enseña san Benito, nada se les antepone. Lo decía con gran precisión y elegancia el Papa Benedicto XVI: “En su Regla se refiere a la vida monástica como una escuela de servicio del Señor’ y pide a sus monjes que nada se anteponga a la Obra de Dios, es decir, al Oficio Divino o Liturgia de las Horas”. l sabía por propia experiencia que no hay cosa más digna de Dios que alabarle, glorificarle y suplicarle cada día con piedad y fervor con la ofrenda de la Eucaristía y con el canto de los salmos, bien ejecutado y participado. Esto es lo primero y fundamental.

Junto a la oración, el trabajo intelectual o manual. Porque san Benito añadía en su Regla: “El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos”. De este modo, la vida del monje se funde en armoniosa simbiosis de acción y contemplación, de modo que toda su vida se convierte en un acto permanente de amor al Señor, en una misa que se celebra en el altar del propio corazón y en un coro donde se cantan sin ininterrupción las alabanzas del Señor. La historia demuestra que los momentos de esplendor de todos los monasterios coincide con los momentos de esplendor en la sagrada liturgia y del trabajo intelectual o manual de sus monjes. Ahí están como testigos las Biblias copiadas con primor, los grandes libros litúrgicos miniados, los libros recopiados sin cesar y trasmitidos de una a otra generación, las grandes obras arquitectónicas, pictóricas o musicales.

Por eso, es plenamente lógico que el primero de los ritos explicativos de la Bendición sea la entrega del libro de la Regla y que se entregue con estas precisas palabras: “Recibe la Regla, para que rijas y custodies a los hermanos que Dios te ha confiado”. Con toda razón ha podido decir el Papa Benedicto XVI: “En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica que hoy con frecuencia se exalta el compromiso primero e irrenunciable del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios en el camino trazado por Cristo, humilde y obediente”.

Sin embargo, conviene que no se identifique humildad-obediencia y espíritu de servicio con la falta de convicciones, con la debilidad para tomar las decisiones necesarias y con la carencia de fortaleza para cortar lo que sea necesario, con el fin de que el monasterio no se cuartee con costumbres relajadas o incluso mundanas. Jesucristo modelo de paciencia y de mansedumbre y ejemplo inigualable de humildad y servicio no dudó en corregir a los apóstoles cuando tergiversaban su mensaje y sus palabras, o cuando mostraban actitudes incompatibles con el Reino que él anunciaba. El evangelio de hoy es una muestra de ello. Pero no la única. Recordemos, por ejemplo, cuando le llamó “Satanás” a Pedro, tras prometerle el Primado, porque se interponía en los planes de Dios, postulando un mesianismo de triunfo y de gloria y no el que quería el Padre: de exaltación por el camino de la humillación y de la muerte.

Por eso, san Benito dice también en su Regla que “el abad debe ser un padre tierno y al mismo tiempo un maestro severo” (2, 24).

Querido padre Roberto: el Señor te encomienda este monasterio para que hagas de él un hogar donde se vive intensamente la fraternidad entre todos los monjes; una escuela donde se forjan almas verdaderamente santas; un taller donde se cincelan día a día los detalles que hacen grandes las virtudes humanas y cristianas de cada día; un campo en el que se cultive intensamente la ciencia sagrada; y una iglesia donde cada día vengan los cristianos a aprender y gustar el deleite de la salmodia.

Ten plena confianza en el Señor y en su Madre, la Santísima Virgen. Ellos estarán siempre a tu lado para inspirarte lo que más convenga en cada momento y para ayudarte a ponerlo en práctica. Confía, confía plenamente en ellos y en la oración y obediencia de tus hermanos.

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